La Niebla de la Guerra y la Necesidad de la Esencia
Los acontecimientos del 3 de enero de 2026 han marcado un punto de inflexión brutal, no solo para Venezuela, sino para el delicado equilibrio de fuerzas a nivel mundial. El secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera dama Cilia Flores por parte del imperialismo norteamericano representa la culminación de una guerra híbrida de proporciones descomunales, donde la agresión militar directa fue precedida y acompañada por una ofensiva psicológica, comunicacional y cognitiva de una intensidad pocas veces vista.
En el fragor de estos eventos, sumado a la deliberada campaña de desinformación, la tarea más urgente para el movimiento revolucionario y comunal venezolano es elevarse por encima de la coyuntura, superando las apariencias que el aparato propagandístico imperial presenta como esencias. Se impone una mirada que trascienda lo anecdótico y lo inmediato para ahondar en la verdadera esencia estructural de lo que ocurre. Comprender la realidad venezolana exige analizarla no como un hecho aislado, sino como un nodo crítico dentro de la totalidad del escenario internacional. Solo desde esa comprensión profunda, anclada en un análisis histórico, podrán derivarse las acciones necesarias para transformar esta realidad en favor del pueblo venezolano y de las mayorías explotadas del mundo.
La Narrativa de la Derrota: Una Ficción Propagandística
Una primera mirada, superficial y mediatizada, podría alimentar un relato de derrota e impotencia. La narrativa hegemónica, amplificada hasta la saciedad, pretende convencernos de que Venezuela ha quedado absolutamente sola, que la batalla está perdida, que se ha impuesto una vez más la traición histórica al pueblo y que potencias como China y Rusia, ante la abrumadora supremacía norteamericana, han optado por un pragmático abandono. Se pinta así un cuadro donde el terror, la desesperanza y la hegemonía unilateral de Estados Unidos se reinstauran sobre Nuestra América, clausurando cualquier alternativa.
Sin embargo, esta lectura, que se alimenta de la pura apariencia propagandística, se aleja radicalmente de la dinámica esencial que hoy se desarrolla en el tablero global. Lejos de ser un acto de fortaleza, la agresión desesperada contra Venezuela es, en su raíz, la expresión de una profunda debilidad sistémica y, más allá, de una crisis civilizatoria basada en la explotación del hombre por el hombre. Para desentrañar esta verdad, debemos superar el relato impuesto y examinar las contradicciones materiales que impulsan la historia.
La Paradoja Venezolana: Reservas Inmensas vs. Producción Marginal
Para comprender las razones de esta agresión, es preciso comenzar por una paradoja aparente: Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, con más de 300 mil millones de barriles, lo que representa más del 20% del total mundial (1). No obstante, su peso específico en la producción global actual es marginal.
Un análisis cuantitativo lo revela con claridad. Tomando como referencia el gigante asiático, China obtiene aproximadamente el 60% de su energía del carbón y solo un 18.5% del petróleo (2), consumiendo alrededor de 16.37 millones de barriles diarios (3). La producción venezolana, que en su mejor momento reciente le aportó a China apenas unos 0.7 millones de barriles diarios aproximadamente (4), constituye una fracción mínima, inferior al 5% del requerimiento petrolero de este país, y menos del 2% de su matriz energética total.
En el caso de Estados Unidos, la dependencia del crudo venezolano, que antes de 2010 oscilaba entre el 13,5% y el 9% (5), fue estratégicamente reducida mediante la revolución del fracking, que incrementó sus reservas probadas en decenas de miles de millones de barriles. Rusia, por su parte, es un actor energéticamente autosuficiente. Desde esta perspectiva puramente coyuntural, el interés geopolítico inmediato en Venezuela podría parecer secundario. Esta aparente irrelevancia es, precisamente, el primer velo que debemos rasgar.
El Capitalismo Financiero: Un Sistema Edificado Sobre un Futuro Incierto
La clave para resolver esta paradoja no se encuentra en el presente inmediato, sino en la lógica temporal que sustenta al sistema capitalista en su fase financiera e imperial, hoy dominante. Este sistema, particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, ha edificado su dominio, entre otras cosas, mediante la estructuración de consensos basados en la manipulación de las expectativas futuras, al tratar de mostrar al mundo, especialmente a los países de la periferia capitalista, un aura de invencibilidad militar. En este sentido, la previsibilidad es su oxígeno.
