Roberto Izaguirre, el Diablo Mayor que curaba en Naiguatá

Roberto Izaguirre, el popular “Robin” iba a superar la meta de 60 años danzando cuando un paro respiratorio le truncó la vida un mes de diciembre del 2013. Quienes prepararon el cuerpo para llevarlo al cementerio de Naiguatá cuentan que cortaron todas sus barbas al rasurarlo y lo separaron de sus escapularios que ahora deben permanecer en la casa donde estuvo el gran altar (allí se hacían visibles tres cruces, la Santa Cruz de Caravaca, la de los Palmeros y la representación del Santísimo), porque Roberto Izaguirre ante el famoso monumento religioso que él mismo creó y alumbraba diariamente, se protegía con los significados de la cruz para añadirlos a su indetenible cualidad de sabio y curandero, prudente piache de una población a la que sanó una vez y otra vez con el misterio de su palabra. Lo acompañaría la fe en esa costumbre de colocar mechones de su barba en el sitio sagrado de la calle de los almendrones y mangos, donde también deben permanecer sus cuadernos de fórmulas y recetarios para sanar, cuadernos de oraciones, cuadernos de todo lo que sabía y pudo ir anotando y que de manera repetida grababa con su propia voz para reforzar los testimonios de la tradición. Nos dice Kelvis Romero, uno de sus principales discípulos, que el mismo día en que lo sepultaron debieron reforzar con cabillas y varias capas de concreto y cerámica el lugar donde reposan sus restos, ante advertidas amenazas de intentar actos de maleficio con el cadáver para apoderarse de la grandeza espiritual de este ser. Así es la creencia popular.

“Santísimo Sacramento, si usted me saca de este aprieto yo bailaré diablos hasta que el cuerpo aguante”, escuchó decirle alguna vez al famoso “cantabonito”, Ciriaco Iriarte que había estado preso en los tiempos del General Juan Vicente Gómez y obtuvo su libertad con una promesa al Santísimo y se hizo capataz y bailó diablos desde 1918 hasta 1984 cuando fallece. Ese mismo Ciriaco Iriarte un día de 1954 pidió permiso a Teotiste Izaguirre para iniciar a su hijito Roberto como diablo en la celebración del baile de Corpus Christi. Fue así como empezó desde niño con su camisa y su pantalón pintado y su máscara y sus alpargatas cargadas de cruces, creciendo y danzando en Naiguatá (siempre el noveno jueves después del jueves santo) año tras año hasta ese indeseable 2013, en que este Roberto Izaguirre rendido ante el Hijo único de Dios y el misterio eucarístico se despide como Diablo Mayor, es decir, la máxima representación jerárquica que puede otorgase a un practicante de esta manifestación tan antigua.

Desde los tiempos en que vendía los coloridos raspados de hielo y limpiaba zapatos Roberto Izaguirre empezó a pagar promesas al Santísimo, porque sufría de asma, pasaba tres días enfermos y cuatro sano, eso era de semana en semana, hasta que desapareció la dificultad respiratoria después de hacerle un juramento al Santísimo Sacramento del Altar, “Vengo aquí a pedirte por medio de esta promesa disfrazado de diablo…”, así le hablaba al Hijo único de Dios, y apenas sentía que desde la torre de la iglesia se lanzaba el primer toque de campanas para la misa, salía protegido de su casa con toda su indumentaria rociada de oraciones y convocaba a danzar a los demás diablos persiguiendo el repiqueteo de la caja que saltaba en las manos del cajero mayor, bailando a su compás, cruzando los pies para alejar las malas pisadas cuando ya se habían cerrado las puertas del templo, y entonces se hacía la ceremonia de rendición en una alianza reverencial cargada del misterio de la fe. Allí estaban contados los minutos dedicados al rezo.

Era un espiral de colores de todo tipo la bienandanza entre aluviones de cintas con significados distintos en el morado, el azul, el rojo, el verde, cintas gloriosas las llamaba él y con un pañuelo rojo en la mano izquierda iba pasando el alivio de las cintas a todas las personas que pidieran bendiciones o sanaciones, una alternativa de fe, “Que el Santísimo lo cuide…que el Santísimo le de salud…que el Santísimo le resuelva todos sus problemas…”, era admirable en ese día su dedicación solidaria con hombres, mujeres y niños que le pedían ser tocados por aquellas cintas imantadas para desear la sobreabundancia de la pesca o de las cosechas en los campos o simplemente la salud. Después de la primera faena de la mañana, cuando ya los diablos han rodeado la iglesia que permanece cerrada, se preparan para la siguiente jornada de amor sin límites ante la presencia de Cristo en la custodia portátil de estrellas, rayos y espejo que lleva el sacerdote bajo palio. En Naiguatá se trazaba una ruta que debía cumplirse en un recorrido calle a calle entre los distintos altares, el altar viviente de la Sociedad de María, el altar de la Sociedad del Santísimo, el altar de la Clavellina, el altar de la Escuela Nacional, el altar del Sagrado Corazón de Jesús que pertenecía a la familia Iriarte, el altar de los pescadores que se adornaba con meros, carites, pargos, el altar de los campesinos que tenía toda clase de legumbres y verduras, el altar de los comerciantes, donde se colocaban botellas de aguardiente, papelón, café, chocolate. Pero eso fue muchos años atrás, cuando los diablos recibían todas esas ofrendas después de bailar ocultos entres las esquinas donde se escuchaba la caja y el sonido de sus cencerros y campanillas, mientras el sacerdote los atormentaba con la insistencia en querer mostrar a los fieles la presencia del cuerpo de Cristo que es representado en la milagrosa custodia donde resalta la figura de la cruz.

