En el cambiante panorama ideológico del siglo XXI, asistimos a un terremoto conceptual que redefine los ejes del conflicto político. Desde el colectivo Cultura Popular, celebramos un síntoma de salud intelectual: una parte de la izquierda española está despertando de su sueño dogmático para abrazar una conciencia de izquierda nacional. Este despertar implica rechazar la tramposa ecuación que identifica internacionalismo con globalismo, cuando son términos no solo distintos, sino antagónicos. El internacionalismo auténtico presupone la existencia de naciones libres y soberanas que establecen lazos de solidaridad; el globalismo, por el contrario, es la ideología que disuelve esas naciones en el espacio abstracto del capital financiero transnacional.
Como acertadamente ha planteado Genís Plana en las páginas de El Viejo Topo, la pugna fundamental de nuestra época ha dejado de ser la clásica entre izquierdas y derechas. Esta distinción, antaño vertebradora, se ha ido volviendo obsoleta ante la ofensiva del pensamiento único. La verdadera línea divisoria se traza hoy entre liberalismo (en todas sus variantes, ya sea neoliberalismo económico o liberalismo progresista en lo cultural) y soberanismo . Esta tesis, largamente desarrollada por pensadores como Alain de Benoist, Costanzo Preve, Diego Fusaro o Carlos X. Blanco, nos ofrece una brújula para navegar la complejidad del momento: el enemigo principal no es ya una derecha tradicional, sino una oligarquía cosmopolita que utiliza el Estado para desmantelar los derechos de los pueblos .
Lo que queda de la izquierda con vocación transformadora debe asumir una premisa ineludible: no hay anticapitalismo posible sin la existencia previa de un sujeto popular-nacional. Esta es la tesis central que Manuel Monereo lleva años desarrollando con lucidez en sus numerosos artículos y libros . La globalización neoliberal ha demostrado que el capital no tiene patria, pero los trabajadores sí. Cuando el capital deslocaliza, cuando impone tratados de libre comercio que están por encima de las constituciones nacionales, lo que busca es destruir precisamente ese dique de contención que es el Estado-nación para oponer resistencia . Por ello, la tarea histórica de una izquierda consecuente no es abjurar de la nación, sino reapropiarse del Estado, desalojando del mismo a la oligarquía que lo ha capturado.
Este proceso de reapropiación implica democratizar todos los resortes del poder e instaurar una auténtica democracia económica. Pero para ello es condición necesaria la existencia y la potencia de ese sujeto nacional-popular. Un pueblo consciente de sí mismo, de su historia, de su cultura y de su identidad es el único capaz de erguirse frente a los dictados de Bruselas o del Fondo Monetario Internacional. En el caso español, hablamos del Estado del Reino de España como el marco político en el que se debe librar esta batalla por la soberanía. No se trata de un nacionalismo abstracto ni excluyente, sino de un patriotismo popular y republicano que defiende lo común frente a la expropiación de las élites.
De ahí se deriva una consecuencia necesaria: es preciso conservar y relanzar ese sujeto nacional-popular, y esto implica necesariamente una reflexión profunda sobre las políticas migratorias. Paula Fraga, también desde las líneas de El Viejo Topo, ha tenido el valor de plantear una revisión drástica desde una perspectiva socialista, feminista y republicana . No se trata de caer en la xenofobia, sino de evitar el recambio étnico de España. La izquierda globalista y la institucional (que son la misma falsa izquierda) han caído en una contradicción: defienden, retóricamente, la lucha de clases aquí mientras importa mano de obra barata que deprime salarios y fragmenta a la clase trabajadora, al mismo tiempo que condena a los países de origen migrante al subdesarrollo al privarles de sus fuerzas más vivas.
La ayuda a los migrantes debe realizarse in situ, en sus propias patrias, combatiendo las causas estructurales que generan la migración forzosa: el expolio neoliberal, las guerras promovidas por Occidente y la imposición de un orden económico global injusto. Los pueblos del Sur Global tienen derecho a luchar por el desarrollo de sus propias naciones, y no deben ser convertidos en una reserva de mano de obra esclavizada para sostener el estado de bienestar europeo mientras el sistema de pueblos europeo disuelve su identidad, tanto como los extra-europeos se desangran . Consentir esto no es solidaridad, es complicidad con la forma más avanzada de explotación neo-esclavista.
Además, el cambio de sujeto étnico conlleva una catástrofe civilizatoria, particularmente para los derechos de las mujeres y niñas españolas y europeas. La izquierda que se autodenomina feminista no puede mirar hacia otro lado cuando se enfrenta a la realidad de que amplias zonas de Europa están viendo retroceder derechos fundamentales de las mujeres por la imposición de costumbres patriarcales provenientes de culturas africanas y musulmanas que no han pasado por la misma historia de luchas emancipatorias. Pretender que todas las culturas son igualmente respetuosas con los derechos de las mujeres es una forma de colonialismo intelectual que pagan las más débiles .
La lucha, por tanto, se ha redefinido. No es entre izquierdas y derechas, un baile de etiquetas que ya no significa nada cuando vemos a la socialdemocracia aplicar las mismas políticas de ajuste que la derecha. La lucha es entre el pueblo y las oligarquías neoliberales; entre la soberanía popular y la dictadura de los mercados; entre la nación como comunidad de destino y el globalismo como disolución mercantil de todo vínculo humano .
En esta encrucijada histórica, El Viejo Topo tiene ante sí la oportunidad de articularse como el órgano teórico de un nuevo sujeto nacional-popular revolucionario. Sus páginas pueden y deben ser el espacio donde se forje la síntesis entre la crítica marxista de la economía política, la reivindicación de la soberanía nacional y la defensa de las raíces culturales de Europa. Solo un pueblo que sabe quién es y qué quiere defender puede aspirar a construir una sociedad poscapitalista. La tarea es ingente, pero las herramientas están sobre la mesa: el guante ha sido arrojado.