El reciente artículo de Clodovaldo Hernández, donde habla del "envilecimiento del periodismo", además de estar, como siempre, muy bien escrito, abre la oportunidad al desarrollo del “equilibrio reflexivo necesario”. Él nos permite dotar nuestro accionar con una “ética política” tal que, al desnudar las verdades históricas, buscamos ir siempre más allá en la profundización de la democracia. Esa es la razón del "pensamiento crítico". Él se mueve en dirección contraria al tutelaje.
Este pensamiento, reconocido por la capacidad para identificar las circunstancias que envuelven a naciones y sociedades, se construye apoyándose en tres esfuerzos personales: el percibir, conocer y comprender. Ellos son lo suficientemente complejos para no suponerlos presentes de manera natural. Tal compleja construcción genera la conciencia. Contra ella se estrella el tutelaje, un vocablo con la misma connotación de bestiaje, chantaje, pillaje, trucaje, ultraje o vasallaje, todas, formas de actuación del neoliberalismo y el capitalismo salvaje. Sobre estos fenómenos Clodovaldo construye su reflexión.
El envilecimiento que él refiere, se refleja en el quebrantamiento del derecho internacional, de los derechos políticos y laborales y, simple y llanamente, de los derechos humanos. Sin embargo, con el debido respeto que tengo por su capacidad profesional e intelectual, me pareció que dejó fuera de su análisis la situación del periodismo en los países autodenominados "socialistas". Hablo de aquellos que existieron bajo la égida de la URSS y, lamentablemente, también de los actuales casos de China, Vietnam, Cuba, Nicaragua y Venezuela. En todos ellos, "el control de la información" no es materia de discusión abierta. Lo ejerce el órgano de dirección del Partido. Él detenta el poder en nombre del pueblo. En tales circunstancias, los trabajadores de la comunicación saben la cautela que es necesario mostrar, para sostenerse en el medio.
Lo hemos vivido de muchas maneras, ahora con "la duda es traición". Así lo han repetido los medios de comunicación oficiales y también algunos amigos. Tal apotegma nos irrita, como irritó a aquel brillante y antirreligioso Nietzsche, cuando denostaba la religiosa asociación de la duda con el pecado. Limitar hoy la crítica y la discusión pública de los revolucionarios, apoyándose en las amenazas bélicas desatadas por los enemigos, apelar para ello a la adhesión, la lealtad y la disciplina; no sólo arroja oscuridades sobre la estructura democrática del socialismo, acorrala la conciencia tras la obediencia, la resignación o, peor aún, la complicidad.
Es bueno y oportuno releer a Francis Bacon: El pensamiento crítico es tener el deseo de buscar, la paciencia para dudar, la afición de meditar, la lentitud para afirmar, la disposición para considerar, el cuidado para poner en orden y el odio por todo tipo de impostura…