El peón contra el Gran Capital: dialéctica de la explotación imperialista

Lunes, 09/02/2026 01:21 PM

"El excepcional grado de desarrollo que el capitalismo mundial ha alcanzado en general; el remplazo de la libre competencia por el capitalismo monopolista y el hecho de que los bancos y consorcios capitalistas han preparado la maquinaria para la regulación social del proceso de producción y distribución de los productos; el crecimiento de los monopolios capitalistas que originan el alza del costo de la vida e incrementan la opresión de la clase obrera por los consorcios; los tremendos obstáculos que se interponen en las luchas económicas y políticas del proletariado; los horrores, la miseria, la ruina y la barbarie provocadas por la guerra imperialista; todos estos factores trasforman la etapa actual del desarrollo capitalista, en la era de la Revolución Socialista Proletaria".

V. Lenin. Programa del partido obrero socialdemócrata de Rusia

El tablero de ajedrez no es un mero campo de entretenimiento burgués, sino la representación geométrica y fría de la lucha de clases, un microcosmos donde se despliega la lógica implacable de la acumulación originaria y la explotación del hombre por el hombre. En esta cuadrícula de sesenta y cuatro espacios, el peón se erige como la metáfora más cruda y desgarradora de los pueblos sometidos al Gran Capital. La disposición inicial de las piezas ya prefigura la estructura de la sociedad capitalista que Karl Marx describió en El Capital: "una base ancha de productores desposeídos que sostienen, con su posición y su sacrificio, la arquitectura de un poder que no les pertenece". El peón es el proletariado global, la carne de cañón de las potencias imperialistas que, desde sus escaques de marfil, mueven los hilos de una historia escrita con la sangre de los de abajo.

A diferencia de las piezas "mayores", que gozan de una movilidad omnipotente —reflejo de la libre circulación del capital y la impunidad de las élites transnacionales—, el peón está condenado a una marcha unidireccional y restringida. No puede retroceder, porque la lógica del capital no permite el retorno a formas de vida comunitarias o pre-mercantiles; solo se le permite avanzar hacia el abismo de la producción. Como señalaba Rosa Luxemburgo en La acumulación del capital, el imperialismo necesita expandirse constantemente sobre territorios no capitalistas para sobrevivir, y en ese avance, el peón es el primero en ser sacrificado para abrir brechas en los mercados ajenos. Su vida es prescindible; su valor de uso se agota en el momento en que sirve de escudo para que la Reina (el capital financiero) o las Torres (el complejo militar-industrial) aseguren una posición estratégica.

El comportamiento del peón bajo el mando del jugador —ese ente invisible que representa la mano invisible del mercado o los intereses de la hegemonía estadounidense— es un ejercicio de alienación absoluta. El peón no lucha por su propia liberación, sino para garantizar la supervivencia del Rey, esa figura parásita que simboliza la soberanía del Estado burgués y la propiedad privada. Aquí resuena la voz de Frantz Fanon en Los condenados de la tierra: el colonizado, como el peón, es un ser para otro. Su movimiento está determinado por una voluntad ajena que lo utiliza como una pieza de cambio en el tablero de la geopolítica. Cuando un pueblo del Sur Global es empujado a una guerra civil o a una crisis de deuda externa, es simplemente un peón siendo avanzado dos casillas para probar la resistencia del adversario.

La tragedia del peón radica en su "promoción". El sistema capitalista vende la ilusión del ascenso social, la quimera de que, si el peón logra cruzar el tablero y sobrevivir a la carnicería, podrá transformarse en una pieza de poder. Es la meritocracia llevada al absurdo. Sin embargo, esta transformación no es más que la integración del elemento rebelde en la estructura de mando; el peón que se convierte en Dama no destruye el tablero, sino que se vuelve el defensor más feroz del sistema que antes lo oprimía. Vladimir Lenin, en El imperialismo, fase superior del capitalismo, advertía sobre cómo la aristocracia obrera es cooptada por las migajas del festín imperialista. El peón promocionado olvida su origen de madera humilde y comienza a ejecutar las mismas maniobras de aplastamiento contra sus antiguos compañeros de fila.

El Gran Capital subyuga el desarrollo de los pueblos mediante una esclavitud moderna que, en el ajedrez, se manifiesta en la estructura de peones doblados o aislados. Un peón aislado es el reflejo de una nación soberana que intenta romper con las cadenas; sin el apoyo de sus pares, es devorado por las piezas pesadas del enemigo. La solidaridad de clase, ese encadenamiento de peones que Marx llamaba el internacionalismo proletario, es la única defensa real. No obstante, el jugador imperialista sabe que, para dominar, debe fragmentar esa cadena, sembrando la división y la competencia entre los oprimidos, convirtiendo la lucha por la supervivencia en una guerra de todos contra todos por una casilla de subsistencia.

