¿Sombras de un Nuevo Reparto? El Mapa de Martyanov y la Despolarización Forzada de Estados Unidos

Lunes, 09/02/2026 09:20 AM

En los últimos meses de 2025, comenzó a circular un relato inquietante en círculos geopolíticos. El analista ruso Andrei Martyanov hizo público un mapa que, según algunos especialistas en la materia, recogería los acuerdos secretos alcanzados en la famosa reunión de Alaska entre Vladímir Putin y Donald Trump aquel agosto. La imagen que proyectaba resultaba desgarradora para quienes soñamos con un futuro más solidario y equitativo: una división del mundo en tres grandes esferas de influencia, un "Yalta 2.0" para el siglo XXI. Según este esquema, Estados Unidos se quedaría con todo el continente americano y Groenlandia; Rusia heredaría Europa, el Mediterráneo y el norte de África; y a China le correspondería el vasto territorio desde Asia-Pacífico hasta el sur de África, incluyendo el estratégico Golfo Pérsico e Irán.

Este supuesto "mundo multipolar" pactado entre gigantes guarda un contraste amargo con la visión de una multipolaridad solidaria y justa que, desde el Sur Global, prefiguraron voces como la del comandante Hugo Chávez en Venezuela. No se trataría de un orden construido desde la diversidad y la equidad, sino de un reparto imperial trazado a puerta cerrada. La pregunta que surge, más allá de la veracidad del documento en sí, es provocadora: ¿acaso los hechos que siguieron a aquella cumbre en Alaska no comenzaron, inquietantemente, a dibujar los contornos de ese mismo mapa?

El despliegue violento del senil imperio norteamericano:

Observando fríamente la secuencia de eventos, es difícil no sentir un escalofrío de reconocimiento. Casi de inmediato, el 19 de agosto, el Caribe fue testigo de un despliegue militar norteamericano de una escala no vista en décadas. Era la Doctrina Monroe, repentinamente revitalizada, pasando de la retórica a los buques de guerra. Pero el verdadero punto de quiebre, el momento en que la sombra del mapa de Martyanov pareció proyectarse sobre la realidad, llegó el 3 de enero de 2026 con el secuestro del presidente Nicolás Maduro. Aquel acto no fue un hecho aislado; fue la piedra angular de una campaña de presión feroz que también alcanzaría a Cuba, México y Colombia. Era Washington reafirmando, con una crudeza que no dejaba lugar a dudas, su señorío absoluto sobre lo que el analista ruso había delineado como su jardín trasero exclusivo.

Y el efecto dominó no se hizo esperar. En paralelo a la crisis venezolana, surgió con inusitada seriedad un tema que antes parecía fantasía: la anexión de Groenlandia. Las conversaciones con Dinamarca trascendieron el murmullo para convertirse en negociaciones formales que iniciaron el pasado 14 de enero del 2026 entre una delegación danesa y el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, hasta llegar a la reunión del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, con el presidente Trump de donde surgió un "marco de acuerdo", algo visto todavía con mucho recelo por gran parte del liderazgo europeo.

Como es bien sabido, la anexión formal de Groenlandia a Estados Unidos representaría en la práctica la desaparición de la OTAN; tal vez, un golpe calculado al corazón de la arquitectura de seguridad transatlántica. ¿Era acaso el primer paso para "liberar" a Europa de la esfera de seguridad norteamericana y dejarla, tal como preveía el mapa, en una órbita de negociación directa con Moscú? Un dato frío podría alimentar esta hipótesis: el comercio entre Estados Unidos y Rusia aumentó un 25% durante 2025, señalando un posible pragmático reacomodo de intereses que trascendería la retórica confrontacional.

Mientras, en el otro extremo de Europa, durante el año 2025, y sobre todo después de las negociaciones de Alaska, la presencia europea fue relegada sistemáticamente de las negociaciones cruciales sobre Ucrania, que pasaron a ser un diálogo directo Washington-Moscú. El continente europeo, otrora pilar central de la política occidental, parecía quedar en un incómodo limbo estratégico, su influencia debilitada precisamente en los asuntos de su propio patio trasero.

