El capitalismo no solo es un modo de producción, una forma de organización de la sociedad para procurarse los medios de vida a través de la propiedad privada y del afán de lucro y ganancia. Es también –el capitalismo– un proceso (des)civilizatorio que le da forma a comportamientos y estilos de vida en una relación multidireccional donde también la(s) cultura(s) arraigan, perpetúan y legitiman ese proceso económico particular.
Uno de los problemas cruciales en las sociedades occidentales contemporáneas es el socavamiento y agotamiento de las instituciones que, gestadas en el marco del movimiento filosófico/político de la modernidad europea, brindaron certidumbre y fundamentos identitarios a los individuos y a las colectividades. El Estado, por ejemplo, dejó de ser esa entidad social que le brindaba mínimas seguridades, certezas y estabilidad a los ciudadanos. Por su parte, los sindicatos fueron diezmados y no brindan más una identidad política y gremial a la clase trabajadora asediada por una sociedad de los prescindibles. Mientras que la escuela no es más una fuente de respuestas a los problemas inmediatos y cotidianos de niños y jóvenes. En tanto que la familia no cumple a cabalidad su función de cohesión social y de seguridad emocional para los individuos, y pervive bajo el acecho de las propagandas woke. Esto es, un colapso de la familia como núcleo inmediato para la construcción de sentido y para el resguardo de las emociones y sensibilidades. Paralelamente a ello, en las últimas décadas ganaron poder altamente concentrado las tecno-oligarquías que controlan las redes sociodigitales y la desregulada economía del algoritmo que modela actitudes y comportamientos, principalmente entre las juventudes.
La desestructuración de referentes entre los jóvenes es una constante en un contexto contemporáneo signado por un mundo incierto que no les ofrece oportunidades para realizarse en lo más mínimo como ciudadanos. Incluso los cauces que ofrecía la praxis política tradicional y la acción colectiva para canalizar sus inconformidades tienden a cancelarse y se privatizan. Ahora las juventudes se repliegan y manifiestan de manera atomizada o a través de expresiones coyunturales y efímeras, incentivadas por los temas de tendencia en las redes sociodigitales.
Aunado a lo anterior, la orfandad emocional experimentada ante la fragilidad del núcleo familiar y potenciada por la alienación propia de la mercantilización de la vida social, hacen de amplios sectores de las juventudes presas de una sociedad sin alternativas y envuelta en crisis recurrentes. Fenómenos como la desigualdad social, la pobreza y las violencias recrudecen ese panorama.
Tristeza, bajo autoestima, ansiedad, depresión, psicosis, Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), trastorno disocial, trastornos alimenticios como la bulimia nerviosa y la anorexia nerviosa, son estados de ánimo y trastornos mentales que afectan a los jóvenes y que se ahondan con la desatención familiar y con la sobreinformación/desinformación propia de la plaza pública digital. Las autolesiones –ante la inconformidad con el cuerpo, el dolor y las frustraciones– y el suicidio completan el cuadro como medidas extremas entre no pocos jóvenes. Cabe puntualizar que con la pandemia del COVID-19 se aceleraron varios de estos padecimientos mentales entre los jóvenes a causa del confinamiento global.
Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), durante el año 2025 el suicidio fue la tercera causa de muerte entre jóvenes cuya edad transcurre entre los 15 y los 29 años. En tanto que se estima que uno de cada siete jóvenes entre los 10 y los 19 años experimentan trastornos mentales ().
En este escenario contextual nada halagador para los jóvenes resurge el fenómeno de los therians, magnificado por redes sociodigitales como YouTube, Instagram y TikTok. Lo therian o teriantropo está dado por un desdoblamiento de la personalidad donde los individuos se identifican –a escala emocional o espiritual– o se conectan internamente con algún animal como los gatos, los perros, zorros, llamas o lobos, de tal manera que esos jóvenes realizan movimientos en cuatro patas (quadrobics) y actúan o emiten sonidos –gruñidos o aullidos– como el animal elegido y representado con una máscara artesanal, colas o disfraces. Esta práctica tiene su origen en la década de los noventa en Estados Unidos y se le nombra a partir de la voz therianthropy y remite a la experiencia espiritual para transformarse en animal vía ese vínculo interior.
Aunque se trata de un comportamiento o de una forma de percibir y contactar con el mundo y se define a través de la imitación del comportamiento animal y la vivencia interna de identificación, el fenómeno pone sobre la mesa el tema de las identidades de las juventudes. Se trata de una subcultura con la cual los jóvenes –regularmente entre los 15 y los 23 años– pretenden construir comunidad y que podría entenderse como parte de una acción juvenil que pretende manifestar algún menaje ante los limitados o caducos cauces de la vida política e institucional convencional, en el contexto de un capitalismo capaz de desestructurar las identidades.
Como vivencia interna del individuo, el fenómeno therian no es una enfermedad mental, siempre y cuando en su conciencia reconozca ser humano y no muestre delirios en ese práctica. Sin embargo, quienes se acercan a ese fenómeno tienen problemas para asimilar normas sociales rígidas y se sitúan en los linderos de los instintos. Lo therian también puede asumirse como un mecanismo de defensa para encarar la falta de reconocimiento y validación social, las vivencias traumáticas o las fragilidades emocionales. Como existen esas carencias, entonces los jóvenes activan otros mecanismos –que pueden rayar en la fantasía– para labrar su identidad. Sin embargo, en el contexto del colapso civilizatorio contemporáneo y de un capitalismo que cercena las identidades, los jóvenes buscan construir un sentido a su existencia ante una crisis de identidad que no es tratada. A su vez, en medio de la incertidumbre contemporánea los jóvenes pretenden esquivar la vulnerabilidad, el sufrimiento, el miedo, la baja autoestima y la carencia de sentido de pertenencia a un mundo regido por el caos, las conflictividades y extremas desigualdades globales.
Lo therian es un mecanismo para desconectarse de la realidad en aras de evadir el rechazo, la segregación, las presiones sociales y las inseguridades respecto a su apariencia física o su entorno. Entonces se busca una comunidad que valide que no es un ser humano ese individuo, sino un animal que no tiene la necesidad de saber o de explicar quién es.
Se trata pues de un fenómeno identitario y de conexión con la realidad, acentuado por un capitalismo digital alienante que extrema el individualismo hedonista y hace del sufrimiento una divisa cotidiana. Solo la construcción de otros sentidos y de alternativas de sociedad, así como la resignificación de las instituciones alejará a las juventudes de los abismos y de ser los náufragos principales del colapso civilizatorio contemporáneo.