"La miseria es nuestra, la riquesa es ajena". OA

Análisis. La "maniobra de Delcy", vista desde la perspectiva de la teoría de la dependencia y la crítica histórica venezolana

Martes, 17/02/2026 05:37 AM

  1. La construcción discursiva de una analogía histórica

El artículo de Jorge Maduro representa un ejercicio retórico que busca legitimar la política económica del Gobierno Bolivariano en 2026 mediante la invocación de una de las figuras más icónicas del pensamiento revolucionario: Vladímir Lenin y su Nueva Política Económica (NEP) de 1921. El argumento central sostiene que la Ley de Hidrocarburo y la denominada "maniobra de Delcy" constituyen un "repliegue necesario" —un paso atrás táctico para avanzar estratégicamente por el líder soviético después de la guerra civil prolongada. Esta justificación, aparentemente fundamentada en precedentes históricos sólidos, merece un análisis riguroso que desenmascare sus falacias estructurales y demuestre por qué la comparación resulta no solo históricamente inadecuada, sino teóricamente contraproducente para comprender la realidad venezolana contemporánea.

La pretendida analogía constituye un ejercicio de mistificación política que omite diferencias estructurales fundamentales entre la Rusia de 1921 y la Venezuela de 2026. Mientras la Unión Soviética buscaba construir fuerzas productivas desde una base agraria semifeudal devastada por la guerra, Venezuela cuenta con casi un siglo de historia petrolera que ha configurado una estructura económica específicamente dependiente. La teoría de la dependencia, desarrollada por pensadores latinoamericanos como Fernando Henrique Cardoso, Enzo Faletto, André Gunder Frank y el propio Orlando Araujo, ofrece las herramientas analíticas necesarias para demostrar que la "maniobra de Delcy" no representa un avance táctico hacia el socialismo, sino más bien una profundización del modelo rentístico extractivista que ha caracterizado a Venezuela desde las primeras concesiones petroleras de principios del siglo XX.

Este análisis procederá inicialmente a establecer los fundamentos teóricos de la dependencia y el desarrollo asociado-dependiente, para posteriormente examinar la crítica específica de Orlando Araujo al modelo concesionario venezolano. Posteriormente, se realizará una comparación estructural sistemática entre la Rusia leninista y la Venezuela actual, demostrando las inconsistencias de la analogía propuesta. Finalmente, se concluirá con una evaluación crítica que revele la verdadera naturaleza de la política implementada bajo el discurso de la "nueva política económica bolivariana".

II. La teoría de la dependencia: Fundamentos teóricos para el análisis

La teoría de la dependencia constituye un marco analítico desarrollado en América Latina durante las décadas de 1960 y 1970 que busca explicar las causas estructurales del subdesarrollo en la región. A diferencia de las interpretaciones convencionales que atribuían el atraso de los países latinoamericanos a deficiencias internas culturales, institucionales o de capital humano, los teóricos de la dependencia argumentaron que el subdesarrollo era precisamente el resultado de la forma específica en que estas economías se habían integrado al capitalismo mundial desde el período colonial y, especialmente, durante la expansión del capitalismo industrial en los siglos XIX y XX.

Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, en su obra seminal "Dependencia y desarrollo en América Latina" (1969), introdujeron el concepto de "desarrollo dependiente asociado" para caracterizar situaciones específicas donde la inversión extranjera facilitaba una intensa expansión económica, pero generaba simultáneamente estructuras productivas orientadas hacia afuera que reproducían las condiciones de dependencia . La tesis central de estos autores sostiene que la dependencia no se contrapone necesariamente al desarrollo en términos absolutos; sin embargo, el tipo de desarrollo que emerge de las situaciones de dependencia asociada presenta características específicas que lo distinguen del desarrollo autónomo: es concentrador, excluyente y vulnerable a las fluctuaciones del mercado mundial.

La innovación teórica de Cardoso y Faletto consistió en analizar la dependencia no como una "variable externa" impuesta automáticamente sobre las economías locales, sino como un fenómeno que se internaliza a través de las relaciones entre los grupos sociales internos y el capital internacional. Como señalan los autores, "la dependencia es la consecuencia de cómo las economías subdesarrolladas se vincularon al mercado mundial". Esta formulación permite comprender cómo las élites locales se constituyen en socios del capital foráneo, generando una estructura de poder que perpetúa las condiciones de subordinación económica incluso aparente independencia política.

André Gunder Frank, otro teórico fundamental de esta corriente, desarrolló la tesis del "desarrollo del subdesarrollo", argumentando que el capitalismo metropolitano había generado y perpetuado el subdesarrollo en la periferia no a pesar de su expansión, sino precisamente a través de ella. Según Frank, las economías de enclave exportador creaban estructura metropolitanas-satélite donde el excedente económico era apropiado por los centros de poder mundial, dejando atrás economías locales incapaces de generar procesos acumulativos autónomos. Esta perspectiva resulta particularmente relevante para comprender la historia económica venezolana, donde la renta petrolera ha sido históricamente capturada por consorcios extranjeros antes de la nacionalización de 1976 y, como demuestran los acontecimientos recientes, vuelve a ser objeto de apropiación por parte del capital transnacional.

Theotonio dos Santos, complementando estas perspectivas, señaló que el modelo de desarrollo dependiente asociado incrementaba las inversiones extranjeras sin generar el desenvolvimiento autosustentado característico de las economías avanzadas. La crítica fundamental radica en que la penetración del capital foráneo no solo no resuelve las tensiones inherentes al subdesarrollo, sino que las intensifica y las hace estructuralmente irreversibles bajo las condiciones actuales del sistema capitalista mundial. Esta observación resulta crucial para evaluar las promesas de la Ley de Hidrocarburo de 2026: la invitación a las empresas multinacionales no parece generar un desarrollo autónomo, sino profundizar las estructuras de dependencia que han caracterizado a Venezuela desde sus primeros años como exportador de petróleo.

III. Orlando Araujo y la crítica al al modelo concesionario venezolano

Orlando Araujo, en su obra fundamental "Venezuela violenta" (1968), desarrolló una crítica aguda a la estructura económica venezolana que resulta indispensable para analizar los acontecimientos actuales. Araujo comprendió que el petróleo había transformado radicalmente la sociedad venezolana, creando una configuración histórica sin precedentes en América Latina: un país que había transitado violentamente de una economía agropecuaria a una economía petrolera en pocas décadas, sin haber experimentado previamente un proceso de industrialización sostenida que generara una burguesía nacional autónoma.

La tesis central de Araujo puede resumirse en su célebre formulación: "La miseria es nuestra, la riqueza es ajena". Esta expresión captura la esencia del modelo económico venezolano, donde la burguesía local se constituyó no como una clase independiente productivo, sino como intermediaria del capital extranjero, apropiándose de una porción de la renta petrolera mientras el grueso del excedente era apropiado por las compañías concesionarias. El escritor Subrayó que la estructura económica venezolana había generado una "burguesía parasitaria" que no tenía interés en el desarrollo de fuerzas productivas nacionales, sino únicamente en la captura de la renta rentista.

Lo que hace especialmente relevante el análisis de Araujo para el contexto actual es su demostración de cómo el sistema de concesiones petroleras —el mismo modelo que ahora se pretende reinstaurar bajo el eufemismo de "asociaciones estratégicas" o "socios operadores"— había configurado una estructura de poder donde el Estado venezolano, más que propietario del recurso, se convertía en un rentista pasivo que recibía una porción de los beneficios generados por el capital foráneo. Las compañías petroleras controlaban la tecnología, los mercados, la gestión administrativa y, fundamentalmente, las decisiones estratégicas sobre la producción y los precios. El Estado venezolano, a pesar de su aparente soberanía sobre el subsuelo, ejercía un control meramente nominal sobre el recurso que teóricamente le pertenecía.