Si China está ganando la batalla económica, ¿qué lógica tendría que terminara aceptando el hipotético acuerdo como el planteado por Martyanov?

Existe una cara del mapa de Martyanov que la realidad se ha encargado de torcer con violencia. Si el supuesto acuerdo preveía una esfera de influencia china que podría ser reconocida relativamente sin contratiempos, la preparación de la cumbre Trump-Xi Jinping de abril de 2026 ha sido todo menos pacífica. Lejos de un gesto de condominio, Washington ha rodeado a China con un cerco de máxima presión, que se materializa en tres frentes clave:

  1. En el noreste asiático, la tensión con un Japón que habla de "amenaza existencial" y estableció para 2026 un presupuesto de defensa récord de 58.000 millones de dólares.

  2. En el teatro de Taiwán, con el anuncio de un paquete de armas por 11.100 millones de dólares para la isla, el mayor de la historia.

  3. En el flanco energético vital, con el aumento de la presión sobre Irán, por cuyo Estrecho de Ormuz fluye el 20% del petróleo que importa el mundo (unos 20 millones de barriles diarios), de los cuales China consume el 38% del total de ese hidrocarburo, casi un 50% de la demanda requerida por el gigante asiático. La amenaza de un conflicto que cierre ese cuello de botella es una espada de Damocles sobre la principal vulnerabilidad estratégica china.

Esta no es la estrategia de quien concede una esfera de influencia desde una mesa de negociaciones donde cada parte reconoce su peso geopolítico y a partir de ahí hace concesiones a la otra, sino de quien busca "negociar desde una posición de fuerza" y ha encargado al Departamento de Guerra "actuar en consecuencia" para garantizar que la República Popular China esté en una "mejor disposición" para el diálogo. Es en este punto donde comenzamos a desmontar la posibilidad de un acuerdo consensuado, tal como algunos nos han hecho ver, quizás de forma precipitada o por incapacidad para explicarlo.

Entonces, ¿tenía razón Martyanov? Es probable que su mapa, como documento literal, sea una ficción. Sin embargo, como síntoma, como reflejo distorsionado de una lógica estratégica profunda que el imperio norteamericano busca imponer, su valor es innegable. Lo que presenciamos no es la implementación de un "Yalta 2.0" consensuado, sino algo quizás más pragmático y peligroso: una política exterior estadounidense que, de facto, actúa como si ese reparto fuera posible, pero intenta imponerlo unilateralmente desde una posición que enmascara una debilidad estructural.

El Documento de Defensa Nacional de EE.UU. del año 2026, publicado por el Pentágono:

Para comprender esta paradoja de fuerza proyectada y debilidad real, es indispensable ir más allá del análisis del Mapa de Martyanov a la luz de los acontecimientos, y comenzar a examinar el documento público de la Estrategia de Defensa Nacional de los Estados Unidos 2026 y, sobre todo, la base económica que le sirve de marco. Este texto revela con crudeza programática el guion de un repliegue táctico forzado. Su núcleo es la renuncia a las "guerras largas" y la apuesta por una disuasión basada en la "negación": demostrar una capacidad militar tan rápida, precisa y tecnológicamente superior que disuada cualquier confrontación antes de que empiece. Lógicamente, la práctica reciente demuestra que este tipo de operaciones relámpago ha tenido como preámbulo una serie de acciones psicológicas, económicas y propagandísticas destinadas a debilitar la voluntad de resistencia del enemigo.

La aplicación de esta doctrina se pudo observar en la agresión contra Venezuela llevada a cabo a principios de 2026, donde el imperio norteamericano intentó convencer al mundo de que la superioridad de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos era tan avasallante que cualquier intento por frustrar sus objetivos carecería de todo futuro, constituyendo, además, una pérdida innecesaria de vidas. Con esta acción, quedaba relegada la vieja doctrina del terror basada en la destrucción asegurada de quien osara desafiar a EE.UU., tal como se había intentado establecer durante la guerra de Irak en la primera década del siglo XXI.

