Monólogos decoloniales

Política y Psicopatología vs Psicopatología y Política Monólogo decolonial imaginario sobre el poder, la vida y la mente

Viernes, 13/02/2026 05:23 AM

La historia moderna ha mostrado que la política no es solamente el arte de gobernar instituciones, sino también el arte y a veces la violencia de gobernar cuerpos, mentes y emociones colectivas. El poder ya no se limita a leyes o ejércitos: se infiltra en la subjetividad, modela deseos, fabrica obediencias y, en circunstancias extremas, normaliza la destrucción del otro. En este cruce emergen dos fórmulas de análisis de las categorías Política y Psicopatología y Psicopatología y Política que, aunque parecidas, revelan direcciones distintas de estos pares de categorías contradictorias.

Hablar de Política y Psicopatología versus Psicopatología y Política es adentrarse en un territorio fascinante pero peligroso. Es caer en la tentación de psicopatologizar la política o politizar la psicopatología del líder político o gubernamental de manera empírica y simplista. Decir que el líder es un narcisista grandioso, un psicópata mentiroso, manipulador, sin tomar en cuenta la llamada advertencia Goldwater, que éticamente prohíbe diagnosticar empírica y a distancia a la persona del líder.

La primera examina cómo las estructuras de poder pueden producir sufrimiento psíquico, trauma social y patologías colectivas. La segunda indaga cómo configuraciones psicológicas alteradas personales y grupales pueden colonizar la política, generando autoritarismo, violencia o crueldad burocrática. Entre ambas se despliega un campo fronterizo donde se diluyen las distinciones entre normalidad y patología, legalidad y barbarie, racionalidad administrativa burocrática y destrucción moral.

Las condiciones políticas estructurales generan efectos clínicos y sociales. La psicopatología no nace del sujeto aislado, sino de contextos históricos caracterizados por: violencia estructural y trauma colectivo; ansiedad social, desesperanza aprendida, depresión política, naturalización del miedo como mecanismo de control y fragmentación de los vínculos afectivos y sociales. El poder gestiona la vida, la salud y la mente mediante la regulación, disciplinamiento y la clasificación, a través de la biopolítica como tecnología del poder.

El poder también mediante la necropolítica, como tecnología del poder, decide quien debe vivir o morir, generando: pueblos sacrificables (Gaza, Palestina), territorios de abandono sanitario, guerras permanentes, incluido las biológicas y cognitivas, migrantes o pobres convertidos en vidas descartables. La psicopatología no está en la mente; está en el orden social que fabrica la muerte como política pública.

Cuando la psicopatología coloniza el poder, no es la política la que enferma al sujeto, sino la subjetividad patológica la que estructura la política, encontramos: liderazgos narcisistas o paranoides, burocracias sin empatía, ideologías rígidas que  seduce, autoexplota, desplazamiento de frustraciones personales hacia enemigos simbólicos.

La Psicopolítica como gobierno de la mente en el neoliberalismo, no prohíbe,   seduce y autoexplota. La dominación actual no impone, persuade mediante: vigilancia digital voluntaria, autooptimización constante, exigencia de rendimiento permanente y la interiorización del control.

En este artículo invitamos a un monólogo imaginario entre algunos pensadorxs más influyentes del siglo XX y XXI, quienes desde sus respectivas tradiciones teóricas han intentado comprender las complejas relaciones entre política como poder, subjetividad, salud mental, psicopatología y estructuras políticas. No se trata de una conversación real, sino de un ejercicio hermenéutico que busca tejer hilos categoriales entre perspectivas aparentemente disímiles pero profundamente conectadas en su preocupación por la condición humana en tiempos de crisis civilizatoria.

Imaginemos un espacio atemporal, una especie de ágora filosófica donde las fronteras entre la vida, la salud y la muerte, el pasado y el presente, se disuelven. Aquí, Theodor Adorno, Erich Fromm, Hannah Arendt, Michel Foucault, Achille Mbembe y Byung-Chul Han se encuentran para dialogar sobre las intersecciones entre política y psicopatología, sobre cómo el poder configura nuestra subjetividad y cómo la resistencia epistémica puede abrir caminos hacia una salud mental colectiva verdaderamente liberadora.

