Transparentar el Financiamiento de la Política

Jueves, 22/01/2026 12:26 PM

¿De quién fue la idea? De nadie en particular, es una idea que surge gradualmente, anticipada por múltiples iniciativas y formalizada tras grandes escándalos de corrupción consuetudinaria en ciertas esferas de la política, las empresas, las iglesias, los vaqueros y los "mass media". Ninguno opera en solitario. La transparencia es un signo en disputa. Puede ser herramienta pedagógica de desnaturalización o ritual legitimador del orden existente. Todo depende de la gramática política que la inscriba. Sin una resemantización radical que la vincule a la crítica de la acumulación, la transparencia del financiamiento político seguirá siendo un espejo donde el poder se mira y se reconoce, pero nunca se cuestiona.

Todo el dinero que se produce, gracias a la clase trabajadora, no es una sustancia neutra, sino un signo social condensado, una relación material que, al circular, inscribe injustamente, en los cuerpos y en las conciencias, la gramática del poder dominante. No se trata simplemente de billetes, transferencias o balances contables, sino de un lenguaje práctico que dice, textual y sub-textualmente quién manda, quién obedece y bajo qué ilusiones se disfraza esa obediencia. La pretensión de "transparentar" el financiamiento de la política aparece entonces como un síntoma histórico; el sistema se ve obligado a exhibir parcialmente sus entrañas porque la opacidad absoluta ya no puede sostenerse sin riesgo de ruptura. Pero esa transparencia, tal como se la formula desde el neoliberalismo, no es la negación del fetichismo, sino su refinamiento, una pedagogía del capital que enseña a mirar sin ver, a contar sin comprender, a aceptar como natural lo que es producto de una relación social históricamente determinada.

Desde una mirada crítico-filosófica, el problema no es que el dinero esté oculto, sino que nos gobierne. Porque la transparencia, cuando se reduce a la publicación de cifras, nombres y montos, funciona como una operación semiótica de "blanqueamiento", pero no se transparencia, convierte una relación de dominación en un dato, y al dato en una coartada inmoral. Se nos invita a creer que, si sabemos quién paga, el acto de pagar deja de ser corrupción y se vuelve participación. Pero el dinero bajo el capitalismo no deja de comprar poder porque se lo nombre; al contrario, al nombrarlo se legitima su derecho a hacerlo. La ideología opera aquí como una economía del signo; lo visible no es lo verdadero, sino lo permitido; lo público no es lo común, sino lo administrado.

Bajo el capitalismo, el control del gobierno no garantiza un espacio autónomo, sino una superestructura atravesada por la lógica de la acumulación. El Estado burgués, lejos de ser un árbitro neutral, es la forma organizada del poder de clase, y sus rituales con apariencia "democrática" funcionan como una escena donde se representa la universalidad de intereses que en la base material están irreconciliablemente enfrentados. En este contexto, exigir transparencia en el financiamiento político sin cuestionar la propiedad privada de los medios de producción, equivale a exigir que el verdugo muestre el hacha antes de decapitar. El problema no es la falta de luz, sino la maquinaria.

Sin embargo, exigir la transparencia no surge de la nada ni es un mero engaño cínico. Es una conquista todavía ambigua e incompleta, iniciada por luchas sociales que obligaron al poder a justificar lo que normalmente son incapaces de explicar con nitidez. Cada ley de rendición de cuentas, cada obligación de declarar aportes, es el resultado de una presión histórica que fisura la naturalización del dominio. El capital acepta transparentar porque confía en su capacidad de resignificar, y de engañar; desfigura la crítica y la disfraza de "procedimiento", convierte la denuncia en formulario, la indignación en trámite. Así, la lucha simbólica es absorbida y devuelta como norma técnica, neutralizada en su potencial subversivo. Por eso, además de transparentar el financiamiento, hay que politizarlo.

Aquí la semiótica se vuelve indispensable para comprender el mecanismo. El dinero que financia campañas no sólo compra espacios publicitarios o voluntades legislativas; compra sentido. Financia relatos, encuadres, silencios. La transparencia neoliberal se limita al significante económico y oculta el significado ideológico; quién define la agenda, quién fija los términos del debate, quién decide qué es pensable y qué es impensable. El poder real del financiamiento político no está solamente en la cantidad de dinero, sino en su capacidad de producir consenso, de modelar subjetividades, de colonizar el imaginario colectivo. Mostrar la cifra sin desmontar el relato es como mostrar el precio de una mercancía sin revelar el trabajo explotado que la produjo.

Ninguna crítica puede conformarse con exigir más luz dentro de la caverna; debe cuestionar la caverna misma. Transparentar el financiamiento de la política, desde una perspectiva emancipadora, sólo tendría sentido como momento táctico de una estrategia mayor… la desmercantilización radical de la vida política. Mientras la política sea un mercado de influencias, la transparencia será apenas un espejo pulido donde la dominación se contempla a sí misma con orgullo contable. La verdadera transparencia no es la visibilidad de los flujos de dinero, sino la inteligibilidad de las relaciones sociales que esos flujos encubren.

Decir esto no implica despreciar las luchas por la rendición de cuentas, sino arrancarlas de su domesticación ideológica. Cada dato publicado puede ser un arma si se lo inscribe en una pedagogía crítica que revele la estructura de clase que lo produce. La tarea no es sólo mostrar quién financia, sino explicar por qué siempre son los mismos, por qué pueden hacerlo, por qué su dinero vale más políticamente que el voto de millones. La semiosis emancipadora consiste en rearticular los signos, que el número no cierre el sentido, sino que lo abra; que la transparencia no clausure la crítica, sino que la radicalice.

En última instancia, la pregunta no es cómo transparentar el financiamiento de la política, sino cómo abolir la necesidad de financiarla con el dinero que pertenece, por definición, al pueblo. La democracia real comienza allí donde la política deja de ser un privilegio comprado y se convierte en una práctica colectiva sostenida por la organización consciente de los pueblos. Hasta entonces, toda transparencia será parcial, vigilada y reversible, una concesión del poder para perpetuarse mejor. El desafío histórico es romper ese círculo, desmontar el fetichismo que hace del dinero un fetiche secuestrado y devolver a las mayorías la capacidad de decidir sin intermediarios mercantiles. Sólo entonces la luz dejará de ser un reflector del dominio y se convertirá en claridad emancipadora.

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