“…las revoluciones como fenómenos sociales, caen bajo el determinismo sociológico en el que apenas toma parte muy pequeña la flaca voluntad humana”.
Laureano Vallenilla Lanz. Conferencia pronunciada en el Instituto Nacional de Bellas Artes, Caracas, 11 de octubre de 1911.
“Mientras existan en una sociedad clases privilegiadas y las altas posiciones sean inaccesibles para los hijos del pueblo, la democracia, la verdadera democracia social es completamente utópica”.
Laureano Vallenilla Lanz. “Sentido americano de la democracia”, p. 32, Tip. Universal
La historia política de Venezuela y, por extensión, de América Latina, ha estado marcada por una tensión dialéctica entre la aspiración institucional y la realidad caudillista. En 1919, Laureano Vallenilla Lanz publicó Cesarismo Democrático, una obra que no solo pretendía justificar la férrea dictadura de Juan Vicente Gómez, sino que estructuró una sociología del poder basada en la convicción de que las sociedades latinoamericanas, debido a su composición étnica y su herencia de guerra civil, eran incapaces de sostener una democracia liberal al estilo europeo o estadounidense.
Para Vallenilla Lanz, el "Gendarme Necesario" era la respuesta evolutiva a la anarquía; un líder fuerte, surgido de la entraña popular, que lograra imponer el orden mediante la fuerza para permitir el progreso económico. Hoy, en un giro paradójico de la historia, la figura de Donald Trump emerge en el imaginario político del Caribe y Latinoamérica no solo como un líder extranjero, sino como la reencarnación de ese gendarme, un "César" externo cuya autoridad se invoca para disciplinar el caos institucional y restaurar una estabilidad perdida a través de una "mano dura" transnacional.
Vallenilla Lanz argumentaba que la democracia en Venezuela no era más que una "ficción legal" aplicada a un pueblo que aún no había superado sus instintos atávicos de lucha. En su tesis, la Guerra de Independencia no fue una gesta heroica por la libertad, sino una cruenta guerra civil que desarticuló las jerarquías coloniales sin sustituirlas por instituciones sólidas. El resultado fue el caudillismo: un estado de naturaleza donde solo el más apto —el Gendarme Necesario— podía evitar que la nación se canibalizara a sí misma.
Este gendarme no era un tirano en el sentido clásico, sino un "dictador de la democracia", un líder que encarnaba la voluntad de las mayorías mediante un nexo emocional y carismático, saltándose las mediaciones parlamentarias que él consideraba inútiles y decorativas.
Al trasladar esta óptica al siglo XXI, observamos que Donald Trump ha sabido capitalizar una frustración sistémica similar en la región. Si para Vallenilla Lanz la amenaza era la "anarquía montonera" del siglo XIX, para los sectores que hoy aclaman a Trump en Latinoamérica y el Caribe, el caos reside en la corrupción de las élites tradicionales, el avance del crimen organizado y el colapso de los modelos populista. Trump se proyecta como el gendarme que no pertenece al sistema, el "outsider" que utiliza el lenguaje de la fuerza y la confrontación para prometer un retorno al orden.
Su política hacia la región, caracterizada por la presión máxima, las sanciones y el despliegue militar en el Caribe —bajo la premisa de la “lucha contra el narcotráfico”—, resuena con la necesidad de un árbitro externo que imponga la disciplina que las instituciones locales no han podido garantizar.
La comparación académica se vuelve más aguda al analizar el componente "democrático" del cesarismo. Vallenilla Lanz sostenía que el gendarme era democrático porque contaba con el consenso implícito de las masas, que preferían la seguridad bajo un caudillo que la libertad en el caos. Trump, a través de una comunicación directa y sin filtros, construye un vínculo similar con sus seguidores en la diáspora y en los países de la región. Se le percibe como un líder "ilustrado" por su éxito empresarial —una versión moderna del "caudillo prestigioso" de Vallenilla— capaz de tomar decisiones unilaterales para "limpiar la casa".
En este sentido, el trumpismo actúa como una forma de neocesarismo: una democracia plebiscitaria donde la figura del líder eclipsa la ley, y donde su intervención en los asuntos regionales se justifica bajo la promesa de una estabilidad que solo un poder hegemónico puede ofrecer.
Históricamente, Venezuela ha buscado gendarme en momentos de crisis profunda. Lo hizo con Gómez para cerrar el siglo de las guerras civiles, y lo hizo con Pérez Jiménez para modernizar el país bajo el "Nuevo Ideal Nacional". Sin embargo, el fenómeno actual es inédito: la búsqueda del gendarme ya no es solo interna. Sectores significativos de la política regional han "externalizado" su gendarme necesario, depositando en la figura de un presidente estadounidense la esperanza de una restauración institucional que ellos mismos se sienten incapaces de ejecutar. Trump asume así el rol de un gendarme transnacional que, mediante la "diplomacia de las cañoneras" del siglo XXI, busca pacificar el "mare nostrum" del Caribe.
No obstante, esta dependencia de un gendarme externo conlleva los mismos peligros que Vallenilla Lanz ignoró en su apología al gomecismo. El orden impuesto por el César es, por definición, personalista y efímero. Al no fortalecerse las instituciones, la salida del líder deja un vacío que suele ser llenado por una anarquía aún más voraz. El "Cesarismo Democrático" de Trump para Latinoamérica puede ofrecer una ilusión de orden a corto plazo, especialmente en su combate retórico contra dictaduras regionales, pero su enfoque desregulatorio y nacionalista —"America First"— a menudo ignora las complejidades estructurales de las naciones que pretende disciplinar.
La efectividad de estas políticas no reside en la construcción de una democracia duradera, sino en la imposición de una paz autoritaria que satisfaga los intereses de seguridad nacional de la potencia hegemónica.
En conclusión, la obra de Vallenilla Lanz sigue siendo un espejo incómodo para la realidad política del continente. El Gendarme Necesario no ha muerto; ha mutado de uniforme y de fronteras. Donald Trump encarna para una parte de Latinoamérica ese anhelo de autoridad suprema que simplifica la política a un conflicto entre amigos y enemigos, orden y caos. Mientras las sociedades latinoamericanas y caribeñas no logren superar su orfandad institucional, seguirán invocando la sombra del César, ya sea en la figura de un caudillo local o en la de un gendarme foráneo, perpetuando el ciclo de dependencia que Vallenilla Lanz consideraba, trágicamente, como el único destino posible para estos pueblos.