La crítica de Araujo adquiere especial relevancia cuando se considera que la nacionalización de 1976, conocida como la " Apertura Petrolera", fue presentada como la solución definitiva al problema de la dependencia petrolera. Sin embargo, la evolución posterior demostró que la nacionalización formal no resolvió las estructuras fundamentales de dependencia: el Estado rentista siguió dependiendo de los mercados mundiales y de la tecnología de las multinacionales, mientras que la industria nacional nunca desarrolló capacidades tecnológicas o industriales autónomas. La actual Ley de Hidrocarburo, al permitir nuevamente la participación mayoritaria de empresas extranjeras en la operación directa de los campos petroleros, representa no una innovación revolucionaria, sino un regreso al modelo pre-nacionalización que Araujo crítica y sabiamente analizó.

Resulta significativo notar que la comparación entre las "asociaciones" propuestas en 2026 y las concesiones históricas no es una invención de los críticos del gobierno, sino una observación que el propio Orlando Araujo anticipó: la cooperación económica con el imperialismo, independientemente de cómo se denomine, siempre termina subordinando los intereses nacionales a los del capital foráneo. La "maniobra de Delcy", lejos de representar una táctica leninista de avance estratégico, constituye precisamente el tipo de "cooperación" que Araujo considero como inherentemente subordinante.

IV. La falacia histórica: Rusia soviética versus Venezuela rentista

La analogía propuesta por Jorge Maduro y el Gobierno Bolivariano de 2026 constituye un ejemplo paradigmático de lo que podría denominarse "historicismo selectivo": la invocación de un precedente histórico convenientemente descontextualizado para legitimar políticas que nada tienen que ver con el original histórico. Para demostrar esta falacia, es necesario examinar sistemáticamente las diferencias estructurales entre la Rusia de 1921 y la Venezuela de 2026, así como las naturalezas fundamentalmente distintas de sus respectivas políticas económicas.

La Nueva Política Económica fue implementada por Lenin en 1921 en un contexto histórico específico: tras siete años de conflicto bélico (Primera Guerra Mundial más Guerra Civil rusa), la economía soviética se encontraba devastada. La producción industrial representaba apenas el 12% de la de 1913, mientras que la cosecha agrícola era menor a la mitad de la media prebélica. El colapso monetario había llevado al trueque generalizado y la economía funcionaba mediante el sistema del "comunismo de guerra", donde toda la producción agrícola e industrial era requisada forzosamente para sostener el esfuerzo bélico. La rebelión de Kronstadt en la primavera de 1921, con marinos sublevados exigiendo "soviéticos libres", y las graves sublevaciones campesinas que amenazaban la supervivencia del régimen, obligaron a Lenin a reconocer que el modelo de expropiación total había fracasado catastróficamente.

En este contexto, la NEP representó un cambio fundamental de estrategia: permitir elementos de capitalismo de Estado —mercado libre, inversión privada, concesiones a extranjeros— con el objetivo explícito de reconstruir las fuerzas productivas destruidas por la guerra. Como explicó Lenin, se trataba de "construir el socialismo con manos capitalistas" . La paradoja ideológica era consciente: Lenin reconocía la contradicción con el marxismo ortodoxo, pero afirmaba que no existía otro camino para desarrollar una economía arruinada. Crucialmente, Lenin consideró que este camino debería seguirse "no siglos, pero sí generaciones", indicando que no se trataba de un retroceso temporal, sino de una estrategia de largo plazo.

La comparación con la Venezuela de 2026 revela diferencias estructurales que hacen la analogía no solo inexacta, sino completamente inaplicable. En primer lugar, mientras Rusia en 1921 era una sociedad agraria que buscaba industrializarse, Venezuela en 2026 es una sociedad hiperurbanizada con casi un siglo de dependencia petrolera a sus espaldas. La Unión Soviética buscaban construir capacidades productivas; Venezuela, según la lógica del discurso oficial, busca "recuperar" una capacidad productiva que supuestamente perdió por el bloqueo y las sanciones. Esta diferencia es fundamental: la NEP soviética apuntaba a la creación de fuerzas productivas donde no existían; la "maniobra de Delcy" busca atraer capital extranjero para operar recursos que ya existen y que teóricamente están bajo control estatal.

