Venezuela ofrece hoy una ventaja competitiva única en el mercado energético: no es una promesa, sino una infraestructura latente. Con miles de pozos perforados, oleoductos operativos y terminales estratégicos, el país permite reducir drásticamente los costos de exploración y tiempos de ejecución que proyectos en Guyana, Brasil, Canadá entre muchos otros exigen desde cero. Esta capacidad "brownfield" posiciona a Venezuela como la vía más rápida y económica para inyectar crudo pesado al sistema global a pesar de la densa niebla política y de conflicto belico que rodea al Orinoco en el marco de la caida estructural de los precios del petróleo y su disputa por la henemonia de las potencias mundiales.
LA VENTAJA DEL "BROWNFIELD": Construir sobre lo construido
Para una operadora petrolera internacional, entrar en una nueva frontera implica una inversión de capital intensiva en estudios sísmicos, perforación exploratoria y construcción de plataformas y estructuras que puede demorar entre 5 y 10 años antes de ver el primer barril. Venezuela, en cambio, es un ecosistema industrial ya edificado.
El país cuenta con una infraestructura instalada que representa décadas de inversión y que hoy se encuentra subutilizada. En la Cuenca del Lago de Maracaibo y la Faja Petrolífera del Orinoco, existen más de 15.000 pozos que solo requieren mantenimiento para volver a producir. A esto se suma la red de oleoductos que conecta el corazón del país con el terminal de Jose, uno de los complejos de exportación más grandes del hemisferio, y cuatro mejoradores de crudo (como Petropiar y Petromonagas). Para un inversor, esto significa que el CAPEX (gasto de capital) inicial se destina a la reparación y no a la construcción, acelerando el retorno de inversión de manera que, NINGUN OTRO PAIS PUEDE IGUALAR ACTUALMENTE.
PERSPPECTIVAS 2026: "Trump" y el choque con la realidad corporativa
El presidente Donald Trump ha reactivado la narrativa de una Venezuela abierta a los negocios, asegurando que las corporaciones estadounidenses están listas para tomar el control de la producción bajo un esquema de "pago garantizado", No obstante, la euforia de la Casa Blanca se topa con la realidad. Creo que existe una desconexión con el plano real: mientras Trump promete inversión, reembolsos, seguridad, incremento de producción acelerado; las condiciones objetivas develan el rostro de las perspectivas petroleras para 2.026.
Ahora bien, aunque compañías como Chevron han mantenido una presencia mínima, el despliegue masivo de capital que Trump anuncia no ocurrirá de la noche a la mañana. Las industrias no busca solo petróleo, sino condiciones para hacerlo, algo que los anuncios presidenciales por sí solos ya no pueden garantizar.
• REALIDAD OBJETIVA: UN DESAFÍO ESTRUCTURAL
Más allá de la infraestructura existente, es imperativo aplicar una dosis de realismo al escenario venezolano. La reactivación del sector petrolero dista de ser el "salto cuántico" que a veces sugiere la retórica política. La propia BP ha adoptado una postura de observación cautelosa, señalando la profunda fractura logística y de cadena de suministro resultante de años de desinversión crónica. Doug Leggate, director gerente de Wolfe Research, subraya que la complejidad técnica de yacimientos que han sufrido prolongada pérdida de presión y mantenimiento deficiente imposibilita una recuperación inmediata mediante un simple "giro de válvulas". La advertencia más cuantificada proviene de Rystad Energy, que estima una necesidad de inversión mínima de 53,000 millones de dólares en los próximos 15 años solo para estabilizar y mantener una producción de 1.1 millones de barriles diarios.
A este panorama ya de por sí complejo, se suman obstáculos adicionales: una aguda escasez de mano de obra especializada, una persistente incertidumbre política que disuade el compromiso de capital privado, y una crisis energética interna que limita la capacidad operativa de las industrias. Sin embargo, el factor determinante es, y será, el mercado. Ningún operador, incluyendo los estadounidenses, puede producir en volumen sin considerar la demanda efectiva, so pena de comprometer su propia viabilidad económica. Este principio se vuelve aún más crítico en un contexto de sobreoferta estructural, caída de los precios del crudo y el cada vez más cercana pico de consumo global, acelerada por la transición energética.