Theodor Adorno: La pregunta no es si un líder político presenta rasgos psicopatológicos, sino cómo la propia estructura de la sociedad autoritaria produce y selecciona personalidades patológicas para ocupar posiciones de poder. La personalidad autoritaria no es un defecto personal, sino el producto de una cultura que premia la sumisión al poder y el desprecio por el débil, emblemática es Nuestramérica, único continente conquistado, colonizado y colonializado, desde el encubrimiento en 1492, desde entonces heredamos esa cultura de sumisión al poder y al desprecio de los otros nativo, originario que por siglos han sido sunalternizados e inferiorizados.

Cuando diagnosticamos a un líder como narcisista o psicópata desde la comodidad de nuestros consultorios o laboratorios académicos, corremos el riesgo de singularizar un problema cultural y estructural. El fascismo no fue el producto de la locura de Hitler, sino de las condiciones materiales y culturales que hicieron posible su ascenso. La patología está en el sistema, no solo en el sujeto.

Erich Fromm: Concuerdo con mi colega Adorno, quisiera profundizar en la dimensión psicoanalítica de este fenómeno. El miedo a la libertad, ese escape de la libertad hacia formas de autoridad que nos liberan de la carga de pensar por nosotros mismos, es una de las dinámicas centrales de las sociedades modernas. El líder carismático-autoritario, como herencia colonial, ofrece una solución regresiva a la ansiedad existencial del ser humano contemporáneo.

Sin embargo, debemos tener cuidado con la tentación de reducir lo político a lo psicológico. El análisis psicoanalítico debe servir para comprender las dinámicas inconscientes que sustentan las estructuras de poder, no para etiquetar a los actores políticos. La ética profesional nos obliga a no diagnosticar a distancia, pero también a reconocer que la salud mental como subjetividad del ser, no puede separarse de las condiciones sociales que la producen.

Hannah Arendt: Permítanme introducir una perspectiva diferente. Mi concepto sobre banalidad del mal fue precisamente un intento de escapar de la psicologización excesiva del fenómeno totalitario. Eichmann no era un monstruo psicopático, ni un sádico despiadado. Era un burócrata común y corriente, alguien que no pensaba, no cuestionaba las órdenes, que simplemente cumplía con su deber, eso que en el mundo militar denominan la obediencia debida.

El mal más extremo, no requiere de motivaciones extremas. No es necesario ser un psicópata para participar en crímenes atroces. Basta con no pensar, con abandonar la capacidad de juicio moral, con convertirse en un engranaje de la máquina burocrática. Esta es la verdadera tragedia: el mal puede surgir de la normalidad, de la falta de reflexión, de la adhesión ciega a las normas y el fanatismo político partidista.

Por eso la advertencia Goldwater es tan importante. No se trata solo de proteger la privacidad de los líderes políticos, sino de evitar que reduzcamos fenómenos políticos complejos, complicados y cargados de incertidumbres, a patologías personales. El totalitarismo no es una enfermedad mental, es un modo de organización política que transforma radicalmente la esfera pública y privada.

Michel Foucault: Excelente punto, Hannah. Permítanme desarrollar esta línea de pensamiento desde mi trabajo sobre la biopolítica. Lo que estamos presenciando no es simplemente la acción de personajes portadores de psicopatologías, sino la emergencia de una forma de poder completamente nueva: el poder que administra la vida, que regula lo biológico, que disciplina los cuerpos y controla los pueblos. La biopolítica no es solo una tecnología del poder, es una realidad material que penetra cada aspecto de nuestra existencia. Desde la medicina hasta la educación, desde la seguridad pública hasta la economía, el Estado moderno se ha convertido en el gestor de la vida misma. Y aquí surge la paradoja: el poder que hace vivir también puede dejar morir. La distinción entre lo normal y lo patológico no es científica, es política.

Cuando hablamos de psicopatología en el contexto político, debemos preguntarnos: ¿Quién define qué es normal? ¿Quién tiene el poder de etiquetar comportamientos como patológicos? La psiquiatría, ha sido históricamente un instrumento de control social, una forma de neutralizar la disidencia patologizándola.

