El ataque imperialista a Venezuela, la crisis del chavismo y la perspectiva de una lucha antiimperialista continental

Domingo, 18/01/2026 06:05 AM

Venezuela ha sufrido un brutal ataque militar por parte de Estados Unidos el 3 de enero luego de más de cuatro meses de un asedio constante con uno de los mayores despliegues militares ante sus costas ordenados por Trump. Un ataque que concluyó con el secuestro del presidente del país, Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. Desde la LTS en Venezuela y la CRP-CI a nivel internacional llamamos a la movilización activa para derrotar la embestida militar imperialista y la política neocolonial de Donald Trump.

Denunciamos a los que festejaron el ataque de Trump y que lo ven como una cosa liberadora, desgraciadamente existe una ideología de masas en gran parte de la migración venezolana de que Trump nos va a liberar. Por eso estamos en la primera línea de la lucha antiimperialista contra la ofensiva neocolonial y llamamos a movilizarnos, para enfrentarla y derrotarla, porque lo que están haciendo en nuestro país es el primer paso para hacerlo en el resto de América Latina. Nos movilizamos con todos los que quieran enfrentar toda esta ofensiva imperialista, lo hacemos desde una perspectiva independiente del gobierno.

Muchos se preguntan por qué el gobierno parece estar entregándose ahora, a qué se debe esta inmovilidad ante este ataque imperialista, por qué al final de cuentas el gobierno no ofreció una resistencia ni antes ni durante el ataque en curso, preguntas que se hacen muchos compañeros y compañeras, incluso es una interrogante que se hacen sectores ya no solo del llamado chavismo crítico, sino hasta de los que lo han venido apoyando. A interactuar con todos estos sectores apunta este artículo, buscando forjar un sector que se movilice en clave antiimperialista y de manera independiente ante la necesidad urgente.

El sábado 3 de enero marcó algo más que un nuevo episodio de agresión imperialista de Estados Unidos contra Venezuela. El gobierno del entonces presidente Nicolás Maduro que se manifestaba como antiimperialista y con pretensiones de independencia nacional, no ofreció ninguna resistencia seria, ni política, ni económica, ni mucho menos militar. En todo el tiempo que precedió al ataque se limitó a la retórica vacía, a la denuncia sin acciones, a la teatralización de una supuesta "fortaleza revolucionaria". El gobierno de la actual de la presidenta Delcy Rodríguez ha pasado a ser un gobierno tutelado por el imperialismo estadounidense que le impone todas las condiciones, administrando en los hechos la entrega.

La ausencia de una resistencia seria, la parálisis de una casta militar y la impotencia del gobierno de Maduro ante el despliegue de fuerza de Washington, dejó al desnudo que su "antiimperialismo" nunca pasó de ser una verborragia demagógica. Durante años se utilizó para encubrir una política profundamente conciliadora con el capital, quedando reducido a un discurso vacío, impotente, incapaz de tocar un solo interés estratégico del imperialismo o de la burguesía local.

Pero el ataque de Estados Unidos no operó en el vacío. Es importante destacar que la derecha opositora, sobre todo sus sectores más rancios expresados hoy en María Corina Machado, Leopoldo López, etc., tienen como programa transformar a Venezuela en un protectorado, son los ultrareaccionarios que siempre pidieron intervenciones militares para entregarle todo a EE.UU.

Pero también están los de vieja data que, desde el inicio del gobierno de Chávez, actuaron como agentes directos del imperialismo dentro de Venezuela, realizando golpes de Estado como el de abril del 2002, sabotajes en la industria petrolera como fue el lock out patronal desde PDVSA en el 2003, todos de la mano de Washington. Fueron constantes en sus arremetidas proimperialistas en todos estos largos años, siendo una de las últimas ofensivas las tentativas golpistas con el títere de Juan Guaidó en el 2019, que se autoproclamó presidente interino sostenido por el primer gobierno de Trump y toda la derecha continental junto a los imperialistas europeos. Eran momentos de severas sanciones económicas imperialistas que cayeron con brutalidad sobre el pueblo trabajador y que continuaron a lo largo de los años.

El ataque no operó en el vacío también porque para Estados Unidos el gobierno de Chávez, contrariaba sus intereses y sus pretensiones imperiales -incluso bajo Maduro. Esto, en el marco en que el chavismo emergió a fines de los años 90 como respuesta a una crisis profunda del régimen político venezolano del puntofijismo sustentado por las décadas por Estados Unidos, hundido tras décadas de saqueo, corrupción y subordinación al imperialismo. Chávez canalizó el rechazo popular al Pacto de Punto Fijo, apoyándose en un discurso nacionalista, antioligárquico y, más tarde, "antiimperialista". Fue la respuesta a la descomposición de los partidos tradicionales (AD y COPEI) y al vacío dejado por el Caracazo de 1989.

