Una misión inédita clave del periodismo

Jueves, 15/01/2026 06:28 AM

Hace unos días publiqué un artículo titulado El periodismo valiente, centrado exclusivamente en el caso español. No fue una elección arbitraria. Si el mundo occidental atraviesa hoy una crisis profunda —de normas, de ética compartida, de sentido común, de lógica institucional y de un orden social que, aun siendo injusto, imponía límites—, en España esa fractura se percibe desde hace décadas. Concretamente, desde el tránsito de la dictadura franquista a un régimen político artificioso, más propio de nuestras anomalías históricas que de una democracia equiparable a las europeas.

Tras escribir Sin perdón, un texto contra la impunidad con la que Donald Trump actúa desde su regreso al poder ejecutivo en Estados Unidos, esa reflexión se amplía inevitablemente. La función del periodismo —el que se ejerce desde las grandes agencias internacionales y marca la agenda informativa global— resulta hoy decisiva. No hablo de un periodismo militante ni panfletario, sino del periodismo que se dirige a lectores informados, críticos, bien nacidos y mentalmente sanos.

Las circunstancias actuales han sido generadas por un individuo que muestra de forma ostensible una personalidad política y personal patológica, dañina no solo para su país, sino para el equilibrio y el orden mundial. Su ambición personal, aunque hoy se concentre en la política estadounidense y en la demolición de un orden internacional (ha sacado a su país de 16 organismos internacionales que refuerzan ese orden) construido con enormes dificultades durante casi un siglo, es abiertamente depredadora. Y sus efectos ya no son hipotéticos: son visibles, medibles y peligrosos.

Ante la ausencia de respuestas firmes por parte de numerosos dirigentes mundiales y ante la inoperancia de la justicia internacional en la que la fiscalía es una institución casi ornameental, el periodismo se convierte en un actor clave. Puede y debe frenar la deriva de un poder ejercido sin contrapesos, protagonizado por una sola persona que actúa con lógica imperial, al margen de cualquier responsabilidad histórica o moral.

Porque lo que está en juego no es solo un modelo imperfecto de convivencia —las democracias liberales, con su conocida injusticia social estructural—, sino algo más grave: la destrucción de toda referencia pedagógica y ética para las generaciones actuales y futuras. Cuando el poder se ejerce sin consecuencias, el mensaje que se transmite es devastador.

Tal vez bastaría un auténtico cerco mediático, sostenido y sin ambigüedades. Titulares claros, editoriales firmes, análisis reiterados que describan sin eufemismos la naturaleza del problema. No se trata de insultar, sino de llamar a las cosas por su nombre. De señalar que estamos ante una deriva peligrosa encabezada por un dirigente con rasgos evidentes de desequilibrio político y moral, aunque ese diagnóstico aún no tenga forma clínica ni judicial.

La historia demuestra que el silencio, la tibieza o la equidistancia informativa nunca han detenido a los irresponsables. El periodismo sí puede hacerlo. Y, en momentos como este, esa es su misión principal.

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