El dólar, como moneda hegemónica global, no deriva su valor primario de un respaldo material tangible en el presente (el patrón oro fue abandonado en los años setenta), sino de la creencia colectiva en su utilidad y estabilidad futura, garantizada por la supremacía militar. Todo el edificio financiero global —los mercados de futuros, los derivados, la titulación de deuda— opera como una gigantesca maquinaria de especulación sobre lo que "debería" ocurrir. Es un sistema que busca justificar su irracionalidad inmediata mediante la manipulación de las expectativas. Dado que el futuro es siempre un abanico de posibilidades, resulta susceptible a la manipulación desde el gran aparato de guerra psicológica, el cual sirve para presentar al ejército de los Estados Unidos como el invencible guardián que garantiza la previsibilidad del orden. Es en esto donde radica la
potencia del sistema capitalista en su fase financiera e imperial dominante, pero también su vulnerabilidad más profunda.
Es en este marco donde las reservas venezolanas adquieren su verdadero significado estratégico. Los 45,000 millones de barriles de reservas probadas de Estados Unidos (6) representan, en teoría —si tomamos su tasa de consumo actual y sus proyecciones—, un horizonte de consumo de aproximadamente una década. Controlar las mayores reservas del planeta no responde, por tanto, a una necesidad urgente de abastecimiento corriente para lograr que hoy "América vuelva a ser grande" mediante una reindustrialización forzosa de su economía, sino a una imperiosa necesidad de controlar el relato del "futuro confiable". Apropiarse de la riqueza potencial venezolana es un acto destinado a reforzar la narrativa de la invencibilidad y permanencia estadounidense, a inyectar "confianza" en un sistema que, carente de bases productivas sólidas, vive de esa misma fe. El petróleo venezolano se convierte así en la pieza central de una garantía pignoraticia para sostener el valor del dólar frente a un panorama de incertidumbre creciente, ante el surgimiento de nuevos competidores capaces de disputarle el control mundial. Por ello, no cabe duda de que la agresión militar contra Venezuela responde a los intereses de quienes controlan el capital financiero mundial, más que a una agenda política interna como la del movimiento "MAGA" en Estados Unidos.
Lecciones Históricas: Del Opio al Petrodólar - La Anatomía de la Imposición Monetaria
Esta dinámica encuentra un paralelo histórico ilustrativo en la evolución de las monedas hegemónicas, cuyo análisis es fundamental para comprender la naturaleza del asalto actual. En el siglo XIX, nos encontramos con un caso paradigmático: el Imperio Británico, que había introducido el consumo de té chino, se topó con un problema de circulación capitalista. China, siendo en gran medida una civilización autosuficiente, no mostraba un interés equivalente por las manufacturas británicas. ¿Para qué acumular libras esterlinas si, al final, no había mercancías europeas de valor equivalente que desearan adquirir con ellas? El ciclo básico de la economía política —Mercancía-Dinero-Mercancía (M-D-M)— se rompía. China prefería el trueque directo: su té por metales preciosos. Esto amenazaba con desangrar las reservas británicas.
La "solución" imperial fue una de las más cínicas de la historia económica: en lugar de ofrecer un producto de valor genuino, el Reino Unido creó una necesidad artificial. Introdujo el opio en China, generando una adicción masiva y destructiva. De repente, surgió una mercancía que China "necesitaba" desesperadamente y que solo los británicos podían proveer a escala. Ahora el ciclo funcionaba: Gran Bretaña compraba té con libras, y China usaba esas mismas libras, o incluso plata, para comprar opio. La moneda encontraba su demanda, no por su utilidad intrínseca, sino por la fuerza de una dependencia impuesta. Esta es la primera lección: la hegemonía monetaria a menudo se construye y se mantiene mediante
la creación coercitiva de necesidades, no mediante la oferta de valor libremente elegido.
Avanzando en el tiempo, la Primera Guerra Mundial expuso otra vulnerabilidad de esta hegemonía: la confianza en el tiempo. Cuando el Reino Unido, agotado, necesitó desesperadamente suministros de un Estados Unidos aislacionista, la pregunta era: ¿aceptaría EE.UU. pagos en libras? ¿Qué valor tendrían esos papeles si Gran Bretaña perdía la guerra? La confianza en el futuro del imperio emisor se había erosionado. La solución fue el pago en oro físico, un trueque que vació las bóvedas londinenses y transfirió el centro financiero mundial. Finalmente, para arrastrar a EE.UU. a la guerra y obtener crédito, el Reino Unido no solo tuvo que ofrecer garantías, sino que su destino quedó hipotecado. Nació así la relación acreedor-deudor que definiría el siglo XX.