Esta doctrina de "disuasión por negación" encuentra uno de sus antecedentes en un concepto militar impulsado por otro imperio en crisis: el Tercer Reich. Antes de la batalla de Kursk, consciente de las graves debilidades de su maquinaria militar, Adolf Hitler arengó a sus tropas con un objetivo que trascendía la victoria táctica: imponer una "disuasión por negación" en el frente oriental contra la URSS. En su proclama declaró: "¡Soldados del Reich! Hoy iniciáis una gran batalla ofensiva... El éxito de esta batalla debe representar para el mundo un soplo de fuego que demuestre que toda resistencia contra el poder del Ejército Alemán es inútil... Vuestro ataque debe... demostrar de una vez por todas que cualquier esperanza de vencer a Alemania es vana."

Este pasaje histórico revela cómo esta doctrina ha sido, desde sus orígenes, un recurso para un ejército que carecía de la capacidad para sostener una guerra prolongada, como fue el caso de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

La "disuasión por negación" no es una elección basada en la fortaleza, sino la imposición de una necesidad económica insoslayable.

Estados Unidos ya no está en condiciones de financiar conflictos prolongados. Su economía, altamente financiarizada y sostenida por el valor fiduciario del dólar, enfrenta una crisis de legitimidad. China ha reducido sus tenencias de bonos del Tesoro estadounidense en casi un 40% desde 2013, y la participación del dólar en las reservas globales de los bancos centrales cayó al 59% en 2020, su nivel más bajo en 25 años, según el FMI. Este declive en la financiación externa de su déficit golpea el corazón de su hegemonía.

En un escenario de guerra prolongada, el Estado norteamericano se vería forzado a aumentar su gasto público, abriendo una brecha aún mayor en su déficit fiscal. En las guerras prolongadas de principios del siglo XXI, este déficit fue manejable porque países como la República Popular China, Japón y el Reino Unido, dada su dependencia económica de EE.UU., se vieron en la necesidad de comprar enormes cantidades de bonos de deuda pública, financiando así esos conflictos.

Actualmente, esta dinámica ha cambiado, como ya se ha señalado. La única opción que le quedaría en caso de una guerra prolongada sería la emisión masiva de dólares, lo que precipitaría el desplome de su valor. El síntoma más elocuente de esta desconfianza es la huida hacia el oro, cuya cotización superó la barrera histórica de los 5.000 dólares la onza troy a principios de 2026.

 

El contraste entre el surgimiento "ficticio" de un mundo multipolar y la realidad de una despolarización campante:

 

El punto de encuentro entre algunos análisis geopolíticos realizados a partir del famoso mapa de Martyanov y el documento de Estrategia de Defensa Nacional publicado por el Pentágono a principios del 2026 radica en que ambos plantean un nuevo orden mundial con distintas esferas de influencia. Los primeros análisis hablan de la posibilidad de un gran acuerdo tipo "Yalta 2.0", donde las potencias "victoriosas" sobre el neoliberalismo –Rusia y China– llegarían a un consenso con la facción del poder norteamericano que se ha logrado imponer a lo interno del imperio. Según estos sesudos análisis, estaría planteada la constitución de una gran mesa del poder global vencedor, donde los tres grandes—Putin, Xi Jinping y Trump—se estarían repartiendo el mundo. Según esta tesis, en Alaska se pudieron haber trazado los lineamientos de este nuevo "mundo multipolar".

