Han transcurrido un mes y cinco días desde el 3E. Donald Trump bombardeó, Nicolás Maduro y su esposa están secuestrados en los Estados Unidos; Delcy Rodríguez funge como presidente encargada y el país y las fuerzas armadas, sorprendentemente, están en calma. Pero, la verdad, el país ha estado «tranquilo» desde el mismo día de la agresión.
Lo de Maduro, sí, se definió como un trabajo «quirúrgico», según jerga especializada de los cuerpos de inteligencia. Fue erradicado sin afectar el funcionamiento general del Estado. En el Irak de 2003 se derrocó el gobierno, se entronizó un gobierno pelele, se desmontaron las fuerzas armadas y, por si acaso, se creó una insurgencia.
Como en Venezuela, el objetivo siempre fue el petróleo. Sin embargo, en esta ocasión, aprendiendo de un pasado que no los colmó con un hidrocarburo tranquilo, los gringos no desmontaron nada. Todo el mundo anda por allí, en aparente calma, como si el país no hubiera sido ultrajado. Hay gobierno, Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), oposición, Tribunal Supremo de Justicia, Fiscalía, militares asistiendo a sus puestos, banca y comercio trabajando, gente en la calle… Por el contrario, los gringos se esfuerzan por pintar una fachada de alianza con lo que quedó del gobierno de Maduro, sin desperdiciar Trump la ocasión para afirmar que trabaja de «maravillas» con Delcy.
Las movilizaciones que han salido para protestar la captura de Maduro se realizan sin ser reconducidas hacia una real resistencia, sino como actos para aliviar la contradicción que hay en una agenda de gobierno que debe defender la soberanía, por un lado, y que parece atenerse a los designios de un Trump gobernante de Venezuela, por el otro. Mientras más se hagan concesiones (petróleo, presos políticos, embajadas, aceptación de vuelos, derogación de leyes incómodas y creación de otras maleables), más se incrementarán las acciones para pedir la liberación de Maduro y su esposa.
Tal es la situación de la presidencia encargada: moverse entre una presión abrumadora extranjera y la lealtad hacia su base política. La misión de Delcy es durísima: evitar la parálisis y destrucción del Estado con las inevitables concesiones, y preservar, a un tiempo, el poder político y la soberanía nacional.
Sin embargo, siendo francos, hay que ver la realidad. Por un lado, lo que define a «soberanía» (autodeterminación política, integridad territorial, independencia jurídica y soberanía económica y de recursos) es lo que, precisamente, está siendo mancillado desde el norte; por el otro, lo que se llama «tranquilidad» de la población se refiere a un estado psíquico cargado de indignación y afrenta, de inevitable explosión y fragmentación en algún momento.