"Teoría del Loco": De Richard Nixon a Donald Trump

Martes, 13/01/2026 05:27 AM

"Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo que puede detenerme…No necesito el derecho internacional. No busco hacerle daño a nadie", Donald Trump

Permítanme elucubrar brevemente antes de abordar el tema que motiva este artículo, mediante el uso de un refrán popular de raíces españolas: "Hay locos que locos son, hay locos que locos no son, y hay locos que vuelven locos a los que locos no son". Esa copla describe perfectamente cómo la aparente irracionalidad ajena puede resultar contagiosa y profundamente desestabilizadora para cualquier observador externo.

El juego de palabras del referido refrán de alguna manera se asemeja a la denominada "Teoría del Loco", una estrategia cuya paternidad se atribuye formalmente al expresidente de Estados Unidos, Richard Nixon, quien durante las complejas negociaciones de paz durante la guerra de Vietnam, dispuso propalar la especie que buscaba convencer deliberadamente a sus oponentes en la mesa de dialogo de que el jefe de la Casa Blanca era una persona impulsiva, capaz de decisiones autodestructivas.

Con esa táctica de negociación proyectaba la imagen de un líder inestable que evitaba actuar bajo la lógica predecible de la diplomacia tradicional para generar una ventaja psicológica, y de ese modo muchos expertos en geopolítica entienden que Nixon inauguró una era donde el caos y la incertidumbre comenzaron a utilizarse como una política de Estado fríamente planificada desde la academia para forzar concesiones del bando contrario.

En la actualmente diversos expertos sostienen que el presidente Donald Trump ha rescatado este legado estratégico de Nixon al actuar bajo una lógica impredecible que busca proyectar inestabilidad permanente, logrando que el competidor decida retirarse por miedo a una catástrofe mayor, o acepte condiciones desfavorables, pues al fingir locura el negociador consigue que sus amenazas descabelladas sean tomadas con seriedad absoluta.

En su libro titulado "Líderes", el fenecido mandatario estadounidense recrea su experiencia particular con grandes figuras mundiales, con quienes tuvo la oportunidad de intercambiar en diferentes circunstancias, y formales e informales: "El paso de los grandes líderes son como los truenos que hacen retumbar la historia… que a lo largo de los siglos, desde los antiguos griegos hasta hoy, pasando por Shakespeare, poco temas han resultado tan fascinante para dramaturgos e historiadores como la personalidad de los grandes líderes".

El caos como herramienta de negociación

Durante su segundo mandato, esta doctrina ha mutado en una forma de presión extrema donde Trump utiliza amenazas disruptivas como aranceles a China, México y Canadá o la insólita propuesta de anexión de Groenlandia, buscando que naciones soberanas cedan ante sus intereses comerciales para evitar un aislamiento total, validando así su propia moralidad por encima de cualquier tratado o normativa del derecho internacional. "Mi propia moralidad. "Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo que puede detenerme…No necesito el derecho internacional. No busco hacerle daño a nadie", proclamó Donald Trump en días recientes.

Esa conducta errática se manifiesta claramente en su relación con Colombia, donde pasó de retirar visas y lanzar acusaciones de narcotráfico al presidente Gustavo, a formular una invitar a la Casa Blanca tras una conversación telefónica de casi una hora, demostrando que su estrategia busca descolocar a su interlocutor para forzar una obediencia absoluta basada en la confusión, y provocar un estado de alerta constante y agotamiento diplomático.

Simultáneamente, el líder republicano ha ejecutado maniobras contradictorias como el indulto al expresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, condenado por la justicia norteamericana a 45 años de prisión por narcotráfico, mientras ordena un despliegue militar sin precedentes en el Caribe bajo el pretexto de combatir el narcoterrorismo, lo que refuerza esa imagen de un líder cuyas acciones no responden a una lógica predecible sino a conveniencias tácticas que solo él comprende totalmente.

Resulta igualmente revelador observar cómo sus agresivas bravuconadas contra la República Popular China, marcadas por amenazas de aranceles totales y bloqueos tecnológicos, terminaron diluyéndose ante la realidad de una interdependencia económica ineludible, que lo obligaron a pactar concesiones que lo sitúan simbólicamente a los pies de Pekin, evidenciando que incluso la Teoría del Loco tiene sus límites frente al músculo financiero y productivo del gigante asiático.

El "Sincericidio" y la realidad venezolana

En el caso de Venezuela, el reciente "sincericidio" de Trump ha desmontado años de retórica humanitaria al admitir abiertamente que su único interés es el control del petróleo, una confesión que deja al desnudo la estructura de una agresión extractivito que ya no siente la necesidad de ocultar su esencia ante la comunidad internacional, invalidando así los mitos mediáticos construidos por la burocracia de Washington.

Esta honestidad brutal ha provocado un colapso en la narrativa judicial, especialmente cuando Trump reconoce implícitamente la investidura de Nicolás Maduro al citarlo como "Presidente" en despachos oficiales, lo que otorga a la defensa del mandatario venezolano un recurso legal poderoso bajo la tesis del prisionero de guerra, complicando severamente las aspiraciones del Departamento de Justicia en un escenario de secuestro político.

Asimismo, al descalificar públicamente a figuras de la oposición como María Corina Machado, el mandatario estadounidense ha propinado un golpe mortal a la credibilidad de sus antiguos aliados al dejarlos en una orfandad política absoluta, confirmando que Washington prefiere negociar directamente con quienes ostentan el poder real antes que mantener una estructura de desinformación que ya no rinde los frutos esperados. Al reconocer que Machado es irrelevante para los fines estratégicos de su administración, Trump admite que la estructura del chavismo mantiene una cohesión que la mediática internacional intentó ocultar mediante campañas de desinformación que hoy caen por su propio peso.

El fin de la lógica tradicional

El impacto de este comportamiento demuestra que la "Teoría del Loco" en manos de Trump es un sistema de poder que desprecia la continuidad y busca resultados inmediatos mediante la ruptura de consensos, dejando claro que el reconocimiento del poder fáctico es innegable, incluso para aquellos que intentaron destruirlo, cerrando así una era de diplomacia clásica para dar paso a una hegemonía basada en la sorpresa.

Esta metamorfosis del ejercicio del poder confirma que la previsibilidad ha muerto como valor diplomático, pues al priorizar el impacto mediático sobre la coherencia institucional, el mandatario logra que sus interlocutores operen bajo un estado de indefensión estratégica, consolidando así un modelo de gobernanza donde la única constante es el cambio brusco y la validación de una autoridad que no reconoce límites externos.

 

rramendez@hotmail.com

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