«Un político sin pueblo es un actor sin escenario. Y a un actor que solo sabe representar el fracaso, tarde o temprano, la platea le da la espalda y se queda hablando solo, en un teatro vacío. Pero cuando además exige que le perdonen la función… ahí ya no es teatro, es cinismo.»
ANACLETO
El Bohemio amaneció con olor a café recién colado y a expediente reabierto. Sobre la mesa del rincón, Anacleto había desplegado, no uno, sino dos legajos. El primero, ya conocido: recortes amarillentos de la MUD, la PUD, las guarimbas, los puentes incendiados. El segundo, reciente, olía a tinta fresca: era el borrador de la Ley de Amnistía General que la Asamblea Nacional acababa de iniciar en primera discusión. Los "ni ni" y los opositores "light" de la mesa del ventanal miraban ambos montones como quien ve dos enemigos que se niegan a luchar entre sí.
La joven "light", esa que siempre pregunta con voz de quien aún cree en los milagros, fue la primera en romper el silencio. «Señor Anacleto… ahora el gobierno ofrece amnistía. ¿No es eso una rendición? ¿No es admitir que… que ellos también tienen culpa?»
Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo, dejando que la llama bailara un instante frente a sus lentes de carey. Exhaló el humo como quien exhala una verdad cansada. «Camarita, confundes la culpa con la generosidad, y la generosidad con la debilidad. Ese es el error histórico de su dirigencia.» Señaló el legajo de la amnistía con la punta del cigarrillo. «El chavismo no necesita que lo absuelvan; necesita que ellos acepten una oportunidad para dejar de ser el lastre que arrastran. Esta ley no es un cheque en blanco. Es un examen de conciencia con preguntas muy claras: ¿aceptan las reglas de la democracia que siempre sabotearon? ¿Reconocen que el camino de las guarimbas y las sanciones fue un callejón sin salida? ¿O van a usar el perdón, como siempre, para afilar el puñal y esperar la próxima emboscada?»
El viejo periodista, que hojeaba el texto legal con escepticismo de sabueso, intervino: «Lo curioso es que excluye crímenes de lesa humanidad, violaciones graves de derechos humanos, homicidios… lo que ellos sí hicieron en las guarimbas. O sea: el gobierno no está perdonando lo imperdonable. Solo ofrece una salida digna a quienes cometieron delitos menores. Y aun así, la Sayona Machado dice que es 'producto de la presión internacional'.»
«¡Ah, la presión internacional!» Anacleto soltó una carcajada seca, sin alegría. «La misma 'presión internacional' que ellos invocaron para justificar sanciones, hoy la invocan para deslegitimar una ley que los beneficia. Es la lógica del avestruz sionista: si no fui yo quien lo pidió, entonces no sirve. Prefieren creer que Maduro legisló esposado en Brooklyn antes que admitir que este gobierno, soberanamente, está tendiendo una mano. Víctor Hugo escribió: 'Nada hay más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo'. La idea de la reconciliación les llegó. Y ellos, como siempre, llegan tarde y con excusas.»
El boticario, desde la barra, gruñó con la rabia del que ha visto demasiadas traiciones. «¡Pero ya los perdonaron! ¡Chávez los perdonó tres veces! ¡Maduro también! ¿Y qué hicieron? ¡Volvieron a lo mismo: guarimbas, guarimbas y más guarimbas!»
«Exacto, camarita.» Anacleto apagó el cigarrillo con un gesto definitivo. «El perdón no es una pastilla mágica; es una cultura. Y ellos nunca la han desarrollado. Chávez les tendió la mano en 2002, después del golpe; en 2004, después del paro petrolero; en 2007, cuando perdieron el referéndum. Cada vez, ellos interpretaron la generosidad como debilidad y la reconciliación como tregua para rearmarse. Maquiavelo lo advirtió: 'Los hombres ofenden antes por ambición que por necesidad'. La ambición de poder de esa dirigencia es tan desmedida que prefieren ver el país en ruinas antes que compartir el escenario con quien ganó limpiamente las elecciones.»
