Para nombrar a Cuba hay que adentrase con luz de espíritu en las confluencias originarias arahuacas que se fundieron en el ser ancestral taino del archipiélago verde poseedor de las delicias en el universo primario de nuestras sagradas raíces.
Ser el cuerpo en llamas de Hatuey con su dolor, su heroísmo y sus cenizas sembradas en la sangre de todas las generaciones que nacieron de su martirio.
Ser paridos por Mariana Grajales en la fundición de su vientre creador del bronce titánico que hace Patria y Matria como cantos del areito en la manigua poseída por la canícula forjadora de valentías imperecederas.
Para nombrar a Cuba hace falta mucha humanidad magnánima abrazando la poética sublime de José Martí, con un jardín florido del amor universal irreductible, que tiende al infinito cuando un corazón palpita declamando cubanía como sinónimo de vida edificante, verso del horizonte que imanta lo maravilloso.
Ser la palabra luminosa que se crece en la distancia del tiempo como el anchuroso mar que le acoge cual ombligo de la virtud y la creatividad.
Decir Cuba es revivir la historia gloriosa de nuestros libertadores en el andar cotidiano del presente, con sencillez, pero con virilidad; con sacrificios inmensos, sin renunciar a la sonrisa y la ternura.
Porque Cuba es un tótem de soberanía arrancada de las fauces del monstruo con la fuerza invencible de la hermandad de un pueblo; es la madre de las revoluciones por la utopía pendiente en Nuestra América: no se entiende nuestro sueño de un mundo mejor sin la Revolución Cubana.
Porque para hablar de Cuba hay que reivindicar la épica que rompió cadenas en la expoliada África del apartheid, saldando con sus fierros y sangre la deuda de siglos oprobiosos con esa parte sufriente de la más aberrante paradoja humana que fue la esclavitud.
Sólo Cuba es ungüento medicinal en la piel discriminada, lacerada, marcada a latigazos en el alma del humano esclavizado por el humano desalmado, el avaro, supremacista, el explotador colonialista, el blanco europeo y anglosajón, el sanguinario capitalista. Las bestias rubias que enfrentó Sandino, los regatones del norte sobre los que advirtió Bolívar, esos en cuyas entrañas descubrió Martí que debían ser detenidos a tiempo…los enemigos de Cuba, mis enemigos, nuestros enemigos.
Para nombrar a Cuba, la proeza del altruismo ha creado un lenguaje de pioneros multiplicadores que colman la isla del saber, las artes y ciencias, y aún se derraman generosos manantiales de luces para otros pueblos que han ido a esa ínsula escuela a obtener tesoros de la episteme que les habían sido negados por la segregación opresora. Porque Cuba graduó médicos africanos, árabes, latinoamericanos y caribeños, mientras el imperialismo hacía guerras bacteriológicas, bombardeaba naciones, apoyaba los apartheid y genocidios.
Cuba es la diplomacia vestida de batas blancas, un ejército de sanaciones que no se arredra por las dificultades, como ese pueblo admirable que da lecciones de resistencia a los más corajudos luchadores por la autodeterminación y la independencia. La fortaleza moral de Cuba obliga reciprocidad en el amor demostrado con creces.
Para nombrar a Cuba los enemigos y los dudosos, los ignorantes e indiferentes, deben desinfectarse la jeta.
Porque cuando se dijo la palabra honor se erigió en nuestra historia un maestro de las enseñanzas y los valores llamado Fidel Castro Ruz, sin cuyo legado no existiría Cuba ni el derecho de la raza indoamericana a creer en la igualdad y una vida libre de hegemonías neocoloniales.
Porque para hablar de Cuba hay que hablar de Fidel.
Él trazó un camino irrenunciable de decoro, arrojo, sabiduría, victoria. El pueblo cubano lo creó de sus más sentidas luchas y anhelos libertarios.
Cuba ha sido con Fidel y los suyos, la cuna de la solidaridad, el desprendimiento, la fraterna comunión multicolor a la que siempre estuvo abierta en las duras circunstancias de Latinoamérica y el Caribe, y todos los pueblos en un mundo atribulado por las agresiones imperialistas, porque, además, a Cuba le ha tocado ser la primera línea de este reto humanitario: enfrentarse al imperialismo brutal y criminal, hoy pretendiendo imponer el fascismo global a fuerza de atroces despropósitos.
En esta hora de extremo terrorismo de Estado perpetrado por el enemigo histórico, donde el neonazi gobierno de Estados Unidos intenta asfixiar a Cuba, hay que manifestar con resonante concreción, el rechazo más enérgico contra ese flagelo imperialista, y la más elevada solidaridad con Cuba, que se la ha ganado sin lugar a dudas con su amorosa entrega a la innegociable causa de una mejor humanidad.
En el Centenario de Fidel, no podemos fallarles a nuestros hermanos. La solidaridad con Cuba en este tiempo dominado por la ideología capitalista de la indolencia y el desamor, es una obligación moral.
¡Viva Cuba sin criminales coerciones imperialistas!