En segundo lugar, y quizás más importante, Lenin mantuvo un control absoluto sobre los "puestos de mando" de la economía: la banca, el comercio exterior, la gran industria y la tierra permanecían bajo control estatal riguroso. La NEP permitía capitalismo en la industria ligera y la agricultura, pero la economía estratégica permanecía bajo control del Estado proletario. En contraste, la Ley de Hidrocarburo de 2026 permite que empresas extranjeras —incluyendo las estadounidenses Chevron, la italiana Eni, la española Repsol y otras— obtengan el control operativo de los campos petroleros venezolanos. La diferencia es sustancial: mientras Lenin atraía capital para que operara bajo reglas establecidas por el Estado soviético, el gobierno venezolano parece estar cediendo el control operativo a empresas cuyas prioridades son los beneficios para sus accionistas, no el desarrollo de las fuerzas productivas venezolanas.

En tercer lugar, el contexto geopolítico era radicalmente diferente. La Rusia soviética de 1921 estaba rodeada de enemigos, aislada del capitalismo mundial, y buscaba sobrevivir en un ambiente de hostilidad total. Lenin permitió concesiones a empresas occidentales específicamente para obtener tecnología y conocimiento técnico que no tenía otra forma de adquirir. Venezuela en 2026, por el contrario, aunque enfrenta sanciones, mantiene vínculos comerciales con múltiples actores globales, incluyendo China, Rusia, Turquía y otros países que no han condicionado su cooperación a la entrega del control operativo del petróleo. La afirmación de que no hay otra alternativa que ceder a las multinacionales no resiste el análisis comparado.

V. El "desarrollo asociado-dependiente" y la nueva ley de hidrocarburos

La teoría de la dependencia permite comprender que la Ley de Hidrocarburo de 2026 representa no una ruptura con el modelo rentístico tradicional, sino su profundización bajo una nueva forma. El concepto de "desarrollo dependiente asociado" de Cardoso y Faletto resulta particularmente iluminador para analizar las implicaciones de esta legislación. Según este enfoque, las inversiones extranjeras pueden generar crecimiento económico cuantitativo, pero producen estructuras productivas que reproducen y profundizan la dependencia.

La Ley de Hidrocarburos, según rezan sus proponentes, tiene como objetivo principal atraer inversión extranjera para "transformar la deteriorada industria petrolera" venezolana . Los defensores del argumento de Maduro señalarían que esto representa un "retroceso táctico" similar a la NEP: permitir temporalmente la participación del capital para luego, una vez fortalecidas las fuerzas productivas, retomar la ofensiva revolucionaria. Sin embargo, esta interpretación ignora varias consideraciones fundamentales que la teoría de la dependencia ha documentado extensamente.

Primero, el modelo de "asociaciones" propuesto reproduce la estructura histórica de las concesiones que Orlando Araujo tan AGUDAMENTE analizó. Las cinco petroleras beneficiadas con permisos para operar en Venezuela —Chevron, Eni, Repsol y otras— son precisamente las mismas empresas que controlaron la industria petrolera venezolana antes de la nacionalización de 1976. La diferencia es únicamente nominal: en lugar de "concesionarias" que operan bajo contratos de servicio, ahora serán "socias operadores" bajo la nueva legislación. La estructura de apropiación del excedente, sin embargo, permanece fundamentalmente inalterada: las empresas extranjeras capturan la mayor parte del valor generado, dejando al Estado venezolano una porción de la renta.

Segundo, la teoría de la dependencia ha demostrado que el "desarrollo" generado por el capital foráneo es estructuralmente diferente del desarrollo autónomo. Como señala Theotonio dos Santos, este modelo "incrementaba inversiones sin repetir el desenvolvimiento autosustentado de economías avanzadas". La experiencia latinoamericana demuestra que los países que dependieron del capital extranjero para su desarrollo nunca lograron construir capacidades tecnológicas o industriales propias; siempre permanecieron subordinados a los centros de decisión externos. No existe ningún caso en la historia donde un país haya alcanzado la soberanía económica mediante la asociación con multinacionales del mismo sector que lo había mantenido dependiente.

