Esclavos modernos: ¡nos quieren llevar hacia el siglo XIX!

Martes, 24/02/2026 11:35 AM

En 1845, mediados del siglo XIX, en plena Revolución Industrial en el país líder del capitalismo por ese entonces: Inglaterra, Federico Engels escribía su libro "La situación de la clase obrera en Inglaterra", basándose en su observación directa realizada entre 1842 y 1844 en las ciudades de Manchester, Liverpool y Londres. El panorama que allí presentaba era patético: condiciones urbanas deplorables de las y los trabajadores, con viviendas insalubres, carentes de saneamiento básico, en medio de basurales y recurrentes enfermedades; una tremenda explotación laboral, con extensas y extenuantes jornadas de trabajo de hasta 16 horas diarias, siempre faltas de seguridad, lo que provocaba mutilaciones y accidentes mortales, con trabajo en las peores condiciones para mujeres y niños. Como complemento de todo lo anterior, el proletariado industrial no tenía la más mínima cobertura ni seguridad social, motivo por el cual comenzaban a organizarse los primeros sindicatos, exigiendo mejoras ante esas condiciones de casi esclavitud.

Todo esto fue lo que sensibilizó en grado extremo al joven pensador alemán quien, entrando en contacto con otro brillante intelectual como su gran amigo Carlos Marx, años después, en 1848, formularían el Manifiesto Comunista, impulsando el cambio revolucionario ante esa injusta situación de las grandes mayorías de trabajadores.

Las posteriores luchas sindicales, en principio en Europa y Estados Unidos, luego en todo el orbe, dado que el capitalismo fue extendiéndose por toda la faz del planeta, no sin terribles sufrimientos, luchas a muerte, sangre y represión, fueron consiguiendo sustanciales mejoras en las condiciones laborales. Llegar a la jornada de ocho horas diarias costó innumerables vidas. Esas luchas por un mundo más equitativo forjaron los ideales socialistas, que lentamente fueron esparciéndose por el mundo, dando como resultado las primeras experiencias socialistas a lo largo del siglo XX: Rusia, China, Vietnam, Cuba, etc.

Pero sucedió algo: para la década de los 70 del pasado siglo, viendo que las ideas socialistas seguían avanzando en todo el mundo, el sistema reaccionó. Aparecen ahí los planes neoliberales, que amén de marcar más las diferencias entre poseedores y desposeídos, tuvieron -y siguen teniendo- un profundo sentido político-social. En otros términos: desactivar las luchas y postrar a la clase trabajadora mundial. "La esencia del neoliberalismo: un proyecto exitoso que emergió para cambiar la relación de fuerzas entre las clases dominantes y las organizaciones obreras en los años 70 en Europa occidental y los Estados Unidos [hoy extendido globalmente]" (Jaén Urueña, 2024).

En esa lógica, estas políticas hiper privatistas lograron, desde los 70 en adelante, empezando por el Chile dictatorial de Pinochet como laboratorio, lo que pasó a ser rápidamente la norma global: aumento imparable de contratos-basura (contrataciones por períodos limitados, sin beneficios sociales ni amparos legales, arbitrariedad sin límites de parte de las patronales; todo esto que llaman tercerización), incremento de empresas de trabajo temporal, abaratamiento del despido, crecimiento de la siniestralidad laboral (en el primer año de la pandemia de Covid-19 hubo más muertos por accidentes laborales evitables que por el virus), sobreexplotación de la mano de obra, reducción real de la inversión en fuerza de trabajo, entre algunas de las consecuencias más visibles de esa derrota sufrida en el campo popular. El fantasma de la desocupación campea continuamente; la consigna de hoy, distinto a las luchas obreras y campesinas de décadas pasadas, es "conservar el puesto de trabajo". A tal grado de retroceso hemos llegado que tener un trabajo, aunque sea en estas infames condiciones precarias, es vivido ya como ganancia. Por supuesto, ante la precariedad, hay interminables filas de desocupados a la espera de la migaja que sea, dispuestos a aceptar lo que sea, en las condiciones más desventajosas. La solidaridad de clase se busca transformar en un brutal y despiadado "sálvese quien pueda" egocéntrico. Los trabajadores, para la actual ideología dominante, pasan a ser "colaboradores".

¿Progresa el mundo? Visto desde la lógica de acumulación del capital: sí, porque cada vez acumula más; estos años de políticas neoliberales hicieron aumentar en forma exponencial la insultante diferencia entre capital y trabajo. Pero visto desde las grandes mayorías trabajadoras: ¡definitivamente no! Por el contrario, se vive un claro retroceso. Más que mirar con esperanza el siglo XXII parece que nos encaminamos -o nos quieren encaminar- hacia el XIX. Lo que describía Engels en su libro resulta una nítida radiografía de la situación actual, un futuro cercano -que ya está aquí- de lo que buscan los capitales en todas partes del mundo, avasallando a la clase trabajadora.

