Lo que no se dice y se oculta también es parte de la construcción de sentido de la realidad que imponen las minorías que detentan (en su provecho) el poder. En el mundo contemporáneo es una cosa común, institucionalizada, recurrir a las palabras para confundir, aterrorizar, adoctrinar, ocultar e infamar, de manera que estas sirvan para encubrir o disfrazar las verdaderas relaciones de dominio y de explotación que envuelven a las personas, creándoles una realidad ficticia que, pese a las señales reveladoras que así la descubren, termina por ser aceptada como algo verídico; lo cual causará la sumisión de sus conciencias. Por eso es muy importante incentivar entre los jóvenes, muy especialmente, el desarrollo de una verdadera conciencia crítica (o autodeterminada) que, al mismo tiempo, les permita manifestar en todo momento una voluntad democrática y de justicia. Y será entre los jóvenes que se pueda cumplir este propósito, dado que constituyen el sector de la población más propenso y asiduo al uso de las nuevas tecnologías de la información y de la informática, siendo, en consecuencia, los más expuestos a la influencia perversa y sesgada del contenido al cual tengan acceso, sobre todo en materia política.
La violencia simbólica o psicológica así generada -según los intereses de quienes aspiran el control de la sociedad- deriva en un estado de necesidad y, como efecto de esta, uno de legítima defensa, exteriorizado a través de la negativa individual de abstenerse a compartir noticias falsas, de contrarrestarlas en su mismo terreno, difundiendo la verdad, o, sencillamente, conformando un amplio movimiento popular que se trace, entre otros relevantes objetivos, disputarles el poder a las clases y los grupos hegemónicos. Lo falso y lo correcto tienen entonces una batalla diaria en nuestras mentes, aún cuando no lo percibamos. «Se hace un uso agresivo de las analogías históricas -extraemos del libro "La intoxicación lingüística. El uso perverso de la lengua", escrito por Vicente Romano- para difamar a los representantes del enemigo. Castro, Hussein, Milosevic, etc., son como Hitler. Pero no así Mobutu, Idi Amin, Pinochet, Videla, etc. El islamismo se asocia a fundamentalismo, barbarie, locura... Pero se calla que el origen del fundamentalismo está en los Estados Unidos de América, donde en algunos de sus estados está prohibido enseñar la teoría de la evolución y mencionar el nombre de Darwin en las escuelas, donde está el Ku Klux Klan y organizaciones semejantes». A este paso, no es nada sorprendente que se etiquete de agitadores, resentidos sociales, delincuentes y terroristas a aquellos que, por cualquier circunstancia, luchan por la autodeterminación de sus pueblos, la preservación de su entorno natural o los derechos que les corresponde como seres humanos y ciudadanos. De ese modo, las buenas intenciones adquieren rasgos detestables, de manera opuesta a lo que éstas son realmente. Sus impulsores acaban por ser señalados de pérfidos, sujetos que mienten y cometen atrocidades sin estar sujetos a moral alguna. Y eso se va repitiendo incesantemente, en todas las formas posibles, hasta que, eventualmente, siguiendo la pauta establecida por Paul Joseph Goebbels, pueda alcanzar su meta y aparezca alguien de la catadura de Donald Trump.
Contrariamente a lo que pueda pensarse, la crueldad y la destructividad no son algo innato de la naturaleza humana. Esa es la conclusión a la que han llegado los estudios de paleontología, antropología e historia. No obstante, es lo que se observa cuando se agrede a naciones, comunidades e individuos alrededor del planeta, sin argumentos de peso, en un alarde de sadismo que solo busca infundir terror entre sus víctimas potenciales, no importa si estas recurren a derechos legítimos o tradicionalmente establecidos. Bien lo anotó el poeta y guerrillero salvadoreño Roque Dalton: «No existen "los misterios de la Historia". Existen las falsificaciones de la Historia, las mentiras de quienes escriben la Historia». El placer de destruir, el sadismo, la necrofilia, el ansia de poder y de poseer actualmente se escudan tras supuestas buenas intenciones, pero no consiguen esconder la cruda realidad creada por la moral y la ideología de los sectores dominantes, así estos echen mano a todo tipo de represión: física, legal y psicológica. El «eterno» fracaso que se le atribuye a las buenas intenciones de partidos políticos, gobiernos, grupos, individuos y movimientos de izquierda tiene su razón de ser en la destructividad y la crueldad desatada por quienes aspiran mantenerse indefinidamente sin amenazas en el poder. Su objetivo es lograr la sumisión eterna de las conciencias. Por tal motivo, es un riesgo potencialmente subversivo que la gente se muestre dispuesta a cuestionar el orden establecido, aunque no pretenda iniciar alguna revolución. Y en eso ya tienen cierta ventaja los sectores dominantes, al mantener ocupados a los sectores dominados con trivialidades, enemigos inexistentes y necesidades que podrían solventarse de raíz, pero que no les conviene hacerlo.