La profesora, con su calma de archivo, cerró el libro que hojeaba. «Hay un detalle que la oposición omite sistemáticamente. El padre de Jorge Rodríguez y de Delcy Rodríguez, el propio presidente de la Asamblea Nacional y la Vicepresidenta, fue un PRESO POLÍTICO ASESINADO durante la IV República. Ellos no legislan desde la teoría del perdón; legislan desde la biografía del dolor. Saben lo que es tener un familiar secuestrado por el Estado, torturado, muerto bajo custodia, sin investigación ni justicia. Y aun así, ofrecen amnistía. Eso no es cálculo político. Es, permítanme la palabra, grandeza moral.»
«Grandeza que ellos, profesora, jamás comprenderán.» Anacleto asintió, con una sombra de tristeza en el rostro. «Porque están cegados por la soberbia. La Sayona no puede admitir que esta ley nace de la voluntad soberana de una Asamblea Nacional donde el chavismo es mayoría. Necesita creer que es un 'rescate' de Maduro secuestrado para no reconocer que, incluso con su líder en una celda de Brooklyn, este gobierno sigue gobernando. Y gobernar, camaritas, a veces es perdonar al que no lo merece, con la esperanza de que algún día aprenda a merecerlo.»
Hizo una pausa larga. El silencio en el café era total, solo roto por el zumbido cómplice del viejo ventilador. El pichón de periodista, que había estado tomando notas frenéticas, levantó la vista. «Pero Anacleto, si la oposición rechaza esta ley, ¿no quedan como los intransigentes?»
«Quedan, camarita, como lo que siempre han sido: administradores del fracaso. Su modus vivendi es la crisis. Una Venezuela en paz, con una oposición integrada al juego democrático, sería su peor pesadilla. Porque si el país funciona, si la economía crece (diecisiete trimestres consecutivos, según la CEPAL, por cierto), si los niños estudian y los abuelos tienen medicinas… ¿quién va a recordar a esos líderes de postal que viven en Miami y hablan de 'resistencia' desde la comodidad de un exilio dorado? Balzac decía que 'detrás de cada gran fortuna hay un gran crimen'. Detrás de cada gran fracaso opositor, hay un gran negocio: el de la miseria ajena.»
El sindicalista, que había permanecido en silencio, habló con su voz grave de hombre de calle. «Y mientras tanto, el pueblo… el que sufre las sanciones que ellos pidieron, el que resiste la violencia que ellos financiaron… ¿qué gana con esta amnistía?»
«Gana, camarita, una cosa muy simple: que le devuelvan a sus familiares. No todos los presos de la oposición son 'politiqueros', como dices. Hay jóvenes que fueron engañados, que creyeron en el cuento del 'hasta el final', que hoy están en celdas mientras sus líderes tuitean desde Madrid. Esta ley les ofrece una oportunidad de rehacer sus vidas. Esa es la única victoria que vale la pena: la que devuelve a un padre a su hogar, a un hijo a su madre.» Anacleto se levantó para caminar hacia el ventanal. «La amnistía no es amnesia, como bien dice el texto. No es olvidar; es cerrar una herida para que pueda cicatrizar. Pero las heridas necesitan que el paciente deje de rascarse. Y esta oposición, con su rencor perpetuo, se ha especializado en rascar las costuras del país. Es su única especialidad médica.»
Se volvió hacia la mesa, y su figura se recortó contra la luz de la media mañana. «Al final, el problema no es si esta ley pasa o no. El problema es que, pase lo que pase, esa oposición no tiene proyecto. Su única estrategia histórica ha sido el fracaso, y su único éxito, convertirlo en moneda de cambio. Chávez los perdonó tres veces; Maduro, una. Hoy, la Asamblea Nacional, con el peso de una mayoría indiscutible, les ofrece una cuarta oportunidad. Y ellos, en lugar de aceptar con humildad, exigen condiciones, cuestionan la legitimidad del gesto, insultan al donante. Es la fábula del perro del hortelano elevada a doctrina política: ni comen ni dejan comer.»
