Elementos para el análisis del asalto a Venezuela y la violencia imperial

Sábado, 17/01/2026 12:39 PM

1. Hacia la medianoche del 2 de enero, al frente de un Estado militar que no obedece la Constitución de Estados Unidos y donde todo se decide por decreto ejecutivo, Donald Trump ordenó ejecutar una agresión militar unilateral e ilegal típica del terrorismo de Estado contra un Estado soberano. La acción, que combinó métodos propios de las operaciones encubiertas con los de las fuerzas especiales, tuvo un objetivo político central: el secuestro del presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, en violación del derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas.

2. Dirigida por un comando interagencial del Pentágono y la CIA, la operación fue diseñada para evadir los sistemas convencionales de defensa venezolanos, sembrar desconcierto y ejecutar el secuestro de un jefe de Estado en funciones (y de la primera dama, Cilia Flores, quien resultó herida). La operación inició con disparos de misiles contra la base aérea de La Carlota y el Fuerte Tiuna, corazón del poder militar, seguida de un apagón propio de la guerra electrónica moderna. No fue un bombardeo clásico, sino una operación combinada difícil de contener: misiles para desorganizar, guerra electrónica para cegar y fuerzas especiales para capturar y secuestrar a Maduro. Además de que la superioridad militar de EU frente a Venezuela es incontrastable, no existe un sistema antiaéreo capaz de impedir totalmente una operación de fuerzas especiales. A manera de ejemplos, valga contrastar que Rusia, con una de las redes antiaéreas más sofisticadas del planeta, no ha podido evitar asesinatos selectivos de mandos militares en Moscú; Irán, potencia militar regional, fue atacada con operaciones similares israelíes, e Israel, con la tecnología de su cúpula de Hierro, no pudo impedir la acción de comandos Hamás y las réplicas de Hezbolá e Irán.

3. El verdadero debate no es técnico-militar sino político. En términos tácticos, EU ejecutó una operación puntual. Si el objetivo era secuestrar al Presidente, lo logró. Pero si además el objetivo era producir un cambio de régimen e instalar un gobierno títere, EU fracasó estratégicamente. A partir de un avasallamiento tecnológico-militar de última generación y de la propaganda bélica de saturación emanada desde Washington, antes e inmediatamente después de la operación ("tenemos el control", "dirigimos una transición segura"), EU infligió una derrota táctica a la revolución bolivariana. Pero no logró un cambio de régimen ni de gobierno ni descabezar al Estado nacional. No hubo un vacío de poder. No hubo acefalía. La conducción política no se fragmentó. No hubo quiebre en la cadena de mando. La unidad político-partidista-militar-comunal-popular no se fracturó. No se registró un colapso institucional. No hubo imágenes de caos y anarquía, de violencia guarimbera. De parálisis. No salieron las masas pro-estadunidenses a festejar la victoria por la captura del "diabólico dictador". Tampoco hubo un enfrentamiento civil que pudiera ser utilizado como un arma por el agresor para justificar una "intervención humanitaria". Lo que ocurrió fue exactamente lo contrario. La realidad concreta desmiente el discurso triunfalista de Washington. La respuesta es evidente para quien observa la realidad más allá de las narrativas tóxicas de los medios hegemónicos y las plataformas digitales, con sus matrices de opinión fabricadas en los sótanos de la CIA. El Estado siguió funcionando. El Estado se sostuvo no sólo desde arriba, sino que encontró respaldo desde abajo. Del chavismo bravío protagónico y organizado. El gobierno adoptó decisiones estratégicas de inmediato, activó mecanismos de respuesta y mantuvo la conducción del país en uno de los momentos más complejos de la historia reciente. La presidenta temporal encargada, Delcy Rodríguez, transmitió un mensaje inequívoco: Venezuela no se rinde. Además, si como propaló después sin ambages la administración Trump, el otro objetivo principal era reordenar el control de la riqueza petrolera venezolana en beneficio de las corporaciones de EU, esa meta no ha sido lograda. Sin control territorial, sin gobierno cipayo y sin legitimidad, ese objetivo quedó bloqueado en la coyuntura.

