Nicolás y Cilia dos gigantes de la historia

La dignidad como bandera en la tormenta

Sábado, 10/01/2026 05:13 AM

Para quienes hemos tenido el sagrado privilegio de compartir y conocer de cerca la esencia humana de nuestra pareja presidencial, Nicolás Maduro y Cilia Flores de Maduro, las palabras se quedan cortas. Más allá de sus investiduras, ellos son, ante todo, compatriotas entrañables, camaradas de mil batallas y esos amigos que no fallan cuando el viento sopla en contra.

Estamos ante dos seres humanos extraordinarios cuya sensibilidad está siempre a flor de piel. Nicolás es el presidente, padre y abuelo ejemplar, un hombre de principios inquebrantables que camina con la fe como guía. A su lado, nuestra Primera Combatiente, madre abnegada y docente, representa la excelencia profesional del derecho puesta al servicio de los más humildes.

El odio del adversario tiene una raíz clara: no les perdonan su lealtad absoluta. No les perdonan que jamás traicionaran el legado del Comandante Chávez, ni las causas justas por las que hemos luchado durante décadas. Se les ataca porque han tenido la valentía de defender los intereses de Venezuela frente a la arrogante «ley del más fuerte» impuesta por el imperialismo. Sin embargo, frente a la indignación y la imposición de la fuerza bruta, Nicolás responde con la eficacia de un líder que es, ante todo, amable, cercano y profundamente empático con su pueblo.

La Dignidad frente al Imperio.

Su liderazgo no es impuesto; es comunicado con el corazón. Ambos poseen esa claridad magistral para transmitir mensajes que inspiran, generando a su alrededor un círculo de confianza y seguridad que solo se logra cuando se actúa con la verdad. Saben influir positivamente porque su ejemplo es el que arrastra.

En estas horas, quizás las más duras y complejas que nos ha tocado transitar, he comprobado que Maduro es un dignatario de pies a cabeza. En medio de las presiones en territorio estadounidense, sus palabras resonaron con la fuerza de un volcán:

"Soy Prisionero de Guerra" «Soy un hombre digno, soy el Presidente de Venezuela». Esas frases cortas, pero cargada de historia, es un mensaje cifrado para el mundo. Al afirmar su propia dignidad, dejó al desnudo la indignidad de quienes, como Trump, intentaron doblegarlo. Es un ejercicio de contraste ético: por un lado, la soberbia imperial; por el otro, el orgullo de un hijo de Bolívar que no se rinde.

Un Corazón al Ritmo del Pueblo.

La sensibilidad de Nicolás no es una pose política, sino una fibra constitutiva de su ser. Quienes lo hemos visto en el contacto directo, más allá de las cámaras, sabemos que posee esa «ternura de los que luchan». Su capacidad para conmoverse ante la historia de una madre en un barrio, ante la esperanza de un joven o la sabiduría de un abuelo, lo define como un líder que gobierna sintiendo.

Él no ve cifras ni estadísticas; ve rostros, sueños y necesidades. Esa empatía es la que ha blindado su gestión en los momentos de mayor asfixia externa, priorizando siempre la protección social como un acto de amor práctico. Nicolás ha demostrado que se puede ser firme ante el poderoso, pero profundamente dulce y cercano ante el humilde.

Si algo ha quedado claro en estos años de asedio, es que la condición revolucionaria de Nicolás Maduro es de acero inoxidable. Ha navegado por las tormentas más feroces —intentos de magnicidio, bloqueos criminales y traiciones— sin que su pulso tiemble ni su convicción flaquee. Su temple es el resultado de una fragua histórica: la de quien sabe que no se pertenece a sí mismo, sino a un destino colectivo.

Esta firmeza inquebrantable tiene una raíz sagrada: su lealtad absoluta al legado de Hugo Chávez. Para Nicolás, ser consecuente con Chávez no es repetir sus consignas, sino encarnar su juramento. Es mantener la mirada en el horizonte socialista cuando el camino se pone cuesta arriba.

