La madrugada del sábado 3 de enero de 2026 quedará marcada en los anales de la historia contemporánea no como una gesta de "superioridad militar" técnica, sino como el desenlace quirúrgico de una operación de inteligencia donde la asimetría tecnológica se combinó con el factor más antiguo y letal de la guerra: la traición interna.
Desde la perspectiva del Derecho Internacional Público, lo ocurrido no es solo una violación flagrante a la soberanía nacional, sino un caso de estudio sobre cómo el imperialismo moderno ha evolucionado sus tácticas para lograr el "cambio de régimen" en otros países.
La pregunta que resuena en los cuarteles y academias de estrategia militar es: ¿Cómo fue posible vulnerar los anillos de seguridad de la pareja presidencial de forma tan expedita?
Expertos en cultura bélica señalan que la operación no comenzó con botas sobre el terreno, sino en el espectro electromagnético. No se trató de un bombardeo masivo, sino de un uso quirúrgico de armamento de energía dirigida y ciberataques de día cero.
Los sistemas de Comando, Control, Comunicaciones, Computación e Inteligencia venezolanos fueron "cegados" mediante interferencias de alta precisión que permitieron la infiltración de vectores aéreos no tripulados (drones furtivos de baja observabilidad).
Invisibilidad táctica: La superioridad militar estadounidense no residió en la fuerza bruta, sino en la capacidad de crear un vacío informativo donde la respuesta defensiva fue nula antes de que el primer efectivo tocara suelo.
Ninguna tecnología, por avanzada que sea, puede penetrar los niveles de seguridad de una estructura presidencial sin complicidad interna. La "facilidad" del traslado sugiere una erosión previa de la lealtad en mandos medios y altos con acceso a las coordenadas de tiempo real y protocolos de evacuación.
Venta de la soberanía: Estamos ante una operación de "inteligencia humana" (HUMINT) donde posiblemente se compraron voluntades claves. El imperialismo no invade donde no tiene posibilidad; la traición (se sospecha) de elementos dentro del aparato de seguridad permitió que los protocolos de "alerta máxima" fueran saboteados desde dentro.
Colapso de la cadena de mando: La falta de resistencia armada inmediata indica que las órdenes de defensa fueron interceptadas o se presume que nunca fueron emitidas por oficiales que ya habían pactado con el agresor.
Bajo la óptica del Derecho Internacional, este acto se disfraza de "operación policial internacional", pero en realidad es una agresión unilateral. Se evitó el combate a gran escala para minimizar el costo político y evitar una respuesta popular inmediata, optando por una "extracción limpia" que despoja al Estado de su representación legítima en cuestión de minutos.
Lo que pasó el 3 de enero no fue una derrota del pueblo venezolano, sino una demostración de cómo el poder imperial utiliza la vanguardia tecnológica para explotar las grietas morales de los hombres. La soberanía nacional no solo se defiende con fusiles, sino con una contrainteligencia feroz y una lealtad institucional a prueba de dólares.