Este proceso culminó en Bretton Woods (1944), donde EE.UU., poseedor del 80% del oro mundial, ató el dólar al metal precioso. Pero esta base también se mostró frágil. Para la década de 1970, la sobreimpresión de dólares para financiar la Guerra de Vietnam y el gasto social hizo insostenible la convertibilidad. En lugar de aceptar la pérdida de hegemonía, Washington ejecutó una jugada maestra que repetía, en esencia, la lógica británica del opio, pero con una mercancía más vital: la energía.
El petrodólar fue el equivalente geopolítico del opio del siglo XX. Estados Unidos utilizó su inmenso poderío militar y diplomático —sellando acuerdos clave con Arabia Saudita— para imponer que el petróleo, la sangre de la civilización industrial, solo se comercializara en dólares. De la noche a la mañana, toda nación que quisiera energía para funcionar tuvo que conseguir dólares primero. La demanda global de la moneda quedó asegurada no por la excelencia de los productos estadounidenses, sino por una necesidad básica y universal, militarmente impuesta. El ciclo se cerró: el mundo vendía bienes a EE.UU. a cambio de dólares, y luego usaba esos mismos dólares para comprar el petróleo sin el cual sus economías colapsaban. La hegemonía del dólar ya no descansaba en el oro, sino en los yacimientos petrolíferos y las flotas que los custodiaban.
La Crisis Estructural: Deuda, Desindustrialización y el Ascenso de China
Este sistema del petrodólar, no obstante, llevaba en su seno contradicciones mortales. La garantía de una demanda infinita de dólares permitió a Estados Unidos vivir muy por encima de sus medios productivos. La tasa de ganancia del capital, sin embargo, mostraba un estancamiento crónico desde los años setenta. Para restaurarla, el capital estadounidense ejecutó una deslocalización masiva hacia China, donde la mano de obra era barata y disciplinada.
Esto creó una interdependencia deforme, un espejo perverso del ciclo del opio. China se convirtió en la fábrica, enviando un torrente de mercancías a EE.UU. a cambio de un torrente de dólares. Pero aquí reapareció el problema histórico: ¿qué hacer con esos dólares? China, como la China imperial con las libras, no
podía cerrar el ciclo comprando mercancías estadounidenses equivalentes, porque la capacidad manufacturera de EE.UU. se había erosionado. La solución fue la creación de un nuevo mecanismo de reciclaje: la deuda. China (y otros países) usó sus excedentes de dólares para comprar bonos del Tesoro de EE.UU., financiando así el consumo y el déficit estadounidenses. El dinero retornaba a Wall Street, no para invertir en fábricas, sino para inflar burbujas financieras.
Este circuito es la expresión última de un capitalismo senil parasitario. Ha generado una deuda pública impagable que supera el 122% del PIB estadounidense para el año 2024 (7). La economía real, productiva, es un anexo cada vez más pequeño de un casino financiero gigantesco cuya moneda de apuesta, el dólar, solo tiene valor porque todos creen que mañana y siempre podrán usarlo para comprar petróleo, cuya reserva estratégica más grande EE.UU. no ha podido controlar: Venezuela.
El Quiebre del Llamado Derecho Internacional
Con la agresión imperialista de Estados Unidos contra Venezuela el pasado 3 de enero de 2026, terminó de desplomarse una conducta que había caracterizado al imperio norteamericano: la de construir ciertos consensos entre los sectores dominantes, por débiles que fueran, en torno a asuntos existenciales del sistema.
Esta conducta, que se logró imponer en el interior de los Estados Unidos tomando como guía el llamado derecho internacional —teniendo como modelo los Tratados de Westfalia—, terminó por extrapolarse al mundo después de la Segunda Guerra Mundial a través del sistema de Naciones Unidas y demás instituciones internacionales.
Es así como, en un entramado tan complejo donde coexisten diversos factores políticos, grupos económicos privados, académicos, etc., se habían logrado construir una serie de consensos históricos desde los cuales se ejecutó una política conjunta entre las élites mundiales, donde todos se sentían identificados en sus intereses. En la acción contra Venezuela este orden ha sido quebrado, logrando que un sector del imperio norteamericano impusiera su dictado al resto de sus aliados, iniciándose una era donde la ley del más fuerte regirá las relaciones internacionales, incluso entre quienes algún día fueron "aliados". Esto demuestra la difícil situación y la fragilidad de un imperio que ha roto las mismas reglas con las que se constituyó como tal.