Por otro lado, el documento sobre la Estrategia de Defensa Nacional de EE. UU. plantea un escenario "realista" esencialmente parecido, pero con un método diametralmente distinto. Este ya no contempla un acuerdo entre "potencias vencedoras", sino el surgimiento de nuevas áreas de influencia a nivel global a partir de la demostración de la fuerza y no de la confrontación directa. Se trataría de la transformación de espacios donde anteriormente las Fuerzas Armadas de Estados Unidos ejercían el control militar directo, en zonas donde potencias regionales asumirían el peso de la contención: Rusia tendría que vérselas con Europa, y China sería contenida por Japón y Taiwán en el Indo-Pacífico, así como por Israel en Oriente Medio.

En el océano Índico, quedaría una India posiblemente alineada, si llegaran a prosperar los acuerdos energéticos entre Caracas y Nueva Delhi, junto con los acuerdos comerciales con la Unión Europea. Todo esto, bajo los auspicios del imperio norteamericano.

Esta estrategia constituiría la "multipolaridad" planteada por Washington, donde ya no sería su presencia militar directa la que marcaría la dinámica de contención, sino la de sus socios regionales. Estos tendrían que aceptar este papel, dado que su existencia, según los cálculos del imperio, se mantendría inexorablemente atada al mercado norteamericano, a su tecnología de punta en materia militar y, en última instancia, a la "disuasión negativa" que pudiera ofrecer Washington.

Sin embargo, no debe olvidarse que, más allá de cualquier intento por instaurar una nueva doctrina de disuasión, la contribución última de supervivencia para estos aliados de Estados Unidos será, en definitiva, el paraguas nuclear que este pueda ofrecer. Ahora bien, ¿estará dispuesta la Europa "aliada" a aceptar estas nuevas reglas, donde el "gran parásito" termine absorbiéndole sus últimos soplos de vida o, por el contrario, parará el juego en Ucrania interviniendo directamente en el conflicto y llevando al mundo al borde del abismo?

En el caso de América Latina, el imperio norteamericano, dentro de su arrogancia, considera que la región, por ser un área de poco desarrollo tecnológico y un continente que históricamente ha sido influenciado por el modo de vida americano (y cuyo anhelo en el fondo es alcanzar ese sueño), hace impensable la posibilidad de que algún actor actualmente pudiera plantarse y desarrollar una guerra popular prolongada. Además, la Operación "Resolución Absoluta" prácticamente los ha dejado en shock, y la idea planteada por Chávez, Fidel y el "Che" Guevara de un continente capaz de crear, mediante el heroísmo, varios Vietnam es cosa del pasado. Controlar América Latina sin una guerra larga es algo que, por sí solo, ellos podrían garantizar.

En resumidas cuentas, estaríamos ante unos Estados Unidos que no solo aspiraría a seguir siendo financiado por el mundo, sino que además obligaría a una parte de sus financistas a garantizar la contención de quienes podrían amenazar su liderazgo. Bienvenidos al verdadero "mundo multipolar" planteado por el presidente Trump.

Según el viejo adagio popular venezolano: "Una cosa piensa el burro y otra el que lo arrea"

Sin embargo, este espejismo "multipolar" de Trump, esbozado inicialmente en el mapa publicado por Martyanov, delineado con mayor "realismo" en el documento del Pentágono a principios de 2026 y percibido de forma más concreta al analizar la tendencia de los acontecimientos geopolíticos, resulta ser una estrategia altamente irrealizable.

Dejemos nuevamente a un lado el mapa de Martyanov y profundicemos en la posible relación válida entre dicha tendencia de los acontecimientos y el documento publicado por el Pentágono. Este, aun siendo un documento público, no deja de ser un material destinado a preparar a la llamada opinión pública para posibles escenarios futuros. En el documento, EE.UU. plantea una supuesta y abrumadora ventaja económica e industrial de Europa sobre Rusia. El texto norteamericano sostiene que la capacidad industrial europea es potencialmente muy superior y que el Producto Interno Bruto (PIB) de Rusia es diminuto, comparable solo con el de Italia.