Tomó su sombrero de paja desflecado, ese que ha visto más derrotas ajenas que victorias propias, y caminó hacia la puerta. Se detuvo en el umbral, sin volverse. «La próxima vez que alguien les pregunte por qué el chavismo sigue en el poder, miren no a Miraflores. Miren a esa dirigencia opositora, incapaz de reconocer un gesto de grandeza, incapaz de pedir perdón, incapaz de ofrecer una alternativa que no sea más dolor para el país. El pueblo no los quiere porque el pueblo no olvida. Y el olvido, camaritas, es el único perdón que ellos no pueden comprar con dólares de la USAID.»
Me hizo una seña y salimos. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave, definitivo. En la mesa del ventanal, los "ni ni" y los opositores "light" miraron los dos legajos: el del fracaso pasado y el del perdón presente. No dijeron nada. No hacía falta.
Afuera, la ciudad seguía su curso. Y en el expediente de la Asamblea, la Ley de Amnistía General iniciaba su trámite, cargando sobre sus hombros el peso de tres décadas de rencor y la esperanza, siempre frágil, de que esta vez, quizás, el perdón no sea en vano.
El perdón reincidente: tres décadas de manos tendidas y puñales escondidos
La genealogía del perdón, en la Venezuela revolucionaria, es la crónica de una generosidad sistemáticamente traicionada. Hugo Chávez, tras el golpe de 2002 y el paro petrolero de 2003, ofreció reconciliación sin represalias, reincorporando a la vida política a sectores que habían conspirando abiertamente con el imperio. El resultado fue el sabotaje al referéndum revocatorio de 2004 y la abstención destructiva de 2005. Nicolás Maduro, en 2019 y 2022, tendió puentes hacia sectores de la oposición "dialogante", obteniendo a cambio el respaldo al fallido "interinato" de Guaidó y la intensificación de las sanciones. Cada perdón fue interpretado como debilidad; cada gesto de grandeza, como una tregua para rearmarse. La Ley de Amnistía General de 2026, impulsada por la Vicepresidenta Delcy Rodríguez y el presidente de la Asamblea Jorge Rodríguez —cuyo propio padre fue un preso político asesinado por la IV República—, no es un acto de ingenuidad. Es la terquedad de la memoria convertida en política de Estado. Saben lo que cuesta el odio; por eso insisten, contra toda evidencia, en el camino del reencuentro. Como escribió el filósofo Emmanuel Levinas, "el rostro del otro es una exigencia ética". Este gobierno, que ha visto de cerca la cara de la muerte política, sigue exigiendo ética a quien solo ha respondido con violencia.
El negocio del fracaso: por qué la oposición prefiere la amnesia a la amnistía
La reacción de sectores radicales de la oposición ante la Ley de Amnistía revela una patología política profunda: han construido su subsistencia sobre la monetización del conflicto. Organizaciones como Provea, que han edificado décadas de financiamiento internacional sobre el catálogo de violaciones de derechos humanos en Venezuela, ven en cualquier gesto de reconciliación una amenaza existencial a su modelo de negocio. Figuras como María Corina Machado, cuyo discurso se sostiene exclusivamente sobre la negación de la legitimidad del adversario, no pueden aceptar una ley que implícitamente reconoce al Estado venezolano como interlocutor válido. Prefieren la ficción del "régimen ilegítimo" que negocia bajo presión, porque eso les permite seguir siendo las "víctimas heroicas" de un relato que se desmorona. La amnistía les exige lo que nunca han podido hacer: autocrítica. Y al carecer de ella, solo les queda la negación, el eslogan vacío, la acusación de que "esto no es voluntario, es producto del secuestro de Maduro". Es la coartada perfecta para no tener que aceptar que, incluso sin su líder, Venezuela sigue siendo gobernada por un proyecto que ellos nunca han podido derrotar, ni en las urnas, ni en las calles, ni en los tribunales de Brooklyn.