Las granjas de bots y el ruido de los Therian deciden qué debe indignarnos

Jueves, 19/02/2026 05:24 AM

En tiempos donde los pueblos enfrentan crisis estructurales a nivel mundial, precarización laboral, pérdida de derechos sociales, concentración de riqueza y retrocesos democráticos, resulta, cuando menos, llamativo que la agenda pública esté copada por debates insustanciales amplificados artificialmente por los algoritmos de las redes sociales. De pronto, pequeñas comunidades auto denominadas “Therian” ocupan titulares, tendencias y horas de discusión digital en todo el mundo, mientras asuntos esenciales quedan relegados al silencio.
 
No se trata de cuestionar la existencia de minorías ni de negar la diversidad de expresiones individuales. Desde la perspectiva de derechos humanos, toda persona merece respeto y dignidad; sin embargo, el problema no radica en que existan grupos con identidades particulares, sino en cómo la maquinaria comunicacional convierte fenómenos estadísticamente reducidos en ejes centrales del debate desde los regional, nacional pasando a lo internacional desplazando conflictos sociales de enorme trascendencia.
 
El caso de Javier Milei en Argentina es ilustrativo. Mientras se implementan reformas que reconfiguran profundamente las relaciones laborales, debilitando garantías históricas del trabajador y ampliando el margen de acumulación del capital sobre la fuerza de trabajo, el debate digital parece más concentrado en polémicas identitarias que en el desmantelamiento progresivo de derechos laborales. La discusión sobre derechos laborales reivindicativos, negociación colectiva o estabilidad en el empleo queda opacada por tendencias virales cuidadosamente empujadas.
 
Aquí entra en juego el algoritmo. Las redes sociales no son plazas públicas neutrales; son arquitecturas diseñadas para maximizar interacción, polarización y permanencia. Los temas que generan morbo, sorpresa o burla escalan con rapidez. Y cuando a esa dinámica orgánica se le suman granjas de bots, estructuras automatizadas que replican, comentan y posicionan contenidos de manera artificial, el resultado es una distorsión deliberada de la conversación pública.
 
El efecto es político. Invisibilizar los conflictos socioeconómicos de manera global no requiere censura directa; basta con saturar el espacio informativo con discusiones laterales. El trabajador precarizado deja de ser tendencia. El salario real deja de ser viral. La concentración de riqueza no compite con el espectáculo. El algoritmo de las RRSS, entonces, actúa como un filtro ideológico encubierto: premia lo superficial y entierra lo estructural.
 
Esto realmente no es casualidad. La disputa contemporánea a nivel internacional por el poder no se libra únicamente en parlamentos o tribunales, sino en el terreno simbólico. Controlar qué se discute es, en gran medida, controlar qué se piensa. Y si la ciudadanía pasa más tiempo debatiendo fenómenos anecdóticos que cuestionando modelos económicos excluyentes, el statu quo respira tranquilo.
 
Ahora bien, en relación con quienes se identifican como “Therian”, corresponde también una reflexión responsable. Toda persona tiene derecho a la libre expresión y a la identidad. Pero si alguien experimenta una vivencia profunda de identificación no humana que afecte su vida cotidiana, lo sensato, desde una perspectiva de salud pública y no de estigmatización, es acudir a profesionales de la psicología o la psiquiatría para evaluar y comprender esa experiencia. Buscar apoyo clínico no invalida derechos; al contrario, protege el bienestar integral.
 
La ironía de nuestro tiempo es evidente: mientras millones de trabajadores en el mundo enfrentan pérdida de poder adquisitivo, flexibilización y debilitamiento sindical, el algoritmo nos invita a discutir si alguien se percibe como animal. No porque ese grupo tenga poder real, sino porque el espectáculo distrae más que la estructura.
 
La tarea urgente en todas las sociedades del mundo, es recuperar la centralidad de los temas fundamentales: empleo digno, justicia social, soberanía económica, acceso a derechos básicos. No se trata de censurar minorías, sino de desenmascarar la manipulación algorítmica que convierte lo marginal en trending topic para diluir lo esencial.
 
Porque cuando las granjas de bots dictan la conversación, la democracia se vuelve un escenario donde el ruido reemplaza al debate. Y en ese ruido, los pueblos pierden la posibilidad de discutir aquello que realmente define su destino.
 

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