Según datos de la Organización Internacional del Trabajo -OIT-, nada sospechosa de socialista precisamente, alrededor de un cuarto de la población planetaria vive con menos de un dólar diario, y un tercio de ella sobrevive bajo el umbral de la pobreza. Hay cerca de 200 millones de desempleados y ocho de cada diez trabajadores no gozan de protección adecuada y suficiente. Lacras como la esclavitud (¡esclavitud!, en pleno siglo XXI -se habla de cerca de 50 millones en el mundo: 28 millones en trabajo forzado y 22 millones en matrimonios forzados-) o la explotación infantil continúan siendo algo frecuente y aceptado como normal. El derecho sindical ha pasado a ser rémora del pasado, y cada vez menos trabajadores se asocian a un sindicato. En relación al tema de la esclavitud con bochornosa venta de personas, en Libia, por ejemplo, luego de la invasión de la OTAN de 2011, capitaneada por Washington y realizada para, supuestamente, "devolver la democracia" luego de la "dictadura" de Khadaffi, se ha reportado sistemáticamente la venta de seres humanos, principalmente migrantes y refugiados de África subsahariana que huyen de la pobreza, los conflictos y los efectos del cambio climático en sus países de origen con la esperanza de llegar a Europa, negociados a 400 dólares cada uno.

La situación de las mujeres trabajadoras es peor aún: además de todas las explotaciones mencionadas sufren más todavía por su condición de género, siempre expuestas al acoso sexual, con más carga laboral (jornadas fuera y dentro de sus casas), eternamente desvalorizadas. "¿Tu mamá trabaja? No, es ama de casa". A tal punto llega su desvalorización que su inconmensurable trabajo doméstico no se ve como trabajo.

Pero ahora el sistema global da una vuelta de tuerca más sobre la ya sobreexplotada clase trabajadora. Con el capitalismo depredador actual, con ribetes neofascistas, regido en muy buena medida por una creciente robotización y empleo de la inteligencia artificial, el grado de ataque a quien trabaja es crecientemente mayor. La consigna pareciera ser: seguir golpeando para tener cada vez más postrada a la masa trabajadora, con lo que los ideales de transformación se reemplazan por una cultura de sumisión y precaria sobrevivencia. ¿Igual que en 1845 en Manchester o en Londres?

Para fines del 2025 en Grecia el gobierno aprobó una ley laboral estipulando una "flexibilidad" que permite jornadas de hasta 13 horas diarias en casos excepcionales o con múltiples empleadores, con un recargo del 40% en las horas extras trabajadas, sin pago por ellas. Un retroceso más en la condición de la clase trabajadora. Siguiendo esa línea, en Argentina, para los primeros meses de 2026, con el ultraderechista presidente Javier Milei, complaciente perro faldero de Estados Unidos, se está por aprobar una nueva ley laboral absolutamente esclavista. Lo que se veía en el siglo XIX en plena explosión de la industria británica, se repite hoy. Puede pensarse que, así como en Chile se probaron las primeras fórmulas neoliberales -con los Chicago boys y Milton Friedman en persona supervisando su implementación-, esta reforma laboral en Argentina también puede ser un globo de ensayo de lo que, de inmediato, podría aplicarse mundialmente. Por lo pronto el neoliberal y ultra derechista Daniel Noboa, presidente de Ecuador, ya comenzó a hablar de llevar la jornada laboral a 12 horas diarias, igual que se está llevando en Argentina en esta presentada como "modernización". ¿Siglo XIX a la vista entonces?

Dicha normativa legal en el país del Cono Sur busca, entre otras cosas: ampliar la jornada laboral diaria de 8 a 12 horas sin necesidad de pagar horas extra; estipula que los salarios podrán pagarse en moneda nacional o extranjera, en una economía donde el dólar tiene un peso determinante, y también una parte podrá se cancelada en "especie, habitación o alimentos", como se hacía a principios del siglo XX en tantas unidades rurales, que eran enclaves semi-esclavistas. Por otro lado, se incorpora el concepto de "negociación dinámica" del salario, con lo que el empleador queda facultado para negociar nuevas condiciones posteriores a la firma del contrato de trabajo original, por supuesto que a su conveniencia; se modifica la fórmula de cálculo de las indemnizaciones por despido; habrá muchas más restricciones para permisos por enfermedad; se establecen fuertes modificaciones en la ley de asociaciones gremiales, por lo que las asambleas sindicales no deberán afectar el normal desarrollo de la empresa, debiendo contar con autorización del empleador y el trabajador no cobrará por ese tiempo. Algo importantísimo: se restringe el derecho a huelga al ampliar los servicios esenciales y trascendentales, obligando a mantener coberturas mínimas del 75% y 50% respectivamente; de esa forma se trata de limitar la fuerza sindical, facilitando declarar huelgas como ilegales. En otros términos: represión asegurada contra la protesta.

Si hace unos años atrás se veía probablemente cercano un horizonte socialista a nivel global, con luchas emancipatorias por todos lados, el sistema ha sabido blindarse fuertemente contra ello. El espíritu de rebeldía fue transformado en cultura de sumisión y banalidad. La juventud -con su "esencia revolucionaria", como diría Salvador Allende- fue llevada a la mansedumbre, y en vez de politizarse, puede hacer parte, entre otras cosas luego de despegarse de los teléfonos inteligentes, de esa perspectiva tan rara y confusa que es el movimiento therian, entre otros distractores. Y los sindicatos, de poderosa arma para la lucha de la clase trabajadora, fueron totalmente domesticados, transformándolos en una "aristocracia obrera", siempre pro patronales, de espalda a la clase obrera.

Si bien la derecha nos quiere llevar hacia el siglo XIX, debemos seguir mirando el XXII como nuestra meta, con mayor equidad para todos los habitantes del planeta. Las luchas por un mundo de justicia no han terminado.

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