Bancarrota hídrica global

Jueves, 19/02/2026 12:04 PM

Extraemos, contaminamos y degradamos el agua a un ritmo superior a la capacidad natural de los ecosistemas para regenerarla, comprometiendo de forma irreversible la disponibilidad futura de agua dulce para la vida, la alimentación y la reproducción social.

A esta condición estructural, el más reciente informe de Naciones Unidas la denomina "bancarrota hídrica".

El mundo ha ingresado en una fase histórica marcada por la convergencia de crisis sistémicas: desigualdad extrema, colapso climático, erosión del derecho internacional, negación de los derechos humanos y de los pueblos, militarización de la política global y agotamiento acelerado de los sistemas hídricos.

La crisis del agua no es un fenómeno aislado, sino un síntoma estructural del colapso del orden civilizatorio dominante.

El informe Global Water Bankruptcy: advierte que amplias regiones del planeta han ingresado en una era post-crisis hídrica, caracterizada por la sobreexplotación crónica del agua y por daños irreversibles en acuíferos, ríos, lagos, humedales y glaciares.

El concepto de bancarrota hídrica describe una condición de insolvencia estructural, en la que el consumo y la degradación superan de forma persistente la capacidad de regeneración de los sistemas naturales.

No se trata de un problema técnico ni de un déficit de información científica, estamos ante una crisis de gobernanza, justicia social y racionalidad civilizatoria.

El agua, base material de toda forma de vida y de toda organización social, ha sido subordinada al lucro, al hiper consumo y a la acumulación ilimitada, ignorando sistemáticamente los límites ecológicos del planeta.

La paradoja es extrema: nunca se dispuso de tanto conocimiento científico sobre los límites planetarios y, al mismo tiempo, nunca se profundizó con tanta intensidad un modelo de desarrollo que destruye las condiciones mismas que hacen posible la existencia.

Este patrón de negación es persistente, las advertencias sobre la desigualdad obscena documentadas por OXFAM (2026) y los sucesivos informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), reiteradamente desatendidos, confirman una constante histórica, los Estados, en particular en Occidente, han optado por la inacción estructural frente a evidencias cada vez más contundentes.

Las cifras de Naciones Unidas son elocuentes,2.200 millones de personas carecen de acceso a agua potable segura; 3.500 millones no cuentan con saneamiento adecuado; y cerca de 4.000 millones sufren escasez severa de agua al menos un mes al año.

En conjunto, alrededor del 75 % de la población mundial vive en países con inseguridad hídrica alta o crítica, lo que aleja dramáticamente el cumplimiento del ODS-6.

Desde una perspectiva biofísica, el deterioro es igualmente alarmante.

Más de la mitad de los grandes lagos del mundo han perdido volumen desde la década de 1990; cerca del 70 % de los principales acuíferos presentan descensos sostenidos; y en los últimos cincuenta años se han perdido alrededor de 410 millones de hectáreas de humedales, una superficie comparable a la de la Unión Europea. La subsidencia del terreno por sobre extracción de aguas subterráneas afecta hoy a casi 2.000 millones de personas.

Ya no enfrentamos estrés hídrico coyuntural, sino una condición estructural de insolvencia.

La bancarrota hídrica está estrechamente vinculada al cambio climático antropogénico.

El Sexto Informe de Evaluación del IPCC demuestra que el calentamiento global intensifica sequías, altera los patrones de precipitación y acelera el derretimiento de glaciares.

Los datos del Servicio de Cambio Climático Copernicus confirman que los años recientes han superado de forma persistente el umbral de 1,5 °C, reduciendo drásticamente los márgenes de adaptación de sociedades ya vulnerables.

Nada de esto es reciente.

Las advertencias se repiten desde hace décadas. Sin embargo, los Estados no han adoptado transformaciones estructurales acordes con la magnitud del riesgo, permitiendo que la bancarrota del agua se consolide como uno de los rasgos más graves del colapso civilizatorio contemporáneo.

Estados capturados, corporaciones y saqueo

La inacción frente a la crisis hídrica no es accidental, responde a un proceso estructural de captura del Estado.

En amplias regiones del mundo, las políticas públicas han sido subordinadas a los intereses de corporaciones transnacionales de la agroindustria, la minería, la energía y las finanzas.

Bajo este régimen, el agua deja de ser un bien común y se convierte en insumo estratégico para la acumulación de capital.

Monocultivos extensivos orientados a la exportación, riego intensivo, minería a gran escala, industrias embotelladoras y megaproyectos energéticos concentran y contaminan las fuentes hídricas, mientras desplazan comunidades, degradan ecosistemas y destruyen territorios.

No se trata de usos "ineficientes", sino de un modelo extractivo funcional a la acumulación, sostenido por marcos legales y financieros diseñados para garantizar su expansión.

Este proceso se articula con el acaparamiento global de tierras,

Bajo el discurso de la "eficiencia", la "seguridad jurídica" y el "desarrollo", y con el respaldo de indicadores y condicionalidades promovidas por el Banco Mundial a través de créditos y reformas institucionales, vastas extensiones de tierras fértiles, de uso consuetudinario indígena y campesino, han sido transferidas a grandes empresas privadas y fondos de inversión.

Agua y tierra son apropiadas de manera conjunta, consolidando nuevas formas de colonialismo hídrico y agrario.

Los informes de OXFAM, del IPCC y del UNU-INWEH convergen en un mismo diagnóstico, este orden civilizatorio ha agotado su legitimidad histórica.

Produce hiper acumulación de riqueza para unos pocos y, simultáneamente, despojo, precarización social y colapso ecológico para las mayorías.

El Sur Global: crisis y horizonte.

La bancarrota hídrica golpea con mayor fuerza a los pueblos del Sur Global.