Esta afirmación es profundamente engañosa. Es cierto que, si se observa el PIB nominal (calculado simplemente con los tipos de cambio del mercado), la cifra rusa parece reducida. Sin embargo, este indicador está enormemente distorsionado por el bloqueo económico y la guerra financiera contra la Federación Rusa, que han llevado a una subvaloración artificial de su moneda. La métrica adecuada es el PIB medido por paridad de poder adquisitivo (PPA), el cual ajusta el valor real de los bienes y servicios. Desde esta perspectiva, la economía rusa no solo es mucho más grande de lo que el documento indica, sino que se consolidaría como una de las mayores economías de Europa.

Además, se trata de una economía integrada, con un mayor equilibrio interno y una sólida base industrial, lo que la hace capaz de mantener un conflicto prolongado. La guerra en Ucrania, si bien ha sido difícil y ha aumentado el déficit fiscal ruso, ha demostrado precisamente esa resiliencia estructural. Esta fortaleza económica subyacente, captada por el PIB-PPA, es la clave que explica la capacidad de Rusia para soportar la presión sostenida.

Sin embargo, la gran pregunta con respecto a Rusia es si estará dispuesta a jugar solo un papel regional, como lo está planteando el imperio norteamericano, o, por el contrario, optaría por mantener la alianza con la República Popular de China, donde, dado lo complementario en cuanto a su poder militar y lo poderoso de la industria china, realmente podrían construir en conjunto un orden global más adecuado para los intereses rusos. Hablar de un área de influencia donde el conflicto estaría a la orden del día, dado que el papel de Europa en ese escenario sería el de contener a Rusia, sería una verdadera locura.

Por otra parte, la estrategia estadounidense, de implementarse, pasaría por controlar el mercado petrolero, lo cual va directamente en contra de los intereses rusos. Finalmente, la constitución de cualquier régimen hostil en Irán representaría una amenaza para las fronteras rusas, puesto que, si Israel llegara a consolidarse como el gendarme regional de Estados Unidos, difícilmente renunciaría a impulsar un cambio de régimen en Irán en el futuro, ya que el gobierno israelí lo considera un primer paso indispensable para debilitar sus capacidades defensivas.

¿Qué plantea el documento de la Estrategia de Defensa Nacional de EE.UU. sobre la República Popular de China?

Desde una perspectiva estratégica y haciendo un análisis del documento a la luz de las tendencias geopolíticas actuales ya comentadas en el presente trabajo, EE.UU. no plantea la contención de China como un mero desafío militar convencional, sino como un esfuerzo integral para limitar su expansión económica, que es la base real de su poder. La lógica es clara: el desarrollo económico necesita espacio —geográfico, comercial, tecnológico y de influencia—. Por lo tanto, impedir que Beijing consolide ese espacio a escala global se convierte en el objetivo central.

Esta contención adoptará la forma de un cerco estratégico flexible, en el que Estados Unidos evitará en lo posible el enfrentamiento directo y desplegará, en cambio, una red de aliados y socios en los flancos vitales de China. Esto confirma los tres frentes de contención que, de hecho, ya se han planteado en el presente análisis, pero que ahora se dilucidarán con mayor claridad a la luz del documento de seguridad nacional publicado por el Pentágono. En el teatro del Indo-Pacífico, Japón y Taiwán se consolidarán como pilares orientales de este arco de presión. Su papel será mantener el equilibrio en los ámbitos marítimo y tecnológico, constituyendo la primera línea de defensa de los intereses occidentales en la región

Por el otro extremo, en el Mediterráneo oriental y Medio Oriente, se promovería a Israel como un "socio ideal" y un contrapeso fundamental. La expectativa es que, con apoyo estadounidense, Israel pueda desafiar la creciente influencia económica y estratégica china en dichas regiones, convirtiéndose en un guardián occidental en un área crucial para las rutas de comercio y energía. Para lograrlo, Estados Unidos deberá desarmar primeramente a Irán –y dejarlo a merced de Israel– antes de replegarse de Medio Oriente. Un objetivo que constituye un factor clave de las crecientes tensiones regionales.

En este mapa de contención, la India emerge como la pieza geopolítica quizás más decisiva. No solo es la nación más poblada, sino un actor cuyo alineamiento define el equilibrio de poder en Asia. Estados Unidos buscará, como ya lo hemos descrito, integrarla firmemente en su esfera para que funcione como un gigantesco contrapeso continental al sur de China.

Sin lugar a dudas, la República Popular China —actualmente la mayor economía del mundo en términos de PIB-PPA y inmersa en un franco proceso de desdolarización o "desamericanización"— sería la menos interesada en que Estados Unidos le imponga una camisa de fuerza.

La agonía del hegemón y la senilidad del sistema capital:

Sin embargo, la verdadera raíz del problema —que ha llevado tanto a la praxis como al documento del Pentágono a plantear la "multipolaridad" de Trump— es algo ya irresoluble: la senilidad del sistema capitalista y, con él, del imperio norteamericano. Esta decadencia se manifiesta en la caída sostenida de la tasa de ganancia, fenómeno que ha conducido a la despolarización del orden mundial surgido tras la disolución de la URSS.

Esta debilidad, intrínseca a un capitalismo envejecido, impide la recuperación de la tasa de ganancia —cuestión clave, pues la base del sistema reside en la capacidad de una élite mundial de acumular capital de manera indefinida. Dicha capacidad se está reduciendo de forma tendencial, y esta es precisamente la causa fundamental de la despolarización sistémica y el origen de la crisis que ha llevado al planteamiento de nuevo orden trumpista; un orden que, lejos de resolver el problema, no hará sino agravarlo.

La tendencia decreciente de la tasa de ganancia —ilustrada por los datos del analista Michael Roberts para el G20— muestra una presión secular sobre la rentabilidad. Desde un 9.6% en 1950, la tasa cayó al 7.4% en 1990 y se mantuvo alrededor del 6.8% en 2019.

Esta presión crónica fue lo que condujo a la financiarización y la desindustrialización de Estados Unidos. Hoy, el aparente intento de "reindustrialización" a través del gasto militar —como lo sugiere tangencialmente el documento de defensa de EE.UU. de 2026— se enfrenta a una contradicción fundamental: ¿cómo puede una industria que en el mundo actual es altamente tecnológica y requiere cada vez menos capital variable (trabajo vivo) generar una mayor masa de plusvalía —el trabajo humano no pagado al trabajador— que eleve la tasa de ganancia? Sin un aumento sustancial del empleo, ¿de dónde extraería el capitalista el valor producido por el trabajador?

No faltará quien argumente que el problema reside en la falta de demanda y que, en un mundo en tensión, la compra de armamento será una necesidad perentoria. Sin embargo, esto intenta obviar una realidad histórica: en el sistema capitalista, el valor se genera en la producción y se realiza en el mercado. Si la tecnología reduce las horas de trabajo socialmente necesarias y, con ello, el valor de cada producto, ¿cómo se sostendría el ciclo de acumulación? La respuesta parece ser la misma de antes: seguir especulando hasta que explote una burbuja que, de hecho, ya está a punto de estallar. Todo indica que el gobierno estadounidense, el cual ha abandonado claramente su supuesta tendencia aislacionista, planea continuar con la práctica que ha mantenido durante al menos cuarenta años: utilizar la producción militar de alta tecnología como un mecanismo para desviar hacia los bolsillos de los grandes magnates del complejo militar-industrial la financiación que el mundo aporta a su economía. Posteriormente, estos "perros de la guerra" inyectarán dichos fondos en la Bolsa de Nueva York para generar así elevadas tasas de "ganancias" ficticias.

Hasta el momento, no se observan indicios reales de una industrialización que trascienda el sector militar ni de un intento genuino por abordar las causas estructurales del problema. Es evidente que la estrategia estadounidense sigue recurriendo a un "remedio" que, a la larga, no hará más que agravar la crisis.