Achille Mbembe: Michel ha tocado un punto crucial, pero necesito expandir esta análisis hacia las colonias, hacia aquellos espacios donde la biopolítica revela su cara más siniestra: la necropolítica. En el contexto colonial y de colonialidad actual de la vida del ser, desde lo político y académico, el poder no solo administra la vida, sino que ejerce el derecho de matar con impunidad.

La colonia fue el laboratorio donde Europa experimentó con formas extremas de poder sobre la vida y la muerte. El sujeto colonial, los pueblos originarios y civilizaciones de Nuestramérica fueron reducidos a la condición de homo sacer, aquel que puede ser matado sin que ello constituya un sacrificio, ni un homicidio. Esta lógica necropolítica no desapareció con las independencias formales; se transformó, se adaptó, se volvió más sofisticada, en lo que el Grupo Colonialidad/Decolonialidad Modernidad, ha llamado Colonialidad y los genocidios actuales, como Palestina y Gaza.

Hablar de Salud Mental Colectiva Decolonial implica reconocer que el trauma colonial no es un evento pasado, sino una estructura persistente que continúa configurando subjetividades. La depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático en las comunidades hoy no son patologías personales que requieren tratamiento farmacológico, son respuestas coherentes a estructuras de violencia sistémica e histórica, que generan malestares sociales y sufrimiento psíquico colectivo en particular en comunidades vulneradas, no vulnerables, por cartografías sociales de desigualdad, injusticia y exclusión.

La frontera porosa entre política y psicopatología adquiere dimensiones particularmente agudas en el contexto geopolítico contemporáneo. Cuando un Estado contemporáneo reprime a su pueblo o la solicitud de sectores radicales de oposición piden abiertamente injerencia e invasión militar, cuando las fuerzas de seguridad internas o externas masacran ciudadanos, no estamos ante el acto de un líder loco, o un sector político radical loco, sino ante la continuidad de la lógica colonial  develada desde 1990 por Aníbal Quijano y otros autores decoloniales como colonialidad del poder, colonialidad del saber y colonialidad del ser, ahora reforzada intangiblemente por las guerras cognitivas.

Byung-Chul Han: Todos han planteado perspectivas valiosas, pero permítanme introducir una dimensión que considero crucial para comprender el presente: la psicopolítica neoliberal. Si la biopolítica foucaultiana operaba a través de la disciplina, la prohibición y el castigo, la psicopolítica neoliberal opera a través de la seducción, el rendimiento y la autoexplotación.

El neoliberalismo no necesita cárceles, ni campos de concentración visibles. Ha logrado algo mucho más sofisticado: ha convertido al sujeto en su propio explotador. El empresario de sí mismo, no necesita un amo externo porque se ha convertido en amo y esclavo simultáneamente. Se autoexplota con entusiasmo, convencido de que está realizándose, de que está alcanzando su potencial. 

La psicopatología del neoliberalismo no se manifiesta en forma de dictadores megalómanos, sino en epidemias de burnout, depresión, TDAH, disfunción eréctil. Son patologías del rendimiento, enfermedades que surgen cuando el sujeto ya no puede soportar la presión de tener que ser siempre más eficiente, más productivo, más exitoso.

La advertencia Goldwater adquiere nuevas dimensiones en este contexto. No se trata solo de no diagnosticar a distancia a los líderes políticos, sino de reconocer que la patología ya no está concentrada en figuras autoritarias externas, sino distribuida en millones de sujetos que se autoexplotan convencidos de su libertad.

Entrelazando Perspectivas

Theodor Adorno: Byung-Chul Han tiene razón en señalar la sofisticación del control contemporáneo, pero yo insistiría en que esta autoexplotación no es voluntaria en ningún sentido genuino. Es el producto de una industria cultural que ha colonizado el inconsciente, que ha transformado el deseo en un instrumento de dominación. Lo que el Filósofo venezolano Ludovico Silva, denominó plusvalía ideológica, en 1970, categoría olvidada, por científicos sociales, del comportamiento y marxistas, repotenciada por lo que Chul Han denomina psicopolítica neoliberal, la importancia digital del ser humano como dato productivo y de rendimiento. 