Tercero, la premisa de que el Estado venezolano mantiene el "control de los puestos de mando" —la banca, el comercio exterior, la gran industria— no se corresponde con la realidad de la Ley de Hidrocarburos. El control nominal del subsuelo, que la Constitución de 1999 supuestamente garantiza, se vuelve irrelevante cuando empresas extranjeras controlan la operación directa de los campos petroleros, las decisiones técnicas sobre producción, y los canales de comercialización. El Estado venezolano, bajo el nuevo esquema, se convierte nuevamente en un rentista pasivo que recibe una porción de la renta, mientras las decisiones estratégicas son tomadas por actores cuyas prioridades son los mercados globales, no el interés nacional.

VI. La crítica de Orlando Araujo aplicada al contexto actual

La aplicación de las categorías analíticas de Orlando Araujo al contexto de 2026 revela continuidades históricas profundas entre el modelo concesionario del siglo XX y la "nueva" legislación. Araujo señaló que la burguesía venezolana se había constituido en asociación con el capital extranjero, no como clase nacional independiente. Esta burguesía "parasitaria", como él la denominó, no tenía interés en el desarrollo de capacidades productivas nacionales, sino únicamente en la apropiación de una porción de la renta petrolera. La estructura de poder que surgió de este proceso generó una dinámica donde "la miseria es nuestra, la riqueza es ajena".

La "maniobra de Delcy" representa, desde la perspectiva de Araujo, no una ruptura con este modelo, sino su reproducción bajo una nueva forma jurídica. Las "asociaciones estratégicas" con empresas petroleras multinacionales recrean la estructura de dependencia que él identificó: el capital foráneo aporta tecnología, gestión y acceso a mercados; el Estado venezolano aporta el recurso; los beneficios se comparten, pero las decisiones estratégicas permanecen bajo control foráneo. La burguesía local, sea oficialista u oposicionista, se beneficia de las migajas de esta relación, mientras la estructura fundamental de dependencia se perpetúa.

Resulta particularmente irónico que el argumento de Maduro invoque a Lenin, quien específicamente luchó contra las concesiones que cedieran control estratégico a capital extranjero. Lenin permitía pequeñas concesiones para obtener tecnología, pero siempre bajo el control estatal más riguroso de los sectores estratégicos. La NEP fue criticada internamente por compañeros bolcheviques que la consideraron una capitulación al capitalismo; Lenin respondió que no había alternativa dado el nivel de destrucción de la economía rusa. En Venezuela de 2026, la destrucción no es resultado de una guerra civil que haya paralizado la producción; es resultado de décadas de mala gestión, corrupción, y decisiones políticas que diezmaron la capacidad productiva nacional. La comparación con la NEP, por tanto, no solo es históricamente inexacta, sino que invierte la lógica del argumento: Lenin cedía temporalmente para reconstruir; el gobierno venezolano cede permanentemente para entregar.

Araujo también argumentó que la violencia en Venezuela —de ahí el título de su obra— tenía raíces profundas en la estructura económica dependiente. La competencia por la renta petrolera generaba conflictos entre facciones de la burguesía, entre el Estado y la sociedad, entre regiones productoras y regiones marginalizadas. La "cooperación" con el capital foráneo, que el artículo de Maduro justifica, es precisamente el mecanismo que Araujo identificó como generador de violencia y frustración nacional. La diferencia es que en los años 1960 esta dependencia se ejercía bajo la hegemonía estadounidense; ahora se ejerce bajo la apariencia de "antiimperialismo" mientras se entrega el petróleo a las mismas multinacionales occidentales.

