Quizás seré redundante, pero quiero de nuevo expresar lo que pienso de la triste situación en que se encuentra Venezuela en la actualidad, luego de haber sufrido la contingencia más trágica y peligrosa para su existencia, desde que somos efectivamente una república. No pretendo hacer un análisis exhaustivo ni definitivo, sino hacer conocer unas opiniones muy personales, teñidas de sentimientos encontrados y limitadas por el desconocimiento en profundidad de estos hechos. Pero, hechas con total sinceridad y crudeza.
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Siempre dije que quería para Venezuela el mismo grado de soberanía que los países poderosos reclamaban para sí mismos, con lo cual dejaba claro que consideraba que, ni siquiera en nuestros mejores momentos, disfrutamos de una soberanía plena. Siempre estuvimos maniatados por la hegemónica potencia de nuestro continente, la más poderosa y agresiva del mundo. Nuestra historia ha sido un lento, continuo, sigiloso y sutil batallar contra esas nefastas ligaduras.
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Nuestros gobiernos pasados, unos más y otros menos, tomaron acciones que lentamente fueron conquistando más y más espacios independientes y soberanos, de los cuales, la llamada nacionalización petrolera y la creación de PDVSA hechas por Carlos Andrés Pérez estuvieron entre las más importantes conquistas. Se actuó con paciencia, sin aspavientos ni conductas retadoras altisonantes, con inteligencia, en función de la independencia de la nación.
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Quienes les sucedieron no han debido dejarse seducir con la “renta” petrolera, sino dirigir su inversión a la creación de una educación avanzada de calidad, el crecimiento nacional de las ciencias y la tecnología y el progreso petroquímico y de la química orgánica industrial. La conquista de la soberanía no se puede dar con una población ignorante y escasamente preparada para el trabajo, ni con un empresariado sin conciencia patriótica ninguna.
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El desenlace de las luchas políticas internas, que existen en todas las naciones del mundo, depende de las fuerzas de los bandos enfrentados y de las formas en que se usen las mismas, por lo que siempre ambos protagonistas serán los responsables del resultado. En nuestro caso, la situación actual de subyugación ante EEUU es responsabilidad de quienes gobiernan, por un lado, y de quienes asumieron la destrucción del país como arma política, por el otro, sin que esta afirmación desconozca el papel fundamental de los intereses de los grandes imperios, quienes imponen por la fuerza el destino a los más débiles.
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Quienes gobiernan tienen que reconocer que las luchas extremas llevadas adelante durante estos 27 años, han dejado a muchos compatriotas muertos y lesionados, física y mentalmente, en ambos grupos contendientes. Es cierto, que los opositores violentos intransigentes no han dejado de conspirar ni de agredir al gobierno desde el momento mismo que tomó posesión en 1999; jamás aceptaron su derrota ni mantuvieron la práctica democrática de los 40 años anteriores. Asumieron la vía de imponerse por la fuerza; los hechos lo demuestran desde 2001 y 2002.
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Pero esa conducta se sabía que ocurriría y se tenía que estar preparado para enfrentarla y derrotarla con inteligencia, en el marco democrático constitucional, con respeto absoluto de la ley, de los DDHH y del debido proceso judicial. Se sabía también que las agresiones del imperialismo estadounidense aparecerían y se intensificarían cada vez más, en la medida que el gobierno chavecista se fortaleciera internamente y el poder hegemónico estadounidense en el mundo se resquebrajara. No se supo enfrentar este reto.
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Hoy, somos una nación coaccionada por la potencia mundial más poderosa, que no tiene escrúpulos para agredir en función de sus intereses. Esta realidad ha llevado a Delcy Rodríguez a dirigir la nación, según sus propias palabras con miras a resistir la arremetida imperial y enfrentarla por la vía pacífica y diplomática, como única posible forma de hacerlo. Este reto necesita de una gran unidad nacional, la cual es imposible mientras no comiencen a sanar las heridas generadas por los enfrentamientos de estos últimos 25 años. Gobierno y oposición tienen que dar suficientes muestras de una conducta distinta a la tenida hasta ahora.
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La estabilización del país, su crecimiento económico y el rescate de la democracia, tienen como enemigos a la impaciencia ciudadana, el rencor de grupos afectados negativamente por el gobierno y el cansancio de la gente ante estos años de violencia estéril. Pero, el mayor enemigo lo constituye el grupo violento, corrupto y apátrida, dirigido por María Corina Machado, que sólo quiere asaltar el poder y eliminar a todos los demás, pues sólo ellos tienen derecho a existir en Venezuela.