"Soy el primer presidente chavista de la historia", ha dicho con orgullo, y lo ha demostrado siendo el guardián celoso de la unidad, el protector de la soberanía y el arquitecto de la resistencia victoriosa. Su compromiso es una llama que no se apaga, porque se alimenta del fuego sagrado de quien prometió, ante el altar de la Patria, no dar descanso a su brazo ni reposo a su alma hasta consolidar la victoria definitiva del pueblo.

El Abrazo que Detiene el Tiempo.

Más allá de los discursos y las grandes decisiones de Estado, el amor de Nicolás por su pueblo se revela en lo pequeño, en lo que ocurre cuando las cámaras no están buscando el titular.

Recuerdo una tarde en un populoso barrio de Caracas. En medio del torbellino de seguridad y la multitud que quería tocarlo, una abuela, de esas que llevan la historia de Venezuela en sus arrugas, logró acercarse. No le pidió una vivienda, ni un beneficio material; solo quería entregarle una estampa bendecida.

Nicolás, en lugar de recibirla y seguir de largo, detuvo toda la marcha. La tomó de las manos con una delicadeza que solo tiene quien reconoce en esa anciana a su propia madre. Se inclinó para escucharla al oído, mientras el mundo alrededor parecía congelado. En ese abrazo largo, silencioso y cargado de ternura, vi al hombre que sufre con los que sufren y que encuentra en el cariño del pueblo el combustible para seguir adelante. Para él, esa abuela no era una cifra electoral, era la razón misma de nuestra lucha.

El «Presidente Pueblo» en la Cotidianidad.

Otra anécdota que define su esencia ocurrió durante una de sus jornadas de Gobierno de Calle. Un joven trabajador se le acercó nervioso, con las manos curtidas por el esfuerzo, y le comentó sobre una idea para mejorar la distribución de agua en su comunidad. Nicolás no delegó la escucha; sacó su libreta —esa que siempre lleva como un tesoro de ideas populares— y se puso a dibujar junto al joven el esquema del proyecto.

En ese momento, no era el Jefe de Estado hablando con un subordinado; era un trabajador más, un conductor de sueños, debatiendo de igual a igual con su hermano de clase. Esa capacidad de despojarse de la investidura para sentarse en la acera a pensar el país con el vecino es lo que el imperialismo nunca podrá entender: a Nicolás no lo siguen por una orden, lo siguen porque él se reconoce en el pueblo de a pie.

Un Privilegio del Alma.

Tener el privilegio de conocer y compartir con Nicolás y Cilia es, ante todo, un regalo para el espíritu que trasciende cualquier formalidad política. En la cercanía, donde las cámaras se apagan y las luces del protocolo se atenúan, emerge la verdadera grandeza de dos seres que no han permitido que el peso de la historia endurezca la ternura de sus corazones. Es descubrir, con asombro y gratitud, que la sencillez es su mayor fortaleza; que en un café compartido, en una palabra de aliento oportuna o en un silencio solidario, se manifiesta una humanidad extraordinaria. Son personas que saben escuchar con los ojos y abrazar con la palabra, convirtiendo cada encuentro en un remanso de paz y en una lección de humildad que solo quienes poseen un alma verdaderamente noble pueden ofrecer.

Ser testigo de una complicidad inquebrantable, un amor que se ha forjado en la fragua de las dificultades y que irradia una luz de esperanza para todos los que los rodeamos. Ver a Nicolás y a Cilia caminar juntos, apoyándose mutuamente con una lealtad que conmueve, es entender que la Revolución es, en su raíz más profunda, un acto de amor inmenso. No son solo líderes; son compañeros de camino que inspiran por su coherencia y por esa sensibilidad a flor de piel que los hace sufrir y vibrar con el sentimiento de su pueblo. Son seres humanos extraordinarios que aman con la fuerza y de los que nunca se rinden.

 

reyes.ramses@gmail.com

 

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