Quienes hemos visto durante décadas centenares de películas del género western no podemos evitar una asociación inmediata al observar la figura del actual presidente de los Estados Unidos. En aquellas historias aparecían, una y otra vez, pistoleros, asesinos a sueldo sin escrúpulos, matones rodeados de matones que imponían su ley por la fuerza. No una ley común, sino la ley del más fuerte, la de los depravados que erigían en autoridad.
Todos ellos compartían un mismo principio, explícito o tácito: yo soy, de hecho, el amo de este pueblo y voy a serlo también de derecho. Yo soy la ley.
Ese principio atraviesa hoy el discurso y la práctica política de Donald Trump.
Se habla de un mundo político multipolar de hecho. Pero la multipolaridad que se propone no nace del consenso internacional ni del respeto al derecho internacional, ni mucho menos de la ONU. Ni siquiera de su Consejo de Seguridad. Nace de un tenderete global improvisado, diseñado a la medida de los intereses estadounidenses, con Trump como creador, árbitro y beneficiario último. No se trata de cooperación, sino de subordinar al mundo a sus caprichos y ocurrencias.
Estados Unidos —se nos recuerda constantemente— está en todas partes. Y esa omnipresencia no se sostiene solo con diplomacia. Al margen del consumo interno, y al margen también de los intereses de determinados grupos de poder, judíos y wasp, millones de artefactos militares y sistemas de armamento, por tierra, mar y aire, destinados a incontables bases repartidas por el planeta, exigen un suministro energético comparable al de un alto horno que nunca se apaga. Hay reservas inagotables. Pero siempre se necesita más.
Durante siglo y medio los estadounidenses han sido autores, de intervenciones armadas, de guerras, de golpes y de tragedias interminables. Esa acumulación de violencia ha dejado una huella profunda en la mentalidad colectiva, una huella que parecía diluirse lentamente con el paso del tiempo. Hasta que llegaron, primero Bush, —war president— y después Trump, —bipolar president—
Trump no es una anomalía, sino una figura histórica coherente con una tradición. Una figura que recuerda al mundo espectador que su aparición es la de un personaje trastornado al frente de la principal potencia militar del planeta. Pero no por accidente, sino el resultado lógico de una cultura política que, como en los viejos westerns, siempre ha confundido deliberadamente la fuerza con la ley y el dominio con el derecho.