3 de enero, Caracas. La imagen que quedó grabada no fue la de una derrota heroica ni la de una resistencia digna. Fue, más bien, la constatación de un proyecto agotado: un poder que se proclama invencible, pero que se repliega cuando la realidad lo confronta. No fueron los herederos del espíritu libertador quienes cedieron ese día; fueron los hijos de un relato que ya no sostiene a la nación.
Venezuela no perdió el 3 de enero por un episodio aislado. El país viene derrotado desde hace décadas por algo más profundo y cotidiano: la incapacidad sostenida de garantizar los servicios públicos elementales. Agua que no llega, electricidad que falla, transporte que colapsa, hospitales sin insumos y escuelas sin condiciones. Esa derrota silenciosa erosiona la vida diaria y desarma la esperanza mucho antes de cualquier choque político.
Por eso resulta pertinente recordar que la cobardía jamás ha definido la historia venezolana. Nos constituimos en República gracias a la valentía y el arrojo de jefes patriotas como Simón Bolívar y José Antonio Páez, quienes entendieron la libertad como responsabilidad, organización y coraje cívico. La tradición republicana no nace del sometimiento ni de la tutela extranjera, sino del ejercicio consciente de la soberanía.
Hoy, cuando se denuncia un gobierno tutelado por intereses imperiales, la salida no puede ser la resignación ni el culto al miedo. La historia enseña que la recuperación de la democracia exige ciudadanos organizados, presión cívica sostenida, defensa de la Constitución, elecciones libres y la revisión de normas y acuerdos que han colocado cadenas sobre el cuerpo de la patria. Esa exigencia es política y moral; debe ser amplia, pacífica y persistente.
El contraste es claro: mientras el relato oficial invoca gestas pasadas, la gestión cotidiana produce carencias presentes. No es Bolívar quien falla; es la administración que, incapaz de servir, confunde autoridad con control y fortaleza con propaganda. Cuando un poder no presta servicios, pierde legitimidad. Cuando no escucha, se aísla. Cuando se rinde ante la realidad, queda en evidencia.
Venezuela necesita reencontrarse para ganar la paz cívica: instituciones que funcionen, servicios que lleguen y una democracia que vuelva a ser práctica cotidiana. Los hijos de Bolívar no se rinden; reconstruyen.