La Respuesta China: La Estrategia de la "Desamericanización"
Frente a este parasitismo insostenible, China ha decidido profundizar en los últimos años una jugada histórica: la "desamericanización". No es un rechazo al comercio, sino una huida estratégica de la trampa del dólar. Mientras sus exportaciones a EE.UU. caen —en un 20% durante el año 2025— (8), teje una red alternativa: la Unión Europea, Asia, África y, crucialmente, América Latina. Promueve acuerdos de swap en monedas locales, financia infraestructura a través
de su Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB) y la Nueva Ruta de la Seda, y acumula oro. Cada transacción en yuanes, cada barril de petróleo pagado en otra divisa, es un hilo que se corta del tejido del petrodólar. Ya para finales de 2023, el 20% de las ventas de petróleo en el planeta se realizaban en monedas alternativas al dólar (9).
Sin embargo, esta estrategia china no resulta ser un camino de rosas. Su nivel de interdependencia con la economía del imperio norteamericano se ha ido amalgamando con el tiempo, hasta dar hoy la impresión de ser la unidad contradictoria de un sistema económico en decadencia.
China ha basado su economía en una altísima producción manufacturera de expansión exponencial, que no es consumida por sus propios trabajadores, sino absorbida por otra economía, menos productiva, que ha creado un mercado de consumo aparentemente ilimitado. A simple vista, esto podría parecer lo que algunos economistas llaman la complementariedad de dos economías; sin embargo, en esencia son economías que se niegan a sí mismas: una dominada por la industrialización y otra por la financiarización. Esta relación es contradictoria, dado que quien trabaja y produce termina convirtiéndose en el huésped de un parásito que le consume la sangre, pero con el agravante de que, si mata al parásito, pondría en peligro su propia vida.
Si Estados Unidos colapsara abruptamente, generaría en China un problema básico: ¿dónde colocarían todo ese torrente de productos que producen? ¿Qué economía produce la cantidad de equivalentes necesarios para comprar la producción china?
Este es uno de los retos que China debe resolver: evitar que el imperio caiga, destruyendo con ello a la economía china.
En este escenario, países como la Federación Rusa desempeñan un papel de primer orden en todo este entramado geopolítico; sin embargo, en este trabajo solo revisaremos el caso de la República Popular China por ser emblemático para entender el perverso mecanismo de explotación económica del imperio norteamericano a nivel planetario.
Venezuela: El Botín Estratégico en una Batalla Existencial
Aquí es donde el ataque a Venezuela deja de ser un "capricho imperialista" o una estrategia de "aislacionistas trasnochados" del movimiento MAGA de Estados Unidos para revelarse como un acto de supervivencia sistémica. Controlar las reservas venezolanas no se trata del petróleo de hoy; se trata de controlar el futuro para salvar el pasado. Es una jugada para restaurar la narrativa de invencibilidad que sostiene al dólar. Es el intento desesperado de decirle al mundo: "Nosotros, y solo nosotros, controlamos la llave energética del futuro. El dólar sigue siendo seguro". Además, Venezuela es el símbolo viviente de la alianza con este nuevo mundo multipolar que potencias como China y Rusia contribuyen a crear. Secuestrar su liderazgo es un mensaje de terror a toda la
región: la integración suramericana fuera del paraguas estadounidense será castigada.
La Guerra Psicológica: La Ficción del Control Versus el Riesgo de la Resistencia
Finalmente, la operación contra Venezuela es, ante todo, psicológica. Necesitan la imagen de una victoria rápida y total para alimentar la ficción de la confianza. Su mayor miedo, en el plano general, es el surgimiento de alternativas que pongan en duda su narrativa de invencibilidad y supremacía. En el plano específico, con respecto a la agresión contra Venezuela, su temor real se basa en el criterio de que, aun teniendo todo el poder que expresan poseer, el desarrollo de una resistencia generalizada, tenaz y en todos los planos necesarios —partiendo del cultural y del refuerzo de la venezolanidad—, el desarrollo de nuevas formas de autogobierno en los territorios (lo que dificultaría cualquier tipo de control futuro por parte del imperio), la conciencia de una lucha prolongada y el recurrir a la memoria histórica como fuente del rearme ideológico, pongan en duda la invencibilidad desde donde nace la fuente de poder que permite el sustento momentáneo del sistema capitalista.