Erick Fromm: Precisamente aquí es donde el psicoanálisis puede contribuir. La sociedad neoliberal ha creado lo que podríamos llamar un carácter de mercado, conglomerados de seres humanos como dato, que se experimentan a sí mismos como mercancías, que valoran su existencia según criterios de rentabilidad. Esta no es una patología personal, tratable y curable con medicación, es una estructura de carácter producida por las condiciones sociales.

Hannah Arendt: Pero no debemos olvidar la dimensión política específica. Lo que me preocupa es cómo esta psicopolítica destruye el espacio público, ese ámbito donde los seres humanos pueden actuar juntos, crear algo nuevo, iniciar procesos impredecibles. Cuando todo se reduce a rendimiento, a productividad, a optimización, perdemos la capacidad de juzgar, de pensar, de actuar políticamente.

Michel Foucault: Hannah tiene razón, pero yo agregaría que el neoliberalismo ha creado una nueva forma de gubernamentalidad. No es solo que destruye el espacio público, es que ha transformado la noción de sujeto político. El ciudadano neoliberal no es un sujeto de derechos, sino un inversor en sí mismo, un empresario que gestiona su propio capital humano.

Achille Mbembe: Esta transformación no ocurre de manera uniforme en todo el mundo. En las periferias del sistema capitalista, la psicopolítica neoliberal se articula con estructuras de dominación colonial que nunca fueron completamente desmanteladas por lo menos en la experiencia africana. El sujeto colonial y colonializado enfrenta una doble carga: la presión del rendimiento neoliberal y la violencia estructural de la herencia colonial.

Byung Chul Han: Achille señala algo crucial: la necesidad de una perspectiva que articule estas diferentes formas de dominación. La psicopolítica no reemplaza a la biopolítica ni a la necropolítica; se articula con ellas, creando configuraciones híbridas de poder. En algunos contextos, la seducción psicopolítica es predominante; en otros, la violencia necropolítica sigue siendo central.

Similitudes y diferencias entre ambas categorías

Aspecto

Política → Psicopatología

Psicopatología → Política

Dirección causal

Estructura produce sufrimiento

Subjetividad patológica produce dominación

Enfoque

Sistémico-social

Individual-colectivo

Marco teórico

Foucault, Mbembe

Arendt

Tipo de daño

Trauma estructural

Crueldad burocrática

Ejemplo

Guerra, precariedad, exclusión

Obediencia ciega, tecnocracia burocrática deshumanizada, fanatismo partidista.

 

Límites fronterizos

El límite entre ambos tipos de categorías se vuelve difuso: a) institucionalización del cinismo, cuando el trauma colectivo genera indiferencia moral; b) normalización de la violencia, lo patológico se vuelve cotidiano; c) lenguaje técnico como anestesia ética, daños colaterales, ajustes, relocalización; d) autoexplotación subjetiva. el sujeto interioriza la dominación (psicopolítica). Aquí convergen biopolítica, necropolítica y psicopatología.

Ejemplos históricos y contemporáneos

  • Nazismo: banalidad del mal + necropolítica.

  • Dictaduras nuestramericanas: trauma colectivo + represión psiquiátrica, la psiquiatría como disciplina de control sociopolítico

  • Capitalismo digital: psicopolítica del rendimiento, plusvalía ideológica digital.

  • Crisis migratorias: vidas desechables (necropolítica).

Todos muestran cómo los límites entre razón política y patología moral se desdibuja.

Reflexiones finales

La distinción entre política y psicopatología no es meramente clínica, sino ética y civilizatoria. Cuando la política gestiona cuerpos sin reconocer sujetos, se vuelve biopolítica; cuando administra muertes, necropolítica; cuando captura deseos, psicopolítica y cuando la obediencia burocrática sustituye al juicio y la razón aparece la banalidad del mal.

La patología ya no pertenece a sujetos singulares, sino a formas históricas de organización del poder.

Comprender estas intersecciones permite advertir que la Salud Mental Colectiva es también un problema político, y que la democracia no solo requiere instituciones, sino conciencia crítica, empatía y responsabilidad moral.

Sin ellas, el mal no grita: trabaja en silencio, firma formularios y llama normalidad a la destrucción.

Estimado lector, le invitamos a comparar la situación actual de nuestra Patria, luego del 3 enero de 2026, haga sus reflexiones introspectivas con justicia, equilibrio y ética socialista, argumente su comportamiento y posición política.  

 

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