4. Otra dimensión de la agresión imperialista es la guerra mediática y cognitiva. La llamada guerra de quinta generación. Una guerra psicológica, comunicacional, simbólica, que no se libra con misiles ni fuerzas especiales. Un tipo de guerra que no distingue entre militantes, académicos, trabajadores, periodistas o ciudadanos de a pie. Todos somos blanco y está dirigida a destruir la capacidad de pensar, interpretar y decidir de gobiernos considerados objetivos de la acción y de los pueblos que resisten la dominación imperial. La información como campo de batalla. Cada noticia, cada mensaje, cada retuit, cada conversación reproduce o resiste un relato. La narrativa de Washington trata de imponer sentidos, fabricar el consentimiento, desmoralizar y paralizar al adversario, normalizar la violencia del sistema, fragmentar la posibilidad de una respuesta ética colectiva, erosionar la solidaridad. Se trata de una estrategia deliberada de desinformación con grandes dosis de mentiras y medias verdades, que comenzó a operar desde la mañana misma del 3 de enero. Mientras se diseminaba el discurso tecnocrático de la invasión (dijeron: "Fuimos quirúrgicos", cuando en realidad se reporta un centenar de muertos, militares y civiles), como parte del A, B, C de la guerra psicológica comenzaron a jugar la carta de la división interna en una Venezuela todavía en estado de shock y pavor (Shock and Awe) por el artero ataque en la oscuridad de la madrugada. El imperio necesitaba sembrar confusión, duda, la fragmentación del enemigo. No se trataba de una mentira única: "Maduro jefe del Cártel de los Soles" como arma de disuasión masiva. A esa matriz de opinión, pronto desechada por Washington, le siguió una avalancha de versiones contradictorias del comunicador llave, Donald Trump, acompañada de filtraciones "noticiosas", rumores y análisis interesados de "expertos" en medios hegemónicos como el New York Times, el Washington Post, CNN, la agencia Reuters y un largo etcétera.

Para las mayorías pasó desapercibido, que como pocas veces antes, en su conferencia de prensa esa mañana, Trump leyó lo que dijo. Igual el secretario de Estado, Marco Rubio y el jefe de las fuerzas armadas, general Dan Caine. Los tres siguieron un libreto; no se podían salir del guion. La última carta de la CIA y el Pentágono es jugar a la división interna; introducir la duda sobre la supuesta traición de Delcy Rodríguez ("Estamos hablando con la vicepresidenta y la tenemos bajo control" fue la nueva matriz de opinión). Mientras el imperialismo necesita mentir para sostener su agresión, Venezuela requiere claridad política para defender su soberanía y su integridad como nación. Y esa claridad comienza por una decisión consciente: no dejar que el enemigo piense y determine los pasos del curso político del país. Quienes conocen al equipo dirigente del proceso bolivariano, no dudan de su lealtad al mismo. De allí que ahora, con una presidenta probada al mando y un pueblo movilizado, la derrota táctica podría convertirse en una victoria estratégica y moral en el marco de una nueva fase de la confrontación entre la agenda de reconquista hemisférica del Corolario Trump a la doctrina Monroe, plasmado en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025, por un lado, y el bolivarianismo, por otro.

5. Ante la emergencia de China, Rusia y la India como motores de una incipiente y defensiva multipolaridad en gestación, en resistencia a la unipolaridad de EU y alternativa al patrón ideológico del Occidente liberal-globalista, la Estrategia de Seguridad Nacional trumpista exhibe a EU como un Estado gansteril, mafioso, de corte neofascista en lo interno y a nivel internacional, que ya no concibe la soberanía como un derecho inalienable, fundado en la autodeterminación de cada Estado nación, sino como una capacidad operativa: es una atribución jerárquica y extensiva del propio poder estadunidense sobre los demás países de las Américas. Por eso, con su típica desfachatez egocéntrica, Trump se autoerige en "presidente interino" de Venezuela.

En esa lógica, el continente americano es presentado como un espacio de jurisdicción estratégica ampliada, una zona de control expansivo, cuyas estabilidad, orientación política y arquitectura normativa deben estar alineadas con los intereses estratégicos de EU, que no es un Estado más dentro del sistema, sino un supra-Estado investido con la facultad de ordenar, supervisar y corregir mediante la fuerza bruta el comportamiento del resto de las unidades políticas regionales. En este marco, la soberanía deviene asimétrica y condicionada: EU se adjudica para sí la condición de único sujeto soberano pleno, mientras que las demás naciones del continente son tratadas como soberanías subordinadas y dependientes. Una reinterpretación que busca estructurar un orden vertical de corte feudal, neoextractivista, en el que el derecho a existir de cada Estado vasallo está mediado por su grado de lealtad y sumisión al hegemón. Así, toda tentativa de autonomía, ya sea por proyectos nacionales de desarrollo, diversificación geopolítica o cooperación con potencias o países extrahemisféricos (como China, Rusia o Irán, que pueden ofrecer opciones de financiamiento, infraestructura o inversión más atractivas), es recodificada como una amenaza que habilita mecanismos de presión, disciplinamiento punitivo o intervención directa o indirecta, como en el caso de Venezuela. En suma, la lealtad hemisférica deberá demostrarse aislando a China y Rusia.