La estética del tablero es también una estética de la segregación. El blanco y el negro no son solo colores, sino la demarcación de un mundo bipolar donde el desarrollo de unos depende estrictamente del subdesarrollo de otros. Eduardo Galeano, en Las venas abiertas de América Latina, explicaba cómo la riqueza de la metrópoli es la causa directa de la pobreza de la periferia. En el ajedrez, la captura de un peón es una transferencia de energía y posición; la plusvalía extraída del trabajo vivo de los pueblos es lo que permite a las torres imperiales mantenerse firmes. El peón no posee el tablero, es poseído por él. Cada paso que da está mediado por la mercancía y el valor de cambio. Su libertad es una ficción geométrica: puede elegir entre morir en una casilla o ser capturado en otra, pero nunca puede abandonar el juego por su propia cuenta.

La crítica marxista nos obliga a mirar más allá de la elegancia del movimiento. Detrás de una "apertura" brillante se esconde el desplazamiento forzado de comunidades enteras para la extracción de minerales; detrás de un "enroque" se oculta la protección de paraísos fiscales mientras el pueblo llano enfrenta la austeridad. El Gran Capital trata a las naciones como casillas de paso. Si un recurso natural es necesario, el peón es movido; si un gobierno resulta incómodo, el peón es sacrificado en un gambito para desestabilizar la región. La esclavitud del desarrollo se manifiesta en esta incapacidad de decidir el propio destino. El peón no decide cuándo avanzar; es "movido" por las fuerzas macroeconómicas que escapan a su control y comprensión inmediata.

Sin embargo, el materialismo dialéctico nos enseña que dentro de la mayor opresión germina la semilla de la resistencia. El peón, a pesar de su fragilidad, es la única pieza capaz de crear una estructura que paralice a los poderosos. Un muro de peones puede detener el avance de un Rey. La historia no es un juego cerrado; es un proceso abierto de lucha. Como planteaba Antonio Gramsci, la hegemonía se construye pero también se disputa. Los pueblos sometidos, al reconocerse como los verdaderos productores de la riqueza del tablero, pueden negarse a ser movidos. La huelga general, la insurrección popular y la ruptura con las instituciones financieras internacionales son el equivalente a que los peones decidan caminar de lado, saltar las reglas o, finalmente, volcar el tablero.

El imperialismo contemporáneo ha sofisticado sus herramientas. Ya no solo mueve peones de madera, sino peones digitales y financieros. La deuda externa es la regla que mantiene al peón clavado en su sitio, impidiéndole defender su propia vida. Pero la verdad es irreductible: sin peones, el ajedrez es imposible. El capital no es nada sin el trabajo que lo valoriza. El Rey es una pieza nula sin la base social que lo sostiene. Por lo tanto, el destino de los pueblos no debe ser la promoción individual dentro de la lógica del capital, sino la destrucción del tablero mismo y la creación de un espacio donde la movilidad no sea un privilegio de clase, sino un derecho humano universal. La emancipación del peón es, en última instancia, la abolición del juego de la explotación.

La realidad de Venezuela ofrece un caso de estudio complejo y doloroso dentro de la dialéctica del tablero geopolítico. Bajo la apariencia de un discurso de resistencia, el país ha sido empujado a una forma de vulnerabilidad extrema donde el "gobierno-partido" ha terminado por gestionar la crisis mediante la entrega de soberanía y la precarización absoluta de la fuerza de trabajo. Al igual que el peón que es sacrificado en un gambito para salvar la posición de la élite, el pueblo venezolano enfrenta una "esclavitud del desarrollo" donde los recursos naturales son hipotecados y la clase obrera es sometida a condiciones de subsistencia que solo benefician la acumulación de capital transnacional, ya sea a través de las sanciones que asfixian el consumo o de las aperturas económicas forzadas que profundizan la dependencia.

En este escenario, el imperialismo estadounidense ejerce su control no solo mediante la coerción directa, sino a través de la domesticación de las estructuras de poder internas que, agotadas en su proyecto original, terminan adoptando la lógica del mercado global para sobrevivir. El peón venezolano, atrapado entre las maniobras de una dirigencia que ha burocratizado la esperanza y un asedio externo que busca el control total de sus reservas, ejemplifica la tragedia del Sur Global:

"Ser el terreno donde las potencias disputan su hegemonía mientras la base social es desposeída de su capacidad de decidir. La verdadera ruptura antiimperialista en Venezuela exigiría que el peón deje de ser una pieza en manos de la burocracia o del capital externo para reclamar el control de su propia historia, fuera de la lógica de sumisión que el tablero actual le impone".

Tribuna Popular

Referencias Bibliográficas

Fanon, F. (1961). Los condenados de la tierra. Fondo de Cultura Económica.

Galeano, E. (1971). Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI Editores.

Lenin, V. I. (1917). El imperialismo, fase superior del capitalismo. Editorial Progreso.

Luxemburg, R. (1913). La acumulación del capital. Ediciones internacionales Sedov.

Marx, K. (1867). El Capital: Crítica de la economía política. Tomo I. Siglo XXI Editores.

Nota leída aproximadamente 190 veces.

Las noticias más leídas: