Sin plan electoral, con plan insurreccional: Rememorando el sofisma del “despojo electoral” – julio 2024 en Venezuela

Martes, 27/01/2026 05:11 AM

Las elecciones, en este caso las presidenciales, no representaron el fracaso del proceso electoral, sino el fracaso reiterado de una oposición radical que insiste en buscar atajos fuera de la vía democrática.

NOTA DEL AUTOR: El presente texto es una remembranza elaborada con distancia temporal sobre las elecciones presidenciales celebradas en Venezuela el 28 de julio de 2024. No se trata de una crónica inmediata ni de un balance coyuntural, sino de una reflexión política basada en la experiencia electoral y en el análisis de los procesos organizativos que preceden y determinan cualquier resultado comicial.

Su propósito es aportar elementos para una comprensión estructural del debate poselectoral, más allá de los relatos mediáticos construidos en el fragor del momento.

Introducción

Los temas relativos a la República Bolivariana de Venezuela, su gobierno y la dirigencia chavista se mantienen siempre en la actualidad, aun cuando el tiempo parecería que los superaría. Por ese motivo vuelvo sobre el manido tema de las elecciones nacionales efectuadas el 28 de julio de 2024, en las que tuve el honor de participar como observador, al igual que en innumerables eventos anteriores y posteriores al citado, tanto en la patria de Bolívar, Chávez y Maduro como en otros países.

Lo hago porque quien tiene una mínima experiencia electoral, como es mi caso tras haber sido diputado durante catorce años, sabe que para competir y ganar unas elecciones no bastan los "millones de chaflán". Más allá de la abundancia de recursos —como los que ha tenido y tiene la oposición radical venezolana— se requiere una maquinaria partidaria motivada, movilizada y técnicamente preparada con muchos meses, o incluso años, de antelación al certamen, con todo dispuesto y previsto para el Día D.

Por lo expresado precedentemente, resulta indignante la facilidad con la que la mediática manipuladora ha logrado posicionar la idea del supuesto robo de las elecciones del 28 de julio de 2024. Sin embargo, hoy es el propio presidente Donald Trump quien implícitamente se ve obligado a reconocer que esa oposición nunca ganó esas elecciones, pues de haber sido así no se habrían diluido con tanta rapidez los millones de electores que, según la narrativa de la derecha, habrían sostenido con sus votos una victoria incontestable.

Un dato ilustrativo permite comprender la diferencia entre relato y preparación real. Las elecciones nacionales en la República Dominicana se celebrarán en mayo de 2028 y, desde ya, el expresidente Leonel Fernández —líder del partido Fuerza del Pueblo y casi seguro candidato presidencial— anunció el inicio del proceso de formación y preparación de los cuadros políticos que defenderán el voto en los centros de votación, "porque ahí es donde se gana y se pierde una elección".

Las elecciones presidenciales de julio de 2024 no representan el fracaso de un proceso electoral, sino el fracaso reiterado de una oposición que insiste en buscar atajos fuera de la vía democrática. Sin maquinaria, sin organización territorial y sin proyecto político propio, el resultado era previsible. Mientras esa lógica no se modifique, la política seguirá siendo reemplazada por el sofisma del despojo electoral.

Sin maquinaria electoral, no hay victoria electoral

La comprensión profunda de un proceso electoral de alta intensidad exige ir más allá de la simple jornada de votación y observar con detenimiento la acumulación política previa. Ninguna elección se define únicamente en el momento comicial, sino en la capacidad organizativa construida durante años de trabajo territorial sostenido, capaz de movilizar, acompañar y defender el voto en cada rincón del país de forma verificable y continua.

En el caso de la República Bolivariana de Venezuela, las elecciones presidenciales de julio de 2024 dejaron al descubierto una contradicción fundamental que fue deliberadamente ocultada por la narrativa mediática internacional. Mientras se hablaba de una supuesta victoria opositora de proporciones históricas, en el terreno concreto no existía una estructura política capaz de sostener, demostrar y defender ese resultado anunciado desde plataformas digitales.