La resistencia venezolana nunca debe olvidar que detrás del aparato militar yanqui hay un imperio financieramente quebrado, que su moneda es un castillo de naipes y que su fuerza reside únicamente en nuestra creencia en ella.
El Horizonte: Inteligencia Artificial y la Crisis Civilizatoria del Capital
Sin embargo, al seguir en la búsqueda de los rasgos esenciales que caracterizan el momento actual, en el trasfondo de este drama geopolítico por el control del mundo en los próximos años, existe un escenario que podría terminar con toda la civilización basada en la división de la sociedad en clases sociales y que tal vez, en medio de esta perversa situación, no ha quedado tiempo para reflexionarlo, incluso por los protagonistas de esta situación: la crisis que hoy tiene a Venezuela como uno de los epicentros de una confrontación geopolítica desesperada nos está mostrando un escenario que trasciende con creces lo meramente económico o incluso lo estratégico-militar, al hacer cada vez más evidente la presencia de una crisis civilizatoria. En su profundidad, es el síntoma de una contradicción histórica que está alcanzando un punto de ebullición terminal: el desarrollo mismo de las fuerzas productivas, impulsado hasta límites insospechados por la lógica capitalista en su búsqueda de ganancia, comienza a convertirse en la principal traba para la supervivencia de ese mismo sistema. Y en el centro de esta encrucijada se yergue un desarrollo tecnológico sin precedentes: la inteligencia artificial (IA).
La promesa (o la amenaza) de la IA general no es solo la de automatizar tareas repetitivas; es la de sistematizar el pensamiento complejo, el análisis, la creación e incluso la toma de decisiones estratégicas. En términos marxistas clásicos, representa la culminación potencial de la sustitución del trabajo humano vivo por el
trabajo muerto objetivado en máquinas de una inteligencia abrumadora. Esto coloca al sistema capitalista ante un abismo lógico del cual no puede escapar.
Por un lado, el impulso intrínseco del capital es hacia la innovación tecnológica que abarate costos de producción y elimine al competidor. La IA podría llegar a ser la herramienta definitiva para esto: promete una productividad exponencial, bienes y servicios casi gratuitos en su marginalidad, y la eliminación de los "errores" e ineficiencias humanas. Sin embargo, aquí surge la contradicción mortal: el sistema capitalista necesita, al mismo tiempo, que las masas humanas tengan capacidad de consumo. El ciclo M-D-M (Mercancía-Dinero-Mercancía) se cierra cuando el trabajador, con su salario, readquiere una parte de lo producido. Pero, ¿de qué salario hablamos si la IA desplaza masivamente la mano de obra en prácticamente todos los sectores, desde la manufactura y el transporte hasta los servicios profesionales, el análisis legal o la gestión media?
Se han propuesto soluciones ficticias dentro del marco del sistema: la renta básica universal, la creación de nuevos empleos "superiores" en el cuidado o la creatividad. Pero la historia reciente nos muestra el destino de tales parches: en un sistema donde el fin último es la maximización de la ganancia privada,
cualquier acción destinada a racionalizar y viabilizar el sistema, como la inyección de capital para sostener la demanda (como el crédito masivo previo a 1929 o a 2008), es desviada rápidamente hacia la especulación financiera, inflando burbujas en lugar de fortalecer la economía real. Entonces, ¿qué impediría que un subsidio universal se convirtiera en el combustible final para el casino financiero global, en lugar de un mecanismo de redistribución? ¿Qué garantía existe de que esos nuevos empleos "superiores" no terminen siendo ocupados por sistemas inteligentes que los harían más rentables al capital?
Esta es la crisis civilizatoria: estamos llegando al límite histórico de las sociedades clasistas como las hemos conocido hasta ahora. El capitalismo, que se basó en la extracción de plusvalía del trabajo humano asalariado, se topa con la posibilidad técnica de prescindir del trabajador masivamente. Sin trabajadores asalariados, no hay plusvalía en los términos clásicos. Sin salarios masivos, no hay consumo masivo efectivo. El sistema se ahoga en su propio éxito tecnológico.