Roberto Izaguirre nos lleva al 4 de octubre de 1710 para informarnos la fecha de la fundación de la parroquia con el nombre de San Francisco de Asís, pero nos asegura que en Naiguatá se bailaba diablos desde mucho antes y calcula en 1672 esa otra etapa del pueblo. Ahora, no existe duda de que un siglo después en el año 1772 se levantaba información de ese lugar como un pueblo de indígenas con distintas haciendas a su alrededor y con una historia de dueños europeos y esclavos africanos. Francisco Javier Longa y José María España serían dos de los más importantes dueños del territorio sobre el que ahora se asienta la famosa población del estado Vargas. Siempre nos recordaba estos dos nombres nuestro querido “Robin”, quien nunca dejaba de interesarse en cualquier capítulo de la historia que le aportara más información sobre el origen del día de Corpus.

Nuestro último encuentro fue en Caracas, en uno de los tantos homenajes que preparamos en ocasión de la declaratoria de los Diablos Danzantes de Corpus Christi como Patrimonio de la Humanidad y él tenía especial interés en conocer más de Corpus en el contexto ecuménico, me había escuchado hablar del papa Urbano IV, y tuvo gran curiosidad por el tema, fuimos conversando y analizando varias casualidades, la primera de que en Francia se hiciera el reconocimiento universal que citamos de los Diablos Danzantes, porque fue en ese país donde nació aquel Papa que repotencia la fiesta que siglos después se celebrará en Venezuela, siempre el jueves siguiente a la octava del Pentecostés, como sabemos, el noveno jueves después el Jueves Santo (un día antes de la muerte de Cristo, cuando tiene lugar la Ultima Cena) . “Robin” quería saber que fue lo que hizo Urbano IV y cuál era su verdadero nombre, porque él tenía entendido que el Papa de ese tiempo era conocido como Pantaleón me dijo, y le expliqué que estaba en lo cierto, segunda casualidad, escribí en una página parte de esto, porque me pidió que se lo anotara para él aprendérselo (Jacques Pantaleón fue el nombre del Sumo Pontífice que había nacido en la Champaña francesa y al que eligieron Papa en 1261). Seguimos conversando del asunto de los orígenes de la celebración que tanto le interesaba y fuimos apuntando otros datos. El 11 de agosto de 1264 es la fecha de la aprobación de la bula papal con la que se funda la fiesta de Corpus, dedicada al Santísimo Sacramento, que además del carácter popular y alegre, debía tener el atractivo del perdón de los pecados, pero ni siquiera se habían cumplido dos meses del trascendental acontecimiento, cuando fallece el Papa propulsor Urbano IV (2 de octubre de 1264), tercera casualidad, y una cuarta, que la famosa Bula Papal o Bula Transiturus se da a conocer a los Obispos después de la muerte del Papa, de hecho, se transforma en Bula póstuma y no fue tomada en cuenta para su aplicación inmediata. De tal modo que esta fiesta ciudadana por la transustanciación, que es la señal de la presencia de Cristo en el Sacramento empieza a tener nuevamente opositores dentro de la misma iglesia y pasará casi un siglo para retomar con fuerza su celebración.

Qué casualidad también, le digo a “Robin”, de que mucho tiempo después, en España, al menos en la región Castilla-La Mancha y Toledo, la efervescencia de estas fiestas van a coincidir con el proceso inicial de la invasión Europea a América, y son los primeros misioneros jesuitas, franciscanos y capuchinos, enviados a Venezuela, quienes definitivamente impondrán entre los pobladores el uso de máscaras, trajes con adornos y cintas de muchos colores para celebrar el día de Corpus con danzas rituales. “Robin” termina diciendo que no importa tanto cómo fue antes, lo importante es que las palabras de la consagración se quedaron de este lado, del lado de los indios y de los negros que eran esclavos en Naiguatá y las tenemos nosotros ahora, me repite y “por eso es que yo como creyente y devoto del Santísimo puedo sanar con la sangre que salió de las llagas de Cristo y que tengo guardada en una oración secreta que siempre rezo antes de ponerme la máscara y el traje de diablo para estar protegido por Dios”. Fíjese bien, remata, “ese misterio entre la vida y la muerte es el que nos obliga a hacerle bien al prójimo, favorecer el bienestar de todos en este mundo, porque la única realidad de la vida es la muerte”. Cuando nos despedimos esa vez me pronunció en voz baja la famosa oración para desearme suerte y entendí como me dijo, que las palabras de la consagración se quedaron de este lado y con ellas quedó la fuerza de la fe.

Roberto “Robin” Izaguirre, El Diablo Mayor de Naiguatá. CDC 2013
Credito: Rafael Salvatore


Foto colección Centro de la Diversidad Cultural


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Benito Irady

Escritor y estudioso de las tradiciones populares. Actualmente representa a Venezuela ante la Convención de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial y preside la Fundación Centro de la Diversidad Cultural con sede en Caracas.

 irady.j@gmail.com

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