El Consejo de Paz

Sábado, 31/01/2026 12:46 PM

Se necesita cinismo, desvergüenza o una forma patológica del humor —o las tres cosas a la vez— no solo para proponer al planeta, sino para creer el trumpismo: una sucesión de maniobras concebidas por un desequilibrado con poder económico suficiente para intentar arruinar naciones enteras.

¿No bastan las bases de la cultura política surgida tras la Segunda Guerra Mundial? Ahí están la ONU —controlada en gran medida por la misma nación cuyo presidente impulsa ahora este despropósito—, los Derechos Humanos, el Derecho Internacional, el derecho a la autodeterminación de los pueblos, la no injerencia y un entramado de tratados, acuerdos y foros creados precisamente para evitar el regreso de la ley del más fuerte.

Existe en la condición humana —y, más aún, en la conciencia que se traiciona deliberadamente— un vicio persistente: legislar sin fin para simular civilización mientras se violan las leyes de manera sistemática. Esa lógica hipócrita no es una anomalía, sino un rasgo estructural que define tanto a España como a Estados Unidos, con independencia del color político de sus gobiernos.

Las estratagemas, las trampas y las maniobras no son simples excentricidades personales. No se trata solo de las ocurrencias, cuidadosamente calculadas, de un impostor político. Son prácticas asumidas, justificadas y ejecutadas por Estados y dirigentes que, aturdidos por la verborrea incesante de un megalómano intoxicado por la riqueza, la vanidad y una soberbia de raíz casi teológica, prefieren someterse a enfrentarse a este conflicto moral.

La historia lo ha dicho con claridad suficiente: la perversidad, la locura y la maldad no pertenecen únicamente a los criminales, sino sobre todo a quienes los toleran, los amparan o hacen de eellos normalidad. Cuando un personaje fabricado por sí mismo para actuar con un atavismo propio de épocas medievales —y, al mismo tiempo, para protagonizar una grotesca ópera bufa— sacude el mundo con el único objetivo de garantizar petróleo permanente y la tranquilidad material de las élites WASP y judías, resulta obsceno que nadie haya promovido aún, en el Capitolio o en el Congreso estadounidenses, su incapacitación política, civil y penal.

Si el sistema no es capaz de neutralizar a quien provoca daños gratuitos, deliberados y masivos —a personas concretas y a una nación como Venezuela—, entonces

Si el Capitolio y el Congreso son incapaces de incapacitar política y penalmente a quien ha causado daños deliberados y gratuitos a personas concretas y a una nación como Venezuela, no estamos ante un fallo puntual del sistema, sino ante la confirmación de que ese sistema ha renunciado a cualquier pretensión ética y solo se sostiene ya sobre la fuerza, el dinero y la mentira institucionalizada.

Las civilizaciones no caen cuando aparecen los bárbaros, sino cuando quienes dicen gobernarlas les abren las puertas.

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