Así viví el ataque del #3Ene: El día que Catia tembló bajo los estruendosos misiles estadounidenses
Por: Contrapunto
Martes, 03/02/2026 06:45 AM
Eran cerca de la 1:55 de la mañana. Desde las 10 de la noche del día anterior había hecho una parada técnica para descansar por el trabajo de pintura que estaba haciendo, pero ustedes saben que uno a veces, sin querer, queriendo, se queda pegado viendo una serie, a eso lo dicen «maratonear». Iba por el capítulo siete de una trama sobre mujeres en prisión, observando cómo la protagonista hacía malabares para no sucumbir a la oscuridad del encierro y de las artimañas que hay que hacer en las cárceles. De pronto, el sonido de los motores rompió el silencio.
Mis instintos, me dijeron de inmediato que eran aviones estadounidenses merodeando el cielo caraqueño. No porque sea un experto, sino porque no había una explicación lógica para que aviones venezolanas surcaran el cielo, y menos a esa hora. Además, era una amenaza latente desde agosto del año pasado. Segundos después, una serie de explosiones estruendosas estremecieron las ventanas de mi hogar.
La casa vibró como si se tratara de un terremoto. Sin dudarlo, escribí al grupo de redacción como a las 2:01 de la mañana: «Oigo aviones y explosiones«. Un compañero, también en vela y, quizás, aún celebrando la llegada del Año Nuevo, respondió con una «naturalidad nerviosa»: «Convivitos, frase que usamos algunas veces en la redacción, nos están bombardeando».
Bajé a la primera planta. Mi mamá ya estaba en pie, asustada porque el impacto hizo vibrar la puerta de la calle con tal fuerza que la despertó. -«¿Qué fue eso? ¿Un temblor?», preguntó. -«No», le dije con el corazón acelerado y con los testículos en la garganta, -«los gringos están atacando al 23 de Enero».
La parroquia, ubicada a pocos minutos de mi casa, era el epicentro del estruendo. Busqué respuestas en el grupo de mis excompañeros de liceo, esos «cincuentones» de la Gabriela Mistral, ubicada en la zona central del 23 de Enero, que seguimos unidos tras 35 años. -«¿Qué pasó?», le pregunté a Carlos Mayora otro pana de esa zona y de otro chat. Su respuesta fue inmediata: -«Bombardearon el Cuartel de la Montaña«. El Cuartel 4F está a unos 15 kilómetros de mi hogar, la distancia equivalente entre Chacaíto y Plaza Venezuela, pero el ruido fue tan brutal que se sintió como si hubiera ocurrido en los bloques vecinos.
A partir de ahí, la realidad se fragmentó en ráfagas de mensajes. En los grupos de colegas, los reportes llegaban desde todos los puntos cardinales, especialmente de quienes viven cerca de Fuerte Tiuna, la Carlota (aeropuesrto civil-miltar) objetivo principal del ataque. Los chats eran un caos: si te descuidabas, tenías 250 mensajes acumulados. En X (Twitter), la información y la desinformación libraban su propia guerra. Lo único seguro en medio de la incertidumbre era que: «Los gringos se metieron pa’ Venezuela«.
Las cuentas oficiales guardaban un silencio sepulcral, que llenaba de más angustias y desesperación. Cuando finalmente aparecieron los primeros voceros, la información era «chucuta», incompleta, aunque suficiente para confirmar que los ataques a «centros militares» eran una realidad. En ese momento, aún no sabíamos que Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, habían sido capturados o secuestrado, como a usted le parezca mejor.
Lo que más me inquietó, sin embargo, ocurrió en mi propia puerta. La calle donde vivo desemboca en la zona central del 23 de Enero. Pude ver y fotografiar el despliegue de civiles armados; habían trancado el acceso con un microbús Yutong de los que usa el Metrobús. Motos de alta cilindrada subían y bajaban frenéticamente por mi calle. Era una locura que me puso los nervios de punta. Un amigo me confirmó, luego, que los «colectivos» habían sellado la parroquia. Es decir, todas las vías que dan entrada o salida al 23, para evitar incursiones terrestres.
Me acosté a las 11 de la mañana de ese mismo día, tras más de 24 horas sin pegar un ojo. Un tanto por el trabajo de pintura y otro porque no me quería perder ninguna información sobre el tema. Solo dormí cinco horas antes de reactivarme. El internet de ABA fallaba constantemente, así que administré mis datos móviles como si fueran oro para poder chequear lo que decían en redes sociales y los grupos de WhatsApp.
El domingo 4, la calle pareció recuperar una tensa normalidad o «una tensa calma», como decía el difunto José Vicente Rangel. Quitaron el bus. Salí a botar la basura como pretexto para que mi mamá no se angustiara y llegué hasta el negocio de «El Morocho». Compré tres kilos de papa y media auyama; era lo único que quedaba en ese local. No le dije a mi madre que las colas en la charcutería de su preferencia y la panadería eran peores que las del lunes 29 de julio de 2024. Ese día salí más por curiosidad que por otra cosa, quería ver cómo estaba la calle y la atmósfera.
El 5 regresamos de lleno al trabajo. Este año no hubo «caliches» de enero; las noticias no pararon ni un segundo. Entre reportes de agencias y redes sociales, la historia se escribía minuto a minuto. Al final, las habitaciones que tanto quería pintar se quedaron a medias hasta la segunda quincena de enero. En un país que cambió en una madrugada, el color de las paredes era lo de menos. Además, lo más importante, en ese momento, eran las informaciones que se generaban a cada instante
El Cuartel de la Montaña no fue bombardeado, de eso me enteré el 4 de enero, pero sí parte de el antiguo Observatorio Cagigal, una infraestructura en la que hay un comando de la Milicia Bolivariana. Tampoco el centro de Caracas ni Miraflores, como decían los primeros reportes del 3 de enero, pero sí otros lugares, que eran supuestamente, «objetivos militares».