La pérdida de acuíferos, ríos y humedales compromete la soberanía alimentaria, destruye medios de vida y acelera desplazamientos forzados y conflictos territoriales.

Sin embargo, estos pueblos no son solo víctimas, son también los principales guardianes del agua y de la vida.

Las cosmovisiones y prácticas de los pueblos originarios y campesinos conciben el agua y la tierra como bienes comunes, no como mercancías.

Sus sistemas comunitarios de manejo territorial, cuidado de cuencas y agricultura diversificada no solo sostienen la reproducción social, sino que protegen los ciclos del agua, conservan la biodiversidad y contribuyen a enfriar el planeta. En ellos no reside el problema, sino una parte fundamental de los horizontes de salida a la crisis civilizatoria actual.

Conocimiento, organización y acción

Defender el agua es defender la vida; no existe neutralidad posible.

El colapso es del modelo civilizatorio occidental basado en el saqueo, mientras que las salidas de fondo emergen del Sur Global, de los saberes situados y del quehacer cotidiano de los pueblos.

Las universidades enfrentan una responsabilidad histórica: recuperar su papel como espacios de conocimiento comprometido, aliadas de los territorios y de las luchas por la justicia, la equidad, la dignidad y la vida.

Presionar a los Estados, limitar el poder corporativo, fortalecer la organización social y defender el agua como bien común no es una alternativa: es una urgencia histórica.

En la convergencia entre ciencia crítica, saberes ancestrales y acción colectiva se juega hoy la posibilidad real de sostener la vida y abrir un horizonte civilizatorio distinto.

a humanidad no solo ha gastado el ingreso anual de agua de ríos y lluvias, sino que ha vaciado los ahorros milenarios guardados en glaciares, humedales y acuíferos.

El resultado son sistemas acuáticos quebrados –acuíferos compactados, lagos fantasmas, deltas que se hunden– sin capacidad de recuperarse.

La cuenta corriente de la naturaleza está en números rojos.

Un informe histórico de la Universidad de las Naciones Unidas declara que el mundo ha entrado en una era de "quiebra hídrica global", un punto de no retorno para ciertos sistemas donde la demanda humana ha agotado irreversiblemente los ahorros acuíferos y secado los pozos del futuro, poniendo en riesgo el conjunto del sistema hídrico del planeta.

Del grifo al vacío: cuando el agua no vuelve a su cauce

Un progreso insostenible nos ha llevado a bebernos el agua con la que calmar nuestra insaciable sed de consumo.

Este derroche se refleja en la agricultura intensiva, el crecimiento urbano e industrial, la contaminación y unas emisiones de gases de efecto invernadero que han provocado un cambio climático. Todo ello impone unos devastadores intereses a nuestras reservas de agua: sequías más largas, evaporación acelerada y lluvias imprescindibles.

"Muchas regiones han vivido muy por encima de sus posibilidades hidrológicas.

Es como tener una cuenta bancaria a la que se le extrae dinero cada día sin que entre un solo depósito.

El saldo ya es negativo", explica Kaveh Madani, autor principal del informe de la UNU.

El resultado es que hoy pagamos una factura hídrica que no podemos saldar.

La factura del derroche

La auditoría global pinta un panorama desolador:

· 75% de la población mundial vive en países donde el agua escasea o es insegura

· Más de la mitad de los grandes lagos del planeta se están secando

· 2000 millones de personas habitan sobre terrenos que se hunden por la sobreexplotación de aguas subterráneas

· En 50 años, se han perdido humedales equivalentes a toda la superficie de la Unión Europea

Gota a gota: de los cultivos a la geopolítica

La crisis no conoce fronteras.

La agricultura, que consume el 70% del agua dulce, es el epicentro del colapso. Cuando los cultivos se secan en una región, la escasez viaja a través de los precios de los alimentos, golpeando la seguridad alimentaria global y desestabilizando economías.

"El agua que falta aquí, se nota en la comida de allá.

Esta quiebra no es un problema local, es un riesgo sistémico que fluye por las venas del comercio mundial", advierte Madani.

Agua para recomponer el mundo: un llamado a la cordura

Frente a un escenario aparentemente seco de esperanzas, el informe hace un llamado urgente a la acción: gestionar la quiebra, no la crisis.

Esto implica renegociar el contrato con la naturaleza, transformar la agricultura, repartir justamente un recurso menguante y blindar los ecosistemas que aún producen agua.

La Conferencia del Agua de la ONU 2026 se presenta como la oportunidad crítica para este "rescate hídrico".

El mensaje final es claro: aunque no podamos llenar de nuevo los acuíferos agotados, aún estamos a tiempo de proteger cada gota y quizá así aprender a vivir con el agua que nos queda.

A medida que el hombre destruye cuencas, contamina fuentes, y no utiliza la razón del equilibrio ""El agua se hará más escasa y el mundo irá desapareciendo poco a poco""

El agua es vida y no es una frase retórica, es la realidad, porque sabemos que sin ella ninguna reacción de la vida orgánica o no, se puede realizar.

El ser humano está compuesto por mas del 75% de agua. Cuidarla es casi un mandamiento para garantizar la vida de las nuevas generaciones.

Referencias

Copernicus Climate Change Service. (2025). Global Climate Highlights 2024–2025. https://climate.copernicus.eu/global-climate-highlights-2024

Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC). (2022). Climate Change 2022: Impacts, Adaptation and Vulnerability (Contribution of Working Group II to the Sixth Assessment Report). Cambridge University Press. https://www.ipcc.ch/report/ar6/wg2/

BI SE DEBE SER DÉBIL, SI SE QUIERE SER LIBRE

 

 

Nota leída aproximadamente 165 veces.

Las noticias más leídas: