Verdades incómodas Anatomía de una defensa fallida: lealtad erosionada, inteligencia ausente y soberanía simulada

Viernes, 06/02/2026 06:55 AM

Las naciones no colapsan cuando son derrotadas en el campo de batalla; colapsan cuando simulan que están protegidas. En el ámbito de la seguridad nacional, la peor vulnerabilidad no es la inferioridad tecnológica, sino la autocomplacencia institucional, la lealtad fingida y la ausencia de pensamiento estratégico crítico.

En este artículo, con dolor examino, desde un enfoque político, militar, jurídico y de inteligencia, las fallas sistémicas que harían posible, en un escenario realista, una incursión extranjera de alto valor estratégico, incluyendo la neutralización, captura o secuestro de la máxima autoridad del Estado venezolano. No se trata de fantasía conspirativa, sino de análisis estructural. Toda doctrina de defensa seria se construye evaluando el peor escenario posible, no el más cómodo. Lo verdaderamente escandaloso no es la capacidad potencial del agresor —sea Estados Unidos u otra potencia—, sino la incapacidad del aparato defensivo nacional para impedirlo, detectarlo a tiempo o responder con eficacia.

La obsolescencia como forma de traición institucional. Uno de los signos más claros de negligencia estratégica es la falta de actualización operativa de los sistemas de defensa, no solo en términos de equipamiento, sino, más grave aún, en doctrina, entrenamiento y cultura de alerta. En Venezuela, la defensa parece concebida como escenografía, no como sistema vivo. Aviones que no patrullan, radares que no integran información en tiempo real, unidades navales —superficiales y subacuáticas— ancladas en una lógica ceremonial, y fuerzas terrestres que existen más como estructura administrativa que como fuerza de reacción inmediata.

Paradójicamente, este mal no es exclusivo de Venezuela. Incluso las Fuerzas Armadas de EE. UU., como han señalado analistas como Andrew Bacevich o Lawrence Wilkerson, han demostrado en múltiples ocasiones que la superioridad tecnológica no garantiza inteligencia estratégica ni control político efectivo. Pero cuando una potencia falla, corrige. Cuando un Estado periférico falla, niega.

Inteligencia sin inteligencia: cuando el enemigo ya conoce la casa. Uno de los aspectos más inquietantes de cualquier análisis serio de seguridad es la previsibilidad absoluta de las infraestructuras críticas. Cuando se conocen: las tomas eléctricas, las plantas generadoras, las rutas de acceso y escape, los patrones de movilidad presidencial, los anillos de seguridad repetitivos, no estamos ante un fallo puntual, sino ante la bancarrota total del aparato de contrainteligencia. Esto no es una conjetura: es doctrina básica. Cualquier academia militar seria enseña que lo primero que se protege es la imprevisibilidad. Cuando el enemigo conoce la casa mejor que el dueño, la defensa ya fue derrotada sin disparar un solo tiro.

 

La externalización de la soberanía: protección extranjera, humillación interna. La presencia de personal extranjero —cubano u otro— en la protección directa del jefe de Estado plantea una pregunta demoledora: ¿Qué grado de confianza real existe en la lealtad y competencia del personal venezolano? Un Estado que no confía su seguridad presidencial a sus propios cuadros militares no es soberano en sentido pleno. Ha tercerizado su núcleo más sensible. Y eso no solo es un problema operativo: es una humillación institucional para la FANB. Como advertía Samuel Huntington, la profesionalización militar no se mide solo por disciplina, sino por identificación orgánica con el Estado nacional, no con facciones, ideologías ni padrinazgos externos.

Rusia y China: aliados estratégicos que no militarizaron la disuasión. Otro punto crítico es la ausencia de una militarización preventiva de la inteligencia compartida con actores como Rusia y China. La cooperación no puede limitarse a contratos, asesorías simbólicas o ejercicios mediáticos. Si existe una alianza estratégica real, esta se traduce en: interoperabilidad de inteligencia, alertas tempranas, protección de activos críticos, y planificación post-evento. La ausencia de estas capas indica que la alianza es retórica, no doctrinaria.

El símbolo obsceno: condecoraciones y sonrisas. La imagen —real o simbólica— de un alto funcionario extranjero de inteligencia siendo condecorado, mientras el militar que impone la medalla sonríe, es un acto de violencia simbólica contra la soberanía. ¿De qué se ríe ese militar?
¿De nervios? ¿De miedo? ¿De cinismo? ¿De sumisión interiorizada? En cualquiera de los casos, la escena revela lo que Frantz Fanon llamaría una “psicología colonizada del poder”: la sonrisa del subordinado ante quien representa la capacidad de destruirlo.

La FANB no es un bloque monolítico —y eso es parte del problema. Insistir en que la FANB es un cuerpo homogéneo es una ficción peligrosa. Existen: oficiales profesionalmente comprometidos, cuadros degradados por corrupción, manejo doloso de los bienes, operadores políticos disfrazados de militares, y traidores silenciosos que venden información, lealtad o inacción.

El perfil psicológico del militar corrupto combina: oportunismo, resentimiento social mal resuelto, culto a la impunidad, y ausencia total de ética del honor. Ese militar no defiende la patria, defiende su cuenta, su visa y su salida futura.

Consecuencias estratégicas de seguir formando cuadros en EE. UU. Reenviar cuadros militares a academias estadounidenses sin una doctrina nacional sólida previa es una forma de desnacionalización estratégica. West Point forma excelentes oficiales… para los intereses de EE. UU. Sin un marco ideológico y ético propio, el resultado es un oficial técnicamente competente pero emocionalmente alineado con otra visión del mundo. Esto no es antiestadounidense: es realismo geopolítico.

Recomendaciones estratégicas: Auditoría total e independiente del sistema de defensa e inteligencia; Rotación imprevisible de esquemas de seguridad presidencial; Re-nacionalización progresiva de los anillos de protección; Formación doctrinaria propia antes de formación externa; Evaluación psicológica profunda de mandos medios y altos; y, Castigo ejemplar a la corrupción militar como delito de traición. En Angostura Bolívar realizó varios ejemplos, de ética, moral, liderazgo, jurídico y militar. 

Máxima final: “Un Estado que no se protege a sí mismo, será protegido —o tomado— por otros.”

Lema: Soberanía no se declama: se defiende.

 

De un venezolano, hijo de la Patria del Libertador Simón Bolívar

 

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