Dada esta convergencia de factores, es poco realista proyectar un aumento significativo de la producción en el corto plazo (hacia 2026), incluso bajo un escenario de participación activa de empresas estadounidenses.
El rol inicial de Washington y sus corporaciones parece orientarse, más bien, hacia la comercialización del crudo venezolano. La suspensión de sanciones eliminaría los onerosos descuentos que Caracas se ha visto obligada a conceder, incrementando así sus ingresos. No obstante, esta aparente mejora se enfrentará a otra cruda realidad del mercado: una caída proyectada en los precios del petróleo para 2026. Analistas de Goldman Sachs, J.P. Morgan, la Agencia Internacional de la Energía, Bank of America y Rystad Energy, entre otros, estiman que el precio promedio podría caer aproximadamente 11 dólares por barril, pasando de unos 68.50 USD en 2025 a 57.78 USD en 2026. En consecuencia, cualquier beneficio derivado del fin de las sanciones se vería diluido por el impacto de esta corrección estructural de precios impulsada por la sobreoferta.
• EL RETORNO CAUTELOSO: REPSOL, ENI Y LAS EMPRESAS ESTADOUNIDENSES
La suspensión de sanciones marca el retorno de actores clave que se vieron obligados a retirarse no por decisiones del gobierno venezolano, sino por el peso de las medidas coercitivas unilaterales impuestas desde Washington. Empresas como la española Repsol, la italiana ENI y las estadounidenses Halliburton y Schlumberger entre otras regresan a escena. Su reingreso debería traducirse en un incremento modesto pero tangible de la producción en los campos que operaban hasta hace poco, acompañado de una necesaria inyección de inversión, tecnología y generación de empleo, contribuyendo así a la demanda agregada nacional en 2026.
• CHINA Y LA NUEVA REALIDAD EN VENEZUELA
Resulta intrigante el contraste geopolítico en la región. En Guyana, Washington ha permitido que la petrolera estatal china CNOOC participe activamente junto a ExxonMobil. ¿Por qué no permitiría lo mismo en Venezuela? La respuesta reside en el valor estratégico. Mientras Guyana es una operación comercial exitosa, Venezuela es vista bajo la óptica de la seguridad nacional y la "Doctrina Monroe" y el papel que jugará Venezuela en el próximo ciclo petrolero y el trasvase de las petroleras de las potencias mundiales a zonas (regiones y países) dónde sus reservas y costos permitan el asentamiento de la grandes corporaciónes usadas por las potencias mundiales para su hegemonía. Sin embargo, el papel de china aún está por definirse y su presencia en Venezuela con alianzas en varias empresas mixtas parece firme en un país donde la inestabilidad política juega más a favor de pekin que de Washington.
CONCLUSIÓN: La retórica de EE.UU no es suficiente, la realidad habla.
La paradoja venezolana se resume en un potencial infraestructural único enfrentado a una realidad operativa y política abrumadora. Para 2026, la narrativa de una reactivación rápida y masiva impulsada por capital estadounidense choca contra los límites de la física de los yacimientos, las cadenas de suministro rotas y las dinámicas de un mercado petrolero global en transición y con precios a la baja. La infraestructura existente es, sin duda, el activo más valioso. El retorno de operadoras internacionales como Repsol, ENI y las estadounidenses marcará un paso necesario, pero modesto, hacia la estabilización. El verdadero desafío trasciende la política: es la reinvención técnica y logística de una industria herida, en un mundo que cada vez demanda menos su producto. Venezuela podrá ofrecer crudo pesado al mercado, pero no a la velocidad, volumen y costo que muchos prometen. 2026 no será el año del despegue, sino el de la confrontación definitiva entre la retórica y la ingeniería.