En un contexto de altos precios del petróleo, el chavismo pudo construir una base social amplia, apoyándose en concesiones materiales financiadas por la renta petrolera. En este marco, Chávez encarnó rasgos de lo que León Trotsky definió como un bonapartismo sui generis girado a izquierda: un liderazgo que se apoya en el movimiento de masas y el ejército para arbitrar entre el imperialismo y los intereses nacionales, intentando ganar márgenes de maniobra.

Era una ubicación que el imperialismo nunca toleró, todo esto a pesar de que Hugo Chávez, desde sus orígenes se negó sistemáticamente a romper con los pilares materiales del poder capitalista, más allá de la retórica del Socialismo del siglo XXI. Esto porque nunca fue un proyecto de ruptura con el capitalismo, sino un intento de gestión "nacionalista burguesa" que aprovechó un ciclo excepcional de precios petroleros otorgando relativas concesiones a las masas y avanzando en un proceso de nacionalizaciones con indemnizaciones, en esencia, empresas claves que en los 90 pertenecían al Estado y que habían sido privatizadas, al tiempo en que avanzaba en relaciones con China y apuntalaba a Cuba sometida a sanciones históricas, cuestionó e hizo naufragar el ALCA en 2005, todo lo cual implicó roces con el imperialismo.

Para todo ello, Chávez contó con un gran apoyo del movimiento de masas, que se expresó claramente durante el golpe de Estado en el 2002, donde las masas salieron a defenderlo, restituyéndolo en el poder cuando no habían pasado siquiera 36 horas de que lo habían derrocado. Pero hay una cuestión clave a destacar, y es que consiguió canalizar todo el descontento que existía en su momento, evitando que se transformara en una irrupción independiente de la clase trabajadora y el pueblo pobre.

La política de Estados Unidos también se extendió bajo el gobierno de Maduro, a pesar del giro económico, su política autoritaria y represiva y sus brutales medidas, entre ellas, el pago de la deuda externa en momentos en que caían los precios del petróleo, más de 74 mil millones de dólares se pagaron en menos de tres años, agotando las reservas, reduciéndose las importaciones, que llevaron a una escasez brutal nunca vista en la historia del país, abriéndose una catástrofe económica y social, que será agudizada con la llegada de las primeras sanciones económicas a partir de agosto del 2017.

Todo esto también, a pesar de que en agosto del 2018 dio inicio un severo plan económico de "recuperación", abriendo la economía, semidolarizando el país, un proceso de reconversión de la industria petrolera hacia el capital internacional más abiertamente, un plan que cayó con brutalidad sobre el pueblo trabajador. Pero su continuidad de alianzas con Rusia, China y Cuba, en el marco de una política ofensiva del imperialismo estadounidense de control hemisférico bajo el segundo gobierno de Trump, volvía contradictoria la ubicación política del chavismo en el poder, que terminó con el desenlace de la agresión y el ataque militar del 3 de enero secuestrando a Maduro y a su esposa Cilia Flores.

Sin embargo, desde el comienzo, el proyecto de Chávez fue estrictamente un proyecto de reforma del capitalismo dependiente venezolano, no de superación del capitalismo. Nunca se propuso expropiar a la burguesía ni romper con el imperialismo. Las llamadas "nacionalizaciones" se realizaron pagando indemnizaciones millonarias a los grandes grupos económicos, tanto nacionales como extranjeros.

El caso paradigmático fue el pago de cifras monstruosas a conglomerados como Techint, de Paolo Rocca, la compra a precio de la bolsa de valores de Nueva York de empresas de electricidad, telefonía, bancos, etc., estableciendo un precedente de respeto sagrado a la propiedad capitalista. Al igual que CFK indemnizando a Repsol en Argentina. Estos sectores "nacionalistas" nunca se atrevieron a expropiar sin compensación, a tocar los pilares de la propiedad privada capitalista.

El llamado "antiimperialismo" del chavismo nunca pasó de buscar márgenes de maniobra, que lo llevaron a roces obviamente. Pero en ningún momento se tocaron seriamente los intereses de las grandes transnacionales que operan en Venezuela, ni se avanzó en el monopolio estatal del comercio exterior bajo control de los trabajadores, una medida elemental para cualquier política real de independencia nacional.

