El Ocaso de las democracias: Estados Unidos atado al feudo político y al misticismo religioso

Domingo, 15/02/2026 06:14 AM

Históricamente, el poder de los imperios se ha medido por la calidad de su influencia, pero su decadencia suele anunciarse por la naturaleza de sus compañías. Hubo un tiempo en que la política exterior de la Casa Blanca se movía al ritmo de la eficiencia corporativa y el expansionismo del capital; sin embargo, ese pragmatismo parece haber cedido ante una mística mucho más oscura. Hoy, las acciones de Washington no solo se explican en las salas de juntas de las multinacionales, sino en los palacios de monarquías absolutas y en los despachos de teocracias encubiertas. Al elegir como compañeros de viaje a sectores semifeudales y fundamentalistas, Estados Unidos ha caído en una trampa dialéctica: para sostener su hegemonía, ha tenido que validar las agendas de socios que desprecian la modernidad. El resultado es un híbrido peligroso donde la tecnología de punta se pone al servicio de ambiciones medievales, y donde la potencia, en su afán por no soltar el mando, acaba pareciéndose cada vez más a aquellos con los que camina.

La tesis de este artículo revela una contradicción profunda en el ejercicio del poder contemporáneo: la mutación de una hegemonía que, en su origen, se pretendía racional y modernizadora, pero que hoy parece atrapada en una lógica de regresión. Al analizar las acciones político-militares de la Casa Blanca, se observa que el pragmatismo corporativo tradicional,  que buscaba abrir mercados y asegurar recursos para las grandes compañías, ha sido permeado, y a veces desplazado, por una amalgama de intereses que evocan eras pre capitalistas e inclusive como Israel, pre feudales. 

Esta simbiosis con socios "atrasados" social y políticamente no es un accidente, sino una necesidad de supervivencia geopolítica que termina alterando la naturaleza misma del actor principal. Es la aplicación literal del refrán, la compañía de estructuras arcaicas termina por "feudalizar" la propia política exterior estadounidense.

El caso de Venezuela es, quizás, uno de los ejemplos más ilustrativos de esta tesis, porque muestra cómo la Casa Blanca ha estado dispuesta a sacrificar el interés de sus propias "grandes compañías" especialmente las petroleras tradicionales que buscaban estabilidad y contratos claros por una agenda de intervención que termina favoreciendo a actores locales con intereses que al final se demostró que no sumaban al interés estratégico.

Mientras las corporaciones energéticas estadounidenses abogaban históricamente por una relación basada en la seguridad del suministro y la inversión técnica, la política de la Casa Blanca optó por una vía de asfixia y desestabilización que parece ignorar la lógica del mercado. En este escenario, la intervención no buscó proteger el interés corporativo racional, sino que se dejó arrastrar por las exigencias de politico regionales muy atrasados con una mentalidad de 'suma cero', más propia de un conflicto de fe o de una disputa territorial feudal que de una estrategia económica del siglo XXI. Al final, se sacrifica la presencia de las grandes compañías nacionales en el territorio, cediendo ese espacio a otros actores, solo para satisfacer una postura ideológica rígida que Estados Unidos comparte con sus aliados más regresivos."

En esta dinámica, el Estado asume un papel que parece ignorar la rentabilidad a largo plazo de sus propios sectores productivos para entregarse a una visión de "excepcionalismo" casi místico. Aquí entra en juego una advertencia crucial: estos aliados, anclados en estructuras semifeudales o teocráticas, no son meros peones pasivos. Su respuesta ante la presión de Washington es pragmática y desafiante: "Yo te apoyo, pero apóyame en mis propios objetivos". Esto genera una transferencia de prioridades donde la potencia occidental termina defendiendo agendas que son ajenas a sus valores liberales declarados y, a menudo, contrarias a los intereses de sus propias corporaciones civiles. Mientras que el capital productivo requiere estabilidad, reglas claras y una clase media consumidora, estos socios prosperan en la exclusión y el control social rígido. El resultado es un imperialismo que ya no busca expandir el progreso, sino que se conforma con administrar el caos para sostener regímenes anacrónicos.

Desde una óptica dialéctica, esta alianza representa una síntesis peligrosa. El misticismo religioso y el militarismo a ultranza se convierten en la superestructura que justifica acciones que, desde una lógica económica pura, serían irracionales. Inclusive el misticismo judío no llega a ser pre capitalista, es pre feudal, atraso puro.  No es extraño ver cómo se sacrifican rutas comerciales o se imponen sanciones que afectan a grandes compañías nacionales solo para satisfacer las demandas de socios regionales que operan bajo esos códigos de castas o dogmas religiosos. 

Esta desconexión entre la base económica y la acción política sugiere que el sistema ha entrado en una fase donde el compromiso con estructuras sociales arcaicas pesa más que el balance de ganancias. Y deja atrás todo el bagaje de liberalismo burgués, que no encuentra via de acceso a esta nueva situación internacional. 

Es, en última instancia, la evidencia de un poder que, al intentar sostener su dominio, ha terminado acompañado y socio de las formas más regresivas de gobierno con la monarquía inglesa, de Europa, Japón, Arabia Saudita, y otras también elitescos y excluyentes, ninguna busca ni la libertad ni la democracia, y agregando la impronta teológica de Israel, presente en todas las desviaciones bélicas de Estados Unidos. Se opta por una alianza con fuerzas oscuras internacionales, encadenadas a pasados feudales y religiosos, con un presente de guerras eternas, su forma para sobrevivirs y obvia que el mundo espera de Estados Unidos, democracia y Libertad, no tiranías y coacción.

 

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