Por tal razón, el debate no puede centrarse en cifras abstractas ni en percepciones emocionales amplificadas por redes sociales, sino en la verificación de capacidades reales. La política electoral es un ejercicio material y medible, y al contrastar organización, despliegue humano y control territorial emerge una conclusión incómoda pero inevitable: la oposición acudió a la contienda sin una estrategia electoral funcional.

La confesión del plan insurreccional

Es fundamental resaltar que la afirmación sobre la existencia de un plan insurreccional en lugar de uno electoral no nace de la propaganda gubernamental. Surge de la propia voz de dirigentes opositores que, tras el proceso, reconocieron la inexistencia de una estructura orientada a ganar elecciones, admitiendo implícitamente que el objetivo central no era conquistar el poder por la vía del voto, sino desconocer institucionalmente el resultado.

Esa confesión permite ordenar los hechos posteriores y comprender la conducta asumida antes y después del 28 de julio. Cuando no existe preparación para administrar una victoria, pero sí disposición para impugnarla sin pruebas organizativas ni jurídicas sólidas, la elección deja de ser un mecanismo democrático y se convierte en un episodio instrumental dentro de un guion previamente elaborado para justificar escenarios de desestabilización.

Desde esta perspectiva, la narrativa del despojo electoral funciona como un sofisma político. No se construye a partir de evidencias verificables de defensa del voto, sino desde una premisa falsa que omite deliberadamente la pregunta central: ¿cómo una fuerza que afirma haber ganado de manera contundente carecía de los medios humanos, técnicos y logísticos mínimos para demostrarlo ante las autoridades y ante el propio país?

La carencia de maquinaria territorial

Cualquier partido que aspire seriamente a ganar una elección presidencial en Venezuela debe desplegar una estructura de gran envergadura. Esta incluye representantes formados en cada mesa, coordinadores por centro de votación, equipos de captación y seguimiento del votante, además de una logística de transporte, comunicación y resolución de contingencias que funcione con precisión el día del evento electoral.

Cuando este esfuerzo se proyecta sobre un universo cercano a treinta mil mesas electorales, la magnitud del desafío se vuelve evidente. No se trata de unos pocos testigos de mesa, sino de cientos de miles de activistas organizados con meses o años de antelación, capaces de contactar reiteradamente a los votantes, garantizar su movilización y sostener una presencia territorial permanente el día de la elección.

En modelos de movilización intensiva ampliamente documentados a nivel internacional, una campaña efectiva requiere múltiples contactos por votante, seguimiento personalizado y equipos locales entrenados. En términos reales, esto supone una estructura humana que puede superar fácilmente el millón de personas comprometidas cuando se busca cubrir de forma efectiva la totalidad del padrón movilizable.

La oposición venezolana, tanto en su vertiente radical como en sus expresiones más moderadas, carecía de esa maquinaria. No la construyó antes de la campaña ni durante ella, ni intentó improvisarla después. Pretender que millones de votos se diluyeron sin dejar rastros organizativos, actas defendidas o movilización sostenida supone desconocer las reglas básicas de la política electoral contemporánea.

El colapso del relato internacional

A esta debilidad estructural se sumó el derrumbe del mito de una victoria aplastante cuando desde Washington se descalificó públicamente a la principal figura opositora, presentándola como una dirigente sin apoyo interno. Ello operó como un reconocimiento implícito de la fragilidad del liderazgo construido mediáticamente y confirmó la inexistencia de una correlación de fuerzas interna capaz de imponer un resultado electoral.

Este giro discursivo afectó la credibilidad de la dirigencia opositora y reveló la distancia entre el relato internacional y la realidad venezolana. Si una fuerza política hubiese logrado una victoria masiva, habría generado una presión interna imposible de ignorar incluso para sus aliados externos. La ausencia de esa presión dejó al descubierto la inconsistencia del discurso del triunfo arrebatado.

La conducta poselectoral terminó de cerrar el círculo explicativo. En lugar de activar mecanismos jurídicos coherentes o sostener una defensa política organizada del voto, se optó de inmediato por la denuncia internacional y la presión diplomática, siguiendo una secuencia que no responde a la improvisación, sino a una estrategia insurreccional que sustituye la acumulación electoral por la deslegitimación permanente del sistema.

 

rramendez@hotmail.com

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