Incluso en los momentos de mayor confrontación verbal con Washington, el chavismo garantizó el pago de la deuda externa, respetó los acuerdos con las petroleras extranjeras y sostuvo un esquema económico dependiente de la exportación primaria. La estructura rentista no solo no fue superada, sino que se profundizó.

Cuando la correlación de fuerzas internacional cambió, con la caída de los precios del petróleo y el endurecimiento de las sanciones imperialistas, el proyecto mostró toda su fragilidad. Sin haber transformado las bases productivas del país ni empoderado a la clase trabajadora, el chavismo quedó desnudo frente al ataque del imperialismo.

Esta lógica no fue una excepción venezolana. Forma parte de una tradición latinoamericana de nacionalismos burgueses que, en los ciclos de bonanza exportadora, ensayan políticas de redistribución limitada para contener la lucha de clases, sin alterar las relaciones de propiedad. Chávez fue, quizás, el más "radical" en el discurso, pero no en los hechos. La llamada "revolución bolivariana" nunca fue socialista, ni mucho menos anticapitalista.

Si bien este artículo no se propone realizar un balance histórico y político del chavismo —desde el proyecto original de Chávez hasta el desastre actual—, sí apuntamos cuestiones centrales que hacen al resultado fatal de dicho proyecto político.

De Chávez a Maduro: del agotamiento a la catástrofe y de allí a la entrega

La llegada de Nicolás Maduro al poder marcó el pasaje del agotamiento del proyecto chavista a su franca descomposición. Sin el liderazgo carismático de Chávez y en medio de una catástrofe económica creciente, el gobierno optó por descargar el ajuste sobre las espaldas del pueblo trabajador.

La política de Maduro combinó tres elementos centrales: una brutal licuación salarial, la destrucción de los convenios colectivos y una creciente represión contra las luchas obreras y populares. Bajo el discurso de la "defensa de la patria", se criminalizó la protesta, se militarizaron empresas y se persiguió a activistas sindicales.

El resultado fue devastador. El que alguna vez fue un proletariado venezolano importante y relativamente organizado fue transformado en una clase desestructurada, empobrecida y empujada a la semiindigencia. Millones de trabajadores se vieron obligados a emigrar, mientras quienes permanecieron enfrentaron salarios de miseria, hiperinflación y colapso de los servicios públicos.

En los años 70 y 80, Venezuela contaba con un proletariado industrial concentrado. Lograron lo que la derecha tradicional no pudo: desarticular a la clase obrera, fragmentarla, precarizarla. A través de una política antiobrera sistemática, que combinó la cooptación de sindicatos con la creación de consejos de trabajadores vaciados de contenido, el gobierno de Maduro terminó de pulverizar las conquistas históricas.

Se desmantelaron contratos colectivos, se persiguió a disidentes obreros (como los de Sidor, de la electricidad, del petróleo), se usó la violencia parapolicial y judicial contra huelgas y protestas. Cuando llegaron las sanciones criminales del imperialismo, estas cayeron sobre una clase obrera ya debilitada. La hiperinflación, el desabastecimiento y la caída brutal del PIB convirtieron a los trabajadores en una masa semiindigente. En estas condiciones, el chavismo en el poder no preparó al pueblo para la resistencia; lo desmoralizó y lo redujo a la lucha por la supervivencia.

La bancarrota del chavismo no comienza con Maduro, pero bajo su gobierno alcanza una forma terminal: entreguismo económico, represión antiobrera y capitulación abierta frente a Estados Unidos. Con Delcy Rodríguez en la presidencia se llega administrando la entrega bajo un gobierno tutelado por Estados Unidos.

Sanciones imperialistas y responsabilidades del chavismo en el gobierno bajo Maduro

Las sanciones imperialistas de Estados Unidos agravaron brutalmente la crisis venezolana. Son un crimen contra el pueblo venezolano y así las combatimos sin ningún tipo de ambigüedad. Forman parte de una estrategia de disciplinamiento continental que busca dejar claro que ningún país puede salirse del libreto imperialista. Son un instrumento de dominación imperialista que busca disciplinar no solo a Venezuela, sino a toda América Latina.

Sin embargo, rechazar las sanciones no implica absolver al chavismo en el poder. Cuando llegaron las sanciones económicas, el gobierno de Maduro las usó de chivo expiatorio para ocultar su propia responsabilidad en el desastre y para justificar medidas de ajuste aún más brutales contra el pueblo trabajador, mientras la cúpula militar y política se enriquecía de las más múltiples maneras.