Por eso, la visión de un "Yalta 2.0" resulta ser una ilusión, una especie de neogatopardismo que busca cambiar todo para que nada mejore. En realidad, lo que Washington intenta es un reacomodo hegemónico desesperado: un repliegue táctico y una externalización del costo imperial tratando de obviar la raíz del problema. Espera que una Europa rearmada contenga a Rusia, que Japón, Taiwán e India cercenen a China en el Indo-Pacífico e Israel custodie Oriente Medio. Es la fórmula del "poder proxy": retirarse a su hemisferio (América y Groenlandia) para que otros libren sus batallas, mientras intenta conservar el núcleo decadente de su poder: el privilegio exorbitante del dólar.

La trayectoria histórica del imperio norteamericano después de la Segunda Guerra Mundial sugiere una resistencia estructural a cualquier declive terminal, buscando perpetuamente atajos para mantener su hegemonía. Sin embargo, en su fase actual, esta lógica parasitaria muestra signos de degradación y debilidad inimaginables, recurriendo a mecanismos cada vez más forzados para sostener un sistema en crisis.

Un precedente fundamental se estableció tras el fin de la convertibilidad del dólar en oro a principios de los años setenta. Frente a esa ruptura, Estados Unidos reorientó su poder militar no como un motor de crecimiento económico integral, sino como un instrumento de chantaje geopolítico. Aseguró que el petróleo se comerciara en dólares, ofreciendo "seguridad" a los productores árabes y a los consumidores occidentales frente a la "expansión" de la Unión Soviética. Este movimiento ingenió una dependencia global hacia la moneda estadounidense, condicionando el desarrollo de las economías a la obtención de dólares. La consecuencia fue un flujo estructural de la producción industrial mundial hacia el mercado norteamericano, que se convirtió en el consumidor de última instancia, generando una doble dependencia: de la divisa y del mercado de Estados Unidos.

Hoy, en medio de crisis sucesivas y una debilidad estructural, emerge un nuevo fenómeno en el que la apuesta hegemónica se redobla y torna más explícita. La premisa ya no consiste únicamente en ofrecer un mercado flexible para absorber la sobreproducción global de una economía con claros signos de desaceleración —resultante, en parte, de la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores en los países productores—, sino en imponer condiciones más estrictas para preservarlo. El acuerdo tácito se ha transformado: para evitar el colapso de ese mercado crucial, las naciones no solo deben financiar el déficit estadounidense, sino que ahora están llamadas a participar activamente en la seguridad y defensa del orden que lo sostiene. Se espera que los aliados de Estados Unidos contengan a los competidores que podrían desestabilizar y eventualmente desplazar su supremacía. La lógica del chantaje se sofistica: la seguridad militar y la económica se fusionan. Y cualquier intento de alterar estas reglas del juego se toparía con una "realidad" inapelable, como la evidenciada en la Operación "Resolución Absoluta": el poderío militar estadounidense, lo suficientemente poderoso para garantizar que algún "aliado" o competidor nunca pueda lograr cambios estructurales en las nuevas normas que se aspiran imponer. Aquí la razón del intento de aplicar la doctrina de "disuasión por negación".

Finalmente, lo que estamos presenciando no es el amanecer de un nuevo orden multipolar, sino la agonía prolongada de un unilateralismo en retirada que se niega a perecer. El centro hegemónico no está siendo sustituido por polos equivalentes, sino que se contrae, abandonando espacios y forzando a otros a asumir riesgos. El mapa de Martyanov es la sombra de este proyecto: no un tratado, sino el orden que una potencia en retirada relativa sueña imponer mediante el bluff de una fuerza que ya no puede sostener económicamente, aferrándose con desesperación a los últimos pilares de un dominio que el mundo financia cada vez menos. La multipolaridad justa y solidaria, por tanto, no se enfrenta a un reparto entre imperios, sino a la tentativa más decidida —y peligrosa— de negar, mediante la coerción y la guerra psicológica, que ese reparto sea históricamente viable.

Correo: carlosgil.minec@gmail.com


 

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