La agresión contra Venezuela, en este contexto, adquiere un matiz aún más sombrío. Representa la ambición por el mantenimiento de una lógica moribunda que busca aferrarse a los últimos bastiones del concepto de la escasez como elemento de control social —como el futuro "apocalipsis" del petróleo y los minerales—, una narrativa de carestía que nos ha sido impuesta a través de la maquinaria propagandística. No se trata de negar la finitud de ciertos recursos, pero esta condición no debe condenarnos a un estado mental de perpetua preocupación por la escasez y la tragedia que se le asocia —de la misma forma que no es lo mismo entender la muerte como una tragedia absoluta que como un cese necesario para el desarrollo de la vida misma—.
Este enfoque se afianza en un horizonte donde la abundancia, potencialmente habilitada por la tecnología, resulta incompatible con la lógica del capital. La violencia imperial se recrudece precisamente porque intuye que su tiempo se agota; no solo por el ascenso de potencias rivales, sino, de manera más fundamental, por el colapso inminente de su propia fórmula de valor.
Por ello, la resistencia venezolana y la construcción del poder popular comunal no son en esencia solo proyectos de liberación nacional. Son, en esencia, experimentos de supervivencia y prefiguración civilizatoria. Se trata de construir, en la práctica, modelos de producción y distribución que no dependan de la lógica de la ganancia y la explotación masiva del trabajo, y que, por tanto, puedan abordar la era de la automatización no como una amenaza de desempleo masivo y colapso social, sino como una oportunidad para la liberación del tiempo humano, la profundización de la democracia participativa y la satisfacción colectiva de las necesidades. La batalla por Venezuela es, así, una de las primeras grandes batallas de la humanidad por definir cómo será el futuro que la tecnología ya está haciendo posible y para qué fines será utilizado. Es un momento muy crítico donde el reto es garantizar que el fin de una sociedad clasista no se lleve consigo a la humanidad misma.
Nuestra Batalla es la Batalla del Futuro
La resistencia del pueblo venezolano es, por tanto, mucho más que defensa nacional. Es un acto de desobediencia contra la lógica del petrodólar, contra el sistema de dominación construido sobre la adicción (al opio, al petróleo, al crédito fácil). Es un frente crucial en la batalla por desmontar el mecanismo de extorsión monetaria que ha sostenido al imperialismo durante décadas. Pero, más allá, el hecho de haber enarbolado durante lo que va de siglo las banderas de la necesidad de construir un modelo alternativo representa la apertura de un debate que, en la misma medida en que la crisis civilizatoria se haga más tangible, será más necesario, como la puerta para la construcción de lo nuevo.
Frente a esto, la tarea es clara: rearme ideológico, consolidación del poder popular comunal como alternativa civilizatoria, y resistencia organizada que transforme la agresión en el pantano que exponga la debilidad final del imperio. Comprender esta historia —del opio al petrodólar, y del petrodólar al asalto por las reservas venezolanas— no es un ejercicio académico. Es la brújula para la acción. Como dijeron los revolucionarios del pasado, desechamos las ilusiones. Nos preparamos para la larga lucha, sabiendo que en nuestra trinchera se libra una batalla por el futuro de todos los pueblos.
Venezuela, 22 de enero de 2026
Referencias:
(1) https://ultimasnoticias.com.ve/actualidad/opep-venezuela-se-mantiene-como-el-pais con-las-mayores-reservas/
(2) https://www.iea.org/countries/china
(3) https://www.worldometers.info/es/petroleo/petroleo-china/
(4) https://www.escenariomundial.com/2025/10/04/venezuela-alcanza-record-de exportaciones-de-petroleo-con-china-y-chevron-como-actores-clave/
(5) https://nuso.org/articulo/las-contradicciones-de-pdvsa-mas-petroleo-a-estados-unidos-y menos-a-america
latina/#:~:text=Sin%20embargo%2C%20dada%20la%20alt%C3%ADsima,estado%20perdie ndo%20en%20a%C3%B1os%20recientes.
(6) https://www.petrolnews.net/noticia.php?r=49307
(7) https://datosmacro.expansion.com/deuda/usa#:~:text=Estados%20Unidos%20es%20el%2 0pa%C3%ADs,33.328.069%20millones%20de%20d%C3%B3lares.
(8) https://es-us.noticias.yahoo.com/exportaciones-chinas-eeuu-caen-20-072300457.html (9) https://finanzasdigital.com/cambio-en-el-comercio-mundial-de-petroleo-aumentan-las transacciones-sin-dolar/