Tamalitos de loroco

Domingo, 22/02/2026 11:10 PM

El anuncio de la tormenta invernal hizo que la gente corriera a los supermercados a abastecerse, Lupita no fue la excepción. Compró lo habitual, sus verduras para sus ensaladas, arroz, dos libras de costilla porque el caldo no puede faltar en los días de tormenta, pan dulce porque no podría tomar café sin su pedazo de pan al lado. El otro día hizo sopa de lentejas con espinaca y también tortitas de carne con berro, no le gusta cómo luce la acelga en ese lugar, apagada y sus hojas marchitas, no le dan ganas de cocinarla así. Porque para ella la memoria de las hojas de acelga tiene la frescura de la tierra fértil de la aldea El Calvario, donde creció.

Ya lleva todo en la canasta, su piña que parte en rodajas y las cáscaras que las pone a hervir con canela y pasa tomando el agua como té durante la nevada. En la tormenta pasada le dio por hacer pan, se discutió unos panes galanes que hacen en su aldea para Semana Santa. Aunque claro, un horno de estufa jamás tendrá parecido con el horno de leña en el patio de la casa de su infancia. No están sus hermanas, ni su mamá ni su abuela, no están las tías, no tiene a quién preguntarle cuánto de sal, si la masa ya está en su punto, o si el horno necesita más leña, pero hacer el pan la hace mantener la memoria viva de las tardes bañadas de luz que espera que un día conozcan sus hijos, cuando los tenga, porque quiere tener cuatro.

Va buscando los tamalitos de elote que llegan congelados desde El Salvador, se los come con leche, como en su infancia. Aunque a veces también se los come con crema y queso fresco. Cuando hace atol de elote le toca echarle un poco se harina de máiz o maicena, porque se le corta porque los elotes están muy tiernos, pero no hay cómo conseguirlos más sazones. El atol le gusta dejarlo cuajar y al siguiente día cortarlo con leche, como lo hacía su abuela porque así le enseñó su abuela a hacerlo.

Abre el congelador y agarra la bolsa de seis tamales, si comprara la de veinticuatro no tendría dónde ponerla. Enfrente están los congeladores llenos de frutas, hojas y comida que llega desde toda Latinoamérica. Siempre se encuentra las bolsas de jocote rojo de febrero que cuestan un ojo de la cara, un ojo de la cara a cambio de doce jocotes por bolsa. Es un crimen, siempre alega con ella misma, lo mismo del precio de los tamales de elote. Si le contara a su abuela lo que cuesta el manojo de las hojas de banano le diría que se regrese inmediatamente, que qué anda haciendo tan lejos buscando lo que no ha perdido.

La historia de Lupita es como la de muchas adolescentes que creen estar enamoradas perdidamente y que en la efervescencia de la alucinación dejan todo atrás siguiendo al que más tarde les va a desdichar la vida. No lo supo ver con dieciséis años, solo pensó que junto a su novio podrían hacer una vida juntos lejos de todos, porque nadie aceptaba su relación con un hombre de cuarenta y seis, separado y con seis hijos. Ahora que tiene veinticinco y después de haber vivido nueve años con un alcohólico violento que le pegaba todos los días entiende por qué su familia se oponía. Se escapó con él y no dio tiempo a que lo metieran preso por abusador de menores.

Recién lo acaba de dejar y renta un estudio con un balcón que tiene como vista la pared de atrás de un edificio de cincuenta apartamentos. Sabe que se reconstruirá, que podrá ponerse de pie y que continuará caminando, conociendo, experimentando y dándose la oportunidad de respirar con calma y en paz. Ahora está aprendiendo poco a poco lo que es el amor propio, lo que significa disfrutar de su propia compañía, su ser interior, de la inmensidad de sus sueños y a cuidarse como cuidaba las flores del jardín en la casa de su infancia. Porque es un crisantemo, se dice siempre cuando se ve al espejo. Los crisantemos dobles que sembraba en los surcos de la parcela de sus padres a los que cuidaba con dedicación y ternura.

Junto a las bolsas de jocotes encuentra recién llegadas las bolsas de flor de pito, chipilín y loroco, todo producto guatemalteco. El alma se le va en vilo y no la puede alcanzar, siente su corazón acelerarse, le hace falta el aire. El loroco siempre lo cortó en casa de sus abuelos paternos, en el oriente guatemalteco. Allá conoció las parcelas llenas de palos de limón, los palos de mango enormes como ceibas. La manzana rosa, las quesadillas de arroz, el queso seco y las tunas rojeando entre los zacatales secos del desierto al pie de la Sierra de Las Minas.

Inmediatamente agarró cuatro bolsas, tomó harina de máiz salpor, un rollo de tusas y con urgencia llegó a su casa a preparar los tamalitos de loroco. Mientras estos hervían, agarró su taza de café y se sentó en el balcón a ver la nieve caer. Su nido huele de pronto a monte, mango tierno, chico zapote, a paternas y a los pomelos maduros al pie de los palos de jocote marañón.

Ilka Oliva-Corado.

22 de febrero de 2026.

Estados Unidos.

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