La IA y el Síndrome de lo Absurdo: Un Manifiesto por la Conciencia Intelectual

Jueves, 05/02/2026 02:52 PM

"Cuando no comprendemos una cosa, es preciso declararla absurda o superior a nuestra inteligencia, y generalmente, se adopta la primera determinación".

Concepción Arenal (1820-1893)

 

La historia del progreso humano es, en gran medida, la historia de nuestros miedos. Cada vez que la chispa de la inventiva ha encendido una nueva era, la oscuridad del desconocimiento ha intentado sofocarla con etiquetas de "absurdo" o "peligroso". No es un fenómeno nuevo, sino una manifestación emocional cíclica ante la pérdida de control percibida. Esta resistencia, lejos de ser un análisis racional, suele ser una respuesta visceral de una psique que se siente amenazada por lo que no puede contener en sus esquemas previos.

Recordemos la llegada de la imprenta de tipos móviles en el siglo XV. Fue vista por muchos como una "herramienta del demonio" que acabaría con la memoria y la sacralidad del escribano. Se decía que la democratización del saber corrompería el espíritu. Siglos después, durante la Revolución Industrial, el movimiento ludita destruía telares movidos por el terror a la deshumanización del trabajo y la obsolescencia del hombre frente al vapor. En ambos casos, la manifestación emocional negativa, el odio, el sabotaje y el pánico, nació de la profunda incomprensión de que el cambio no era el fin del mundo, sino el inicio de una nueva forma de habitarlo.

Sin embargo, a pesar de las voces que vaticinaban el fin de nuestra esencia, hubo un número importante de hombres y mujeres que no se detuvieron. Fueron aquellos visionarios que entendieron que la herramienta no reemplaza al alma, sino que expande su alcance. Gracias a que ellos no cedieron ante la parálisis del miedo, hoy habitamos un mundo interconectado y con posibilidades de salud y comunicación que nuestros ancestros habrían calificado de milagrosas. Estamos aquí porque la curiosidad y la valentía siempre terminan por imponerse al dogma de lo "absurdo".

Hoy, la Inteligencia Artificial se presenta como nuestro nuevo "telar" y nuestra nueva "imprenta". Las manifestaciones de ansiedad ante la automatización o el rechazo tajante en los pasillos académicos son ecos nítidos de esos miedos antiguos. Pero la verdad permanece meridiana: la tecnología no es una fuerza alienígena que nos invade, sino un fruto legítimo de nuestra propia capacidad evolutiva. Negar su potencial o esconder la cabeza ante su avance es, en última instancia, negar una parte fundamental de lo que nos hace humanos: nuestra incesante búsqueda de trascender nuestras propias limitaciones biológicas.

Es aquí donde debemos detenernos a reflexionar. Como humanidad, estamos obligados a abocarnos a la generación de nuevas teorías que nos iluminen. No podemos enfrentar los escenarios del siglo XXI con las herramientas conceptuales del siglo XIX y XX.

La IA impacta cada espacio de la actividad humana, desde la medicina hasta la poesía, y ese impacto requiere que diseñemos una nueva arquitectura del pensamiento. Necesitamos una filosofía de la técnica que no se limite a lo utilitario, sino que profundice en cómo estas herramientas pueden potenciar nuestra dignidad en lugar de erosionarla.

Si la tecnología es un producto de nuestra capacidad de desarrollo, su uso no debe derivar de otra fuente que no sea nuestra conciencia. Esta recomendación nos lleva, inevitablemente, a la gran incógnita de siempre: ¿somos buenos o malos por naturaleza? Al asomarnos al espejo de la IA, esta duda se intensifica, pues la máquina aprenderá de nuestros sesgos, de nuestra historia y de nuestras ambiciones.

Como creador, prefiero sostener la tesis de que el propósito de nuestra existencia no es el dominio técnico ni la acumulación fría de datos, sino la propensión hacia la bondad en cada una de nuestras pruebas. La IA no posee una moral propia; ella será, de forma indefectible, el eco de la bondad o la perversidad que nosotros, sus arquitectos y usuarios, decidamos proyectar en sus algoritmos. La verdadera prueba de inteligencia no será para la máquina, sino para nuestra especie: ¿tendremos la altura ética para usar este poder en favor de la vida?

El futuro no es algo que nos sucede, es algo que construimos con cada decisión racional y ética que tomamos frente al teclado y frente al prójimo. Que la declaración de "lo absurdo" sea sustituida por el compromiso de la comprensión.

 

 

 

 

 

 

 

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