Háblese con la rigurosidad de la lógica: el derrocamiento de Nicolás Maduro no generó ni de cerca la conmoción del Hugo Chávez derrocado. Hasta hoy, se realizan movilizaciones no solo en Venezuela, sino también en el mundo, pidiendo la liberación de la pareja presidencial. Pero no hay parangón: en Venezuela son marchas controladas, institucionalizadas como una acción de cuido de las apariencias en medio de una agenda reformista y de concesiones de la presidencia encargada.
Lo de Chávez fue una fuerza histórica de imparable cambio, en un momento genésico. Gente brotando de la tierra, dirigiéndose a un rescate.
No se trata de menosprecio histórico ni de nada personal, sino de la fría razón. En Venezuela se asumió que, por un incontrolable imprevisto, Maduro se fue y, sencillamente, se sustituyó con la legalidad sucesora del país. Se puede decir que se sintió como un hecho de tácita aceptación por los poderes establecidos, que decidieron continuar con las actividades normales y fundar una agenda de apertura hacia los Estados Unidos: presidencia encargada, Asamblea Nacional, Fuerzas Armadas.
Aquí es donde se comprende por qué las movilizaciones pro-liberación de Maduro no se orientaron hacia la resistencia. Salieron el ejército y la policía a las calles, pero sin connotar llamados masivos populares para el combate y la defensa soberanos. La vida debía continuar.
Maduro, en conclusión, fue sacrificado políticamente dentro de su país, por más que dentro del plan de gobierno esté aludido en uno de sus puntos: rescate presidencial.
Eso tiene una lectura. El presidente había llegado a un punto muerto en el contexto de la situación político-económica. Se precisaba de otra creatividad para avanzar y salir del marasmo de las sanciones y el aislamiento internacional. Los salarios eran polvo, evolucionando hacia un esquema de bonificaciones; las pensiones equivalían a menos de un dólar, se creó una cultura de subsistencia con la deficiencia de los servicios públicos, la gente persistía en emigrar…
Pero he aquí lo impresionante: indagando se averiguan cosas. La agenda reformista de Delcy Rodríguez ya, de hecho, la ensayaba Maduro a la calladita ante Donald Trump: reforma petrolera, anulación del Estado, desnacionalización del chavismo petrolero, minimización de PDVSA, etc. Su plan empezó a caminar desde que recibió a Richard Grenell en 2025, cuando proclamó un “nuevo comienzo” en las relaciones. Incluso había un apartado de revisión de lo chino.
Tal alineación desesperada con los intereses estadounidenses no fue aceptada. Le pasó como a Moammar Gadafi, quien fue asesinado a pesar de ofrecer rectificación ante los imperialistas. Toda esa flota sobre el Caribe era para realizar algo en concreto: escarmentar con Venezuela al hemisferio monroísta y reafirmar el poder imperial de la potencia en declive.