6. Ante un cambio de época civilizatorio debido al agotamiento del modelo de dominación occidental, el brutal asalto militar a Venezuela exhibe que el mundo está entrando en una peligrosa fase de reequilibrio forzado del poder. Ante el declive de la hegemonía de EU, no asistimos a una transición pacífica sino a un conflicto híbrido y asimétrico entre potencias, donde Washington intenta conservar su supremacía recurriendo cada vez más a la fuerza, la coerción y la guerra abierta o encubierta. Cuando la hegemonía se erosiona, el imperio deja de persuadir y construir consenso, y recurre a la violencia extrema. El poder duro sustituye al poder blando. La agresión a Venezuela, sin declaración de guerra, expresa esa mutación. País con enormes recursos petroleros y de minerales estratégicos, y con un proyecto político que desafía la subordinación histórica en la subregión, Venezuela es en la coyuntura un nodo geopolítico donde se cruzan intereses energéticos, militares y simbólicos. De allí que el ataque a Venezuela no sea una anomalía: es una respuesta desesperada al paulatino pero pertinaz desplazamiento del eje del poder mundial en uno de los momentos más volátiles del sistema internacional, y cuando las cadenas de valor global están dando paso a una división del trabajo regionalizada geopolíticamente. Como dice Álvaro García Linera, "adiós globalización; bienvenida la fragmentación geoeconómica".

En el nuevo orden salvaje al que asistimos, la nueva regla es que no existen reglas. La única barrera que se imponen entre sí las potencias es la que emerge de los límites de sus recursos y poder (económico y militar). En función de eso miden realistamente sus esferas de control e influencia. El que esta inflexión del orden preexistente tome formas violentas y depredadoras carentes de narrativas legitimadoras, puede ser visto como el síntoma del crepúsculo de un régimen de dominación. Pero también, esa brutalidad simple y pura, desembozada, sin hipocresía, es un síntoma del tormentoso nacimiento del orden nuevo; la violencia como recurrente "partera" de la historia.

7. El "método Venezuela" está en consonancia con el enfoque "los negocios primero" de Trump. Todas las máscaras han caído. El magnate abandonó toda ficción: EU está en crisis de deuda y desea apoderarse del petróleo venezolano. Para su régimen necropolítico, cleptocrático y nihilista la única variable que importa es la sumisión. Por eso amenaza directamente a Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello y otros dirigentes del proceso bolivariano. ‘Si usted o alguno de sus ministros no siguen este plan, recibirán el "trato Maduro" o peor’, es el mensaje. Desde esta clave, Venezuela ocupa un lugar singular: es una frontera civilizatoria. No porque proponga un modelo acabado, sino porque resiste. Como dice Sergio Rodríguez Gelfenstein, resistir, en este momento histórico, es ya una forma de proponer otro mundo posible. No perfecto, no terminado, pero distinto al orden basado en la depredación y la guerra infinita.

Delcy Rodríguez sabe que la soberanía no se delega. Y en este momento crítico, ha decidido gobernar con prudencia y paciencia estratégica frente al chantaje permanente del imperio. Ha repetido que en este momento de resistencia, sus prioridades son rescatar a los rehenes Nicolás Maduro y Cilia Flores y preservar el poder político y la cohesión y la unidad del proceso revolucionario. Dijo que la gran victoria del enemigo sería la división. En ese contexto, la defensa de la soberanía venezolana se transforma en una defensa del derecho de los pueblos a existir fuera del mandato imperial. El cambio civilizatorio no se define solo en el plano material. Se define en la conciencia de los pueblos. Resistir, pensar críticamente y organizarse es abrir grietas en ese orden decadente. Por eso Rodríguez Gelfenstein insiste en la importancia de la batalla ideológica y cultural: sin conciencia, no hay transición posible. Y eso vale también para México y los otros países de la región.

En estas horas aciagas, vaya todo mi acompañamiento fraterno y solidario con Cilia Flores, Nicolás Maduro y el pueblo y la dirigencia del proceso bolivariano en resistencia.

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