VI. Conclusiones: La verdadera naturaleza de la "maniobra de Delcy"

El análisis desarrollado demuestra que la analogía entre la Nueva Política Económica de Lenin y la Ley de Hidrocarburo de 2026 constituye una falacia histórica que oculta una realidad más compleja y preocupante. La teoría de la dependencia, particularmente los desarrollos de Cardoso, Faletto, Dos Santos y Gunder Frank, permite comprender que la "maniobra de Delcy" no representa un "retroceso táctico" hacia el socialismo, sino más bien una profundización del modelo rentístico extractivista que ha caracterizado a Venezuela desde las primeras concesiones petroleras del siglo XX.

Orlando Araujo anticipó con notable precisión la dinámica que hoy se reproduce: la "cooperación" con el capital foráneo, independientemente de cómo se denomine, siempre termina subordinando los intereses nacionales a los del capital transnacional. La experiencia histórica demuestra que ningún país ha alcanzado la soberanía económica mediante asociaciones con las mismas multinacionales que lo mantuvieron dependiente. El desarrollo autónomo requiere capacidades tecnológicas, industriales y de gestión construidas internamente, no importadas mediante la cesión del control de los recursos naturales.

La comparación estructural entre la Rusia de 1921 y la Venezuela de 2026 revela diferencias fundamentales que hacen la analogia no solo inaplicable, sino contraproducente para comprender la realidad. Lenin permitió capitalismo en sectores no estratégicos para reconstruir una economía devastada por la guerra; el gobierno venezolano entrega el control operativo del recurso estratégico por excelencia —el petróleo— a empresas multinacionales. Lenin mantuvo riguroso control estatal sobre banca, comercio exterior y gran industria; la Ley de Hidrocarburo cede precisamente ese control operativo que Lenin tan celosamente protegió.

La "maniobra de Delcy", vista desde la perspectiva de la teoría de la dependencia y la crítica de Orlando Araujo, representa un retorno al modelo pre-nacionalización de concesiones, esta vez bajo el ropaje discursivo de la "pragmática revolucionaria" y la "supervivencia del Estado proletario". La invocación de Lenin para justificar esta política constituye no solo un error histórico, sino una mistificación que busca legitimar mediante la asociación con figuras icónicas de la izquierda una política que profundiza la dependencia económica de Venezuela. Como habría dicho el de Crónicas de Caña y Muerte, "la miseria sigue siendo nuestra, la riqueza ajena"; solo cambian los nombres de los beneficiarios y las formas jurídicas de la dependencia.

En una próxima entrega le estaremos ampliando los elementos estructurantes de lo que debiera hacer una verdadera ley de Hidrocarburos con criterios nacionalistas, con la apertura al capital privado nacional e internacional en la total cadena productiva petrolera, tal como ha sido diseñada por países como Brasil, Noruega (con su fondo petrolero )y países asiáticos como Malasia e Indonesia.

Dicha ley con criterios nacionalistas no es la que excluye al capital privado, sino la que establece un tablero de juego donde el Estado fija las reglas, fiscaliza el juego y se asegura de llevarse la mayor parte del premio, mientras que los jugadores privados compiten para ganar, invirtiendo su capital y tecnología. La clave está en el diseño institucional y fiscal, no en el monopolio estatal, que ha demostrado ser una vía segura hacia el colapso productivo.

Referencias bibliográficas:

  1. Cardoso, F. H., & Faletto, E. (1969). *Dependencia y desarrollo en América Latina*. México: Siglo XXI Editores.

  2. Araujo, O. (1968). *Venezuela violenta*. Caracas: Colección Venezuela y su Petróleo.

  3. Dos Santos, T. (1970). "The Structure of Dependence". *American Economic Review*, 60(2), 231-236.

  4. Frank, A. G. (1967). *Capitalism and Underdevelopment in Latin America*. New York: Monthly Review Press.

  5. Lenin, V. I. (1921). "The Tax in Kind (On the Significance of the New Economic Policy)". Disponible en archivo histórico del Lenin Interneht Archive.

 

joseruif@yahoo.com

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