Lejos de enfrentar al imperialismo con medidas de fondo, el gobierno utilizó las sanciones como coartada para profundizar su política entreguista y antiobrera. Nunca se suspendió el pago de la deuda, nunca se expropió a las transnacionales, nunca se apeló a la movilización independiente de la clase trabajadora.

La impotencia demostrada ante la agresión militar del 3 de enero es la síntesis de esta política, un acto catastrófico. Un gobierno que se dice antiimperialista, pero que no toca ningún interés imperialista, está condenado a capitular. Ante la agresión militar estadounidense, la cúpula madurista mostró su verdadera cara: una casta cobarde que teme más a su propio pueblo armado que a los marines imperialistas.

Después de años de discursos beligerantes sobre la "guerra económica", el "círculo de hierro" y la "defensa de la patria", Maduro y su cúpula no movieron un dedo para organizar una resistencia popular, armada o masiva. Tampoco tomaron medidas contra los intereses económicos imperialistas que aún operan en Venezuela. Las empresas mixtas con capital extranjero en el petróleo (Chevron, ENI, Repsol, etc.) siguieron funcionando.

El chavismo en el poder demostró que es incapaz de defender la nación porque su propia supervivencia depende de los pactos secretos con sectores del capital global y de mantener el orden burgués interno. Prefieren una rendición negociada que mantenga sus privilegios de casta que un levantamiento que despierte las fuerzas dormidas de las masas, adormecidas por el propio chavismo, pasivizadas a más no poder con la cooptación primero y luego con su desestructuración.

Una perspectiva histórica: las burguesías "nacionales" y su cobardía ante el imperialismo

La bancarrota del chavismo administrando la entrega bajo el gobierno de Delcy Rodríguez se inscribe en una tendencia histórica más amplia. Estados Unidos busca disciplinar al continente latinoamericano. Frente a esta ofensiva, las burguesías nacionales han demostrado, una y otra vez, su incapacidad para ofrecer una resistencia consecuente. El chavismo no fue una anomalía histórica, sino una expresión tardía del viejo nacionalismo burgués latinoamericano.

La historia latinoamericana está llena de ejemplos: gobiernos que fueron bonapartistas suigéneris girados a izquierda en sus inicios, como Lázaro Cárdenas en México entregó pacíficamente el poder a los prófugos pro-estadounidenses; Getulio Vargas en Brasil, acorralado, optó por el suicidio; Juan Domingo Perón en Argentina, después de 18 años de exilio, regresó para frenar el ascenso obrero del Cordobazo y morir como un instrumento de la "paz social" que beneficiaba a los monopolios.

A partir de las derrotas de las revoluciones proletarias en el Cono Sur (Chile 1973, Uruguay 1973, Argentina 1976, precedidas por la de Brasil en 1964), las burguesías "nacionales" abandonaron cualquier pretensión de autonomía y se integraron completamente como socias menores del imperialismo. El chavismo, con su discurso radical, fue la última ilusión en esa vía muerta. Su bancarrota es la bancarrota de toda una estrategia política. El chavismo no escapó a esta lógica: la confirmó.

Las tareas inmediatas y la necesidad de una estrategia revolucionaria, de clase e internacionalista

La tarea inmediata que se plantea es derrotar el ataque y la política neocolonial imperialista de Estados Unidos con Donald Trump a la cabeza. Desde la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS) y nuestra organización internacional, la Corriente Revolución Permanente – Cuarta Internacional (CRP-CI) llamamos a la movilización activa y también a escala internacional, estamos por luchar junto a todos aquellos que quieran resistir a toda esta ofensiva imperialista.

Por eso nosotros hemos estado desde el primer momento movilizándonos con quien sea en todos los países donde tenemos fuerzas y llamamos a redoblar la lucha a nivel continental, le exigimos a las centrales sindicales, movimientos sociales y políticos, empezando por los que han repudiado el ataque, convocar a un Paro Continental de la clase trabajadora, como eje de una movilización internacional capaz de frenar la agresión imperialista, expulsar al imperialismo yanqui de Venezuela y abrir una perspectiva de lucha para toda América Latina. Porque ahora la atacada es Venezuela, pero Venezuela es la avanzada del disciplinamiento regional del imperialismo estadounidense.

Como afirmamos en nuestra segunda declaración internacional, levantamos nuestra voz de protesta más enérgica contra esta agresión imperialista. Si bien somos opositores por izquierda y antiimperialistas al gobierno venezolano, exigimos la libertad de Maduro y Flores porque no le reconocemos el más mínimo derecho al Estado imperialista norteamericano y su justicia para juzgarlo. Nos ubicamos sin ambigüedades en el campo militar contra el imperialismo yanqui, y llamamos a la movilización masiva de la clase trabajadora internacional y los pueblos del mundo para derrotarlo. Lo hacemos sin otorgar ningún apoyo político al gobierno de Maduro, hoy continuado con Delcy Rodríguez.

Desde el imperialismo estadounidense están forzando una transición pactada a punta de pistola, con todos los buques de guerra en las costas venezolanas. Todo esto se enfrenta liberando las fuerzas de las masas y no teniendo la ilusión de que se va a conciliar, arreglando o negociando con Trump, en realidad lo que están preparando es una vuelta total de la derecha.

Exigimos al actual gobierno venezolano libertad plena, anulación de las condenas y los juicios de los trabajadores presos y de los presos por protestar. Exigimos la liberación de cualquier trabajador, líder sindical o luchador social que se encuentre en cualquier cárcel, víctima de la andanada represiva del gobierno, que se ha ido profundizando en los últimos años hacia nuestra clase. Exigimos la derogación de las leyes que criminalizan las luchas.

El pueblo venezolano tiene el derecho inalienable de discutir su destino y el presente del país. Por eso exigimos plenas libertades para realizar asambleas en los lugares de trabajo, de estudio y en las comunidades, donde se pueda discutir sobre cómo enfrentar la agresión imperialista y sus pretensiones de someter la economía nacional, así como sobre el conjunto de los problemas que aquejan al pueblo venezolano. Plenos derechos de asambleas, organización y manifestación para el pueblo trabajador, las mujeres y la juventud.

Esta catástrofe, donde el chavismo en el poder llegó en este acto a administrar la entrega tras el ataque militar imperialista, lo que vino a demostrar una vez más que no hay salida progresiva dentro de los marcos del capitalismo dependiente latinoamericano ni de sus variantes nacionalistas. La capitulación de Maduro y entreguismo tutelado por Estados Unidos de parte de Delcy Rodríguez marca de manera fatal el resultado de las ilusiones reformistas. La tarea del momento es reconstruir la independencia política de la clase trabajadora venezolana, expulsar al imperialismo con métodos de movilización de masas y expropiar a la burguesía y a la boliburguesía para poner los recursos al servicio de las necesidades sociales.

El chavismo ha demostrado, en su último acto frente a la agresión imperialista, que su antiimperialismo era puro discurso. Su bancarrota histórica es la bancarrota de toda una estrategia de conciliación de clases. Para la clase trabajadora venezolana y latinoamericana, la lección es clara: no hay atajos nacionales dentro del capitalismo dependiente. La agresión imperialista contra Venezuela reactualiza una verdad fundamental: ningún país latinoamericano puede enfrentar en soledad al imperialismo. Las tareas pendientes —romper con la deuda externa, frenar el saqueo de los bienes naturales comunes, enfrentar el monocultivo sojero y la amenaza militar— son de carácter continental. Solo uniendo la potencia demográfica y productiva de Brasil, y pese a su retroceso, también de Argentina, con la enorme experiencia en la lucha de clases de Bolivia, Perú, Chile e incluso Uruguay, se puede plantear una salida real. Esta unidad no se puede realizar bajo la dirección de las burguesías nacionales, sino de la clase trabajadora organizada de manera independiente.

Desde nuestra organización trotskista, la Corriente Revolución Permanente – Cuarta Internacional (CRP-CI), sostenemos que la única salida progresiva para América Latina es la lucha por una Federación de Repúblicas Socialistas. Frente a la bancarrota del chavismo y de todos los proyectos nacionalistas burgueses, esta perspectiva no es una consigna abstracta, sino una necesidad histórica.

La caída política del chavismo no debe ser aprovechada por la derecha proimperialista, sino por la izquierda revolucionaria para sacar lecciones estratégicas. La tarea es reconstruir una alternativa socialista e internacionalista, capaz de transformar la derrota en punto de partida para nuevas luchas. Solo gobiernos de trabajadores, apoyados en organismos de democracia directa y en la movilización revolucionaria de las masas, pueden expropiar a las transnacionales, romper con el imperialismo y reorganizar la economía sobre nuevas bases.

La tarea es reconstruir una izquierda revolucionaria, internacionalista y clasista, que luche por la independencia política de la clase trabajadora y por un gobierno de los trabajadores mismos. La bancarrota del chavismo debe ser la última lección: el camino no es el nacionalismo burgués, sino la revolución socialista a escala internacional. La única salida es socialista, internacionalista y revolucionaria. Esa es la perspectiva que defendemos.

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