El menú de los dioses: Sobrevivir en el Interregno

Jueves, 22/01/2026 05:51 AM

"El mundo se divide en tres clases de personas: un número muy pequeño que hace que las cosas sucedan; un grupo algo más grande que vigila cómo sucedan, y una mayoría que nunca sabe lo que sucedió".

Nicholas Murray Butler.

Político, pedagogo y filósofo estadounidense,

ganador del premio Nobel de la Paz.  

 

Existe una sensación térmica en el ambiente del mundo, un instinto de naufragio que muchos pueblos reconocen.

Habitamos un tiempo de claroscuros, ese interregno, donde lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer. En este espacio, las cúpulas negocian en mesas lejanas donde el menú está escrito con los nombres de los pueblos. Sin embargo, frente a esta maquinaria que prioriza la acumulación sobre la vida, como venezolanos nuestra línea de partida no es cero. Nos iluminan las luces de nuestra historia: la unión indestructible que soñó Bolívar, la soberanía insurgente que proclamó Chávez y la resistencia tenaz que ejemplifica Maduro ante el secuestro de lo propio. Son estrellas que nos indican la ruta en la penumbra. 

En la mentalidad de los aniquiladores, la trampa es perfecta y silenciosa. Nos han querido convencer de que nuestra libertad debe ser sinónimo de consumo, y nuestra identidad, un disfraz que se compra y se desecha. Perseguimos micro tendencias efímeras que solo ofrecen un espejismo de individualidad.

Este ciclo nos atonta y nos endeuda. Para convertirnos, así, en los cocineros activos de nuestra propia insignificancia. Nuestro comandante Chávez, con su claridad para nombrar al opresor, nos recordó lo que nuestro Libertador hace más de doscientos años: el imperialismo no es un término viejo, es una máquina actual que nos convierte en mercado cautivo.

Negarse a ser menú comienza por rechazar este disfraz perpetuo y cultivar, como acto político, un consumo soberano. Preferir lo local, lo reparado, lo nuestro, es minar el modelo del feudalismo tecnológico. Es el primer acto de insubordinación. 

La segunda trinchera es la acción colectiva. La fuerza del poder reside en hacernos creer que somos impotentes. La medicina es la unión. Simón Bolívar, con visión de siglos, lo dictaminó: “La unión debe ser nuestra divisa en lo futuro… o la anarquía nos devorará”. El comandante Chávez regresó desde Cuba antes de su desaparición física para recordarlo. Este llamado no es un rosario para la oración, es un manual de guerra para el interregno. La presión popular organizada, desde el boicot consciente hasta las redes de trueque comunitario que sortean el cerco, debe tejerse con la fibra bolivariana de la patria grande. No se trata de pedir permiso, sino de construir, desde los márgenes, la soberanía concreta que nace cuando los pueblos se reconocen como hermanos y no como competidores. 

Todo esto se sostiene sobre un principio inquebrantable: la ética de la resistencia. En un mundo donde el poder revela su núcleo duro en la amenaza, coacción y el uso criminal de la fuerza, la defensa de lo propio es el acto más radical. La denuncia del secuestro del presidente Maduro, más allá del hecho, opera como una metáfora lacerante de nuestro tiempo: cuando la persuasión falla, el poder intenta secuestrar la voluntad de los pueblos. Frente a esto, la lección es la firmeza inquebrantable. Nadie es prescindible. Como un solo cuerpo, la respuesta debe ser la dignidad obstinada que no claudica, porque ceder significa la aniquilación de todo lo construido. Es la conciencia de que, en la etapa final del asedio, la principal trinchera es la convicción de pueblo. 

El interregno es el campo de batalla por la definición de lo humano. Por un lado, un futuro de algoritmos y despojo. Por el otro, la posibilidad que nos legaron estos hombres: un futuro tejido con los hilos de la unión bolivariana, la insubordinación chavista y la resistencia del presidente secuestrado. No es una lucha por un asiento en la mesa de los dioses. Es la lucha por la destrucción de esa mesa y, con sus maderas, construir la casa común. 

El verdadero pacto se firma cada día, en el gesto soberano, en el lazo solidario, en la defensa inquebrantable de lo nuestro. El pandemónium actual no es producto del azar, sino de un orden demasiado cínico. Si nos sentimos "jodidos", es porque hemos comprendido que la negociación no es para salvarnos a nosotros, sino para salvar la "gallina de los huevos de oro".

El pacto de las cúpulas no busca la paz, sino la estabilidad del parásito. Al final, cuando las luces de las cumbres se apagan, queda la realidad del hombre de a pie: ese que, en la periferia del mundo, sabe que su destino se decidió en una mesa donde él solo era parte del menú. Pero cuidado: incluso el menú puede volverse indigesto para el que intenta devorarlo todo.

En estas circunstancias vale recordar a uno de los nuestros: Eduardo Galeano. Cuando afirma que "somos lo que hacemos para cambiar lo que somos".

Ojalá nos vaya bien. 

Sean felices, es gratis. 

Paz y bien.

 

En “La Gruta” a 19 días del secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, para los cuales exigimos su inmediata liberación, del 2026.

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