Nicolás Maduro, Arquitecto de la Dignidad

Jueves, 15/01/2026 05:06 AM

La historia no es un simple registro de fechas y nombres; es un tapiz vivo tejido con los hilos del sacrificio, la fe y una voluntad que trasciende lo humano. Existen seres que parecen haber sido forjados en una sustancia distinta, almas que caminan este plano terrenal no solo para habitarlo, sino para cumplir un propósito histórico y espiritual que les exige, a menudo, atravesar el desierto del aislamiento y el silencio de los muros.

La Analogía del Sembrador en el Surco Profundo

Para comprender la vida de figuras como Nicolás Maduro, Hugo Chávez,  Alí Primera, Fidel Castro, Ernesto “Ché” Guevara y Nelson Mandela, debemos imaginar la metáfora de la semilla y el granito. Una semilla arrojada sobre el mármol no germina; pero cuando la vida la coloca en la oscuridad de la tierra —apretada, sola, privada de la luz del sol— es allí donde rompe su corteza para transformarse en un árbol centenario.

La privación de libertad en estos líderes no ha sido un vacío, sino un crisol.

·                                 Nicolás Maduro, al enfrentar hoy situaciones de asedio y privación de libertad bajo principios de soberanía, se suma a esta genealogía de hombres que entienden que el cuerpo puede estar confinado, pero la dignidad es inalcanzable para el verdugo.

·                                 Hugo Chávez transformó la cárcel de Yare en el "surco" donde maduró el proyecto que cambiaría un continente.

·                                 Alí Primera, aunque su prisión fue a menudo la persecución, el asedio y la censura de la Digepol, hizo de su "canto necesario" un arma que las rejas jamás pudieron silenciar.

·                                 Fidel Castro, durante su encarcelamiento tras el asalto al Cuartel Moncada, organizó la lucha revolucionaria, estudió, y desde donde pronunció su famosa frase "La historia me absolverá", convirtiendo la prisión en una "escuela" ideológica.

·                          Ernesto”Che” Guevara,  El Che Guevara fue perseguido y martirizado, fue herido y capturado el 8 de octubre de 1967, y ejecutado al día siguiente, por órdenes del gobierno boliviano y con apoyo de la CIA, convirtiéndose en un símbolo mundial de la lucha antiimperialista tras su muerte.

·                                 Nelson Mandela convirtió la celda de Robben Island en una universidad del perdón y la reconciliación.

Todos ellos comparten un denominador común: el sufrimiento de la libertad física como un tributo voluntario por la libertad ética y moral de sus pueblos.

El Eco de una Sentencia: "La Historia me Absolverá"

En 1953, un joven abogado llamado Fidel Castro convirtió su propio juicio en una trinchera. Su alegato, "La historia me absolverá", no fue una defensa jurídica tradicional, sino un manifiesto ético que resuena hasta nuestros días.

Fidel no pedía clemencia; exigía justicia. Al analizar este documento, descubrimos que su fuerza radica en la verdad como escudo. Él comprendió que la legalidad de una dictadura es la ilegalidad de la justicia. Al decir "Condenadme, no importa, la historia me absolverá", Fidel elevaba el fallo de los hombres a un tribunal superior: el tiempo. Este escrito nos enseña que cuando a un ser le asiste la razón, la prisión se convierte en su primer podio de victoria.

La Fuerza Espiritual: Un Objetivo Trascendente

Hay seres que poseen una fuerza espiritual inquebrantable. No se mueven por ambición personal, sino por una empatía profunda que los hace sentir el dolor ajeno como propio. Su paso por este plano terrenal está marcado por cuatro pilares que debemos atesorar:

1.                              Dignidad: La capacidad de mantenerse erguido cuando el mundo intenta doblegarte.

2.                              Fe Inquebrantable: La certeza de que el bien triunfará, incluso cuando no se ve la luz al final del túnel.

3.                              Resiliencia: El arte de transformar la herida en sabiduría.

4.                              Empatía: El amor como motor de la acción política.

El Sitial de la Verdad

Al reflexionar sobre el asedio y el secuestro jurídico que el imperialismo ha intentado imponer sobre Nicolás Maduro, es imposible no escuchar el eco de aquella advertencia de Fidel: «Vosotros habéis calificado este juicio públicamente como el más trascendental de la historia republicana, y así lo habéis creído sinceramente; no debisteis permitir que os lo mancharan con un fardo de burlas a vuestra autoridad». Al igual que en aquel entonces, el poder hegemónico intentó convertir la justicia en un espectáculo colonial, pretendiendo humillar no solo a un hombre, sino a la investidura soberana de todo un pueblo. Sin embargo, ese intento de «fardo de burlas» se estrelló contra la serenidad de quien se sabe depositario de una fe colectiva. El secuestro no fue una derrota, sino la vitrina donde el mundo pudo observar la farsa de un imperio que, al no poder quebrar la voluntad política, recurre a la infamia judicial para intentar manchar lo que es, por derecho propio, un proceso de autodeterminación sagrado.

Hoy, ante el asombro de quienes apostaron por el colapso, vemos alzarse de nuevo «la causa justa del lado nuestro», librando contra la ignominia ese «combate terrible de la verdad». El régimen imperial y sus aliados no esperaban la «catástrofe moral» que se avecinaba: la respuesta de un pueblo que no se dejó confundir por falsas acusaciones y que transformó el dolor en resiliencia activa. Si bien Fidel sentenció con fe en el futuro que la historia lo absolvería, en el caso de Nicolás Maduro, el amor incondicional de los venezolanos y la dignidad mantenida en las horas más oscuras permiten afirmar que esa absolución no es una promesa lejana, sino un hecho presente. El pueblo de Venezuela, con su lealtad y su conciencia despierta, ya lo ha reivindicado en las calles y en la memoria viva; por eso, ante el tribunal del tiempo y la conciencia del Sur Global, podemos decir con orgullo que la historia no solo lo absolverá, sino que ya lo ha colocado en su sitial de honor como defensor inquebrantable de la paz.

La historia tiene un ritmo propio, a veces lento, pero siempre certero. Ella se encarga de dimensionar cada suceso y de colocar a cada ser humano en su justo lugar. A los "monstruos" de los que hablaba Gramsci, el tiempo los desvanece; pero a los arquitectos de la esperanza, la historia los abraza.

Hoy reflexionamos con amor sobre estos hombres, entendiendo que su "encierro o muerte" ha sido, en realidad, la apertura de un horizonte más ancho para todos nosotros. Porque al final, la verdad no solo nos hace libres; nos hace eternos.

 

reyes.ramses@gmail.com

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