Los estertores del imperio americano

Sábado, 10/01/2026 06:41 AM

Lo que ha hecho el emperador payaso estadounidense es poner fecha —no al fin inmediato, pero sí al comienzo visible— de la decadencia de la nación americana. Descaradamente se propone adueñarse o controlar todo lo que queda de América del Norte —¿también Canadá?— y de América del Sur. La idea, propia de un demente además de payaso, está fuera del alcance de cualquier político, salvo que previamente se apodere también de su propia nación mediante un golpe de fuerza interno, explícito o larvado.

Porque, dados los rasgos del payaso americano, dado su empeño obsesivo en concitar en su persona todo el protagonismo del mundo, y dados sus delirantes cálculos sobre la energía ya gastada y la que aún pretende gastar su nación —principalmente en sus ejércitos—, lo que puede conseguir no es la restauración del imperio, sino su caída anticipada.

El Imperio romano, que duró aproximadamente quinientos años, no se desplomó de un día para otro ni por una sola causa. Fue una constelación de concausas. Pero una de las principales —quizá la decisiva— fue el vaciamiento de las arcas públicas, que acabó impidiendo pagar a las legiones y a las levas mercenarias. El Imperio romano de Occidente no cayó cuando dejó de tener emperadores, sino cuando dejó de poder pagar a sus soldados. No lo digo yo. De una u otra manera lo sostienen historiadores de prestigio fuera de toda duda, como Pirenne, Heather o Ward-Perkins.

Para Pirenne, los reinos germánicos no destruyen Roma: se integran en su marco fiscal, gobiernan "a la romana", cobran impuestos, mantienen tropas pagadas. El sistema se deshace cuando deja de circular moneda, cuando el Estado ya no recauda, cuando el poder se territorializa y la guerra deja de pagarse con salarios para pagarse con tierras. Ese paso del soldado asalariado al guerrero sostenido por feudos —ese trueque de dinero por suelo— es el fin real del Imperio.

En el caso del imperio actual, una quiebra financiera —que en cualquier momento puede producirse— puede generar un efecto análogo. Sostener a las legiones romanas fue titánico; sostener la colosal estructura de poder armado estadounidense, desplegada en múltiples teatros, direcciones y continentes, dentro y fuera de la nación, lo es infinitamente más. Por más que se proclame la superioridad bélica y mercantil de Estados Unidos, es vaticinable su caída; una caída, además, empujada por el odio de buena parte del planeta, que habrá de contribuir a ese desplome.

Trump, sin pronunciar la célebre frase atribuida a Calígula —oderint dum metuant, que me odien con tal de que me teman—, la practica. Pero aquellos tiempos no eran propicios para esa taumaturgia negativa, la del odio como cemento del poder. Y los actuales lo son aún menos.

Porque, además, el imperio estadounidense no ha hecho en el mundo más que bombardear y destruir. El Imperio romano, con toda su violencia y su dominio, hizo también lo contrario: civilizó amplias zonas de Europa y Asia, organizó territorios, levantó ciudades, caminos, acueductos, obras que aún perduran. El americano deja ruinas, desorden y resentimiento; no formas duraderas.

Por eso, la caída con estrépito del imperio estadounidense —o la guerra total— es lo que, tarde o temprano, espera al mundo.

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