Más allá del materialismo y el idealismo: La ontología relacional de Carlos X. Blanco

Domingo, 22/02/2026 12:05 PM

1. Introducción: Una trayectoria de herejía filosófica

La filosofía española contemporánea debe a la "Escuela de Oviedo" de Gustavo Bueno uno de los sistemas más robustos y originales del panorama europeo: el materialismo filosófico. Sin embargo, como en toda gran escuela, la ortodoxia suele generar su propia herejía fecunda. El filósofo asturiano Carlos X. Blanco representa quizás la desviación más interesante y sistemática de aquel tronco común. Partiendo de una formación buenísta, Blanco ha ido construyendo a lo largo de tres décadas —desde su tesis doctoral en 1993 — una ontología que desafía las etiquetas convencionales de "materialismo" e "idealismo". Su itinerario intelectual, marcado por una inmersión profunda en la obra de Karl Marx y, a través de él, en el marxismo heterodoxo de Costanzo Preve y Diego Fusaro, le ha llevado a elaborar un pensamiento que, sin renegar de sus orígenes, abre caminos inéditos para comprender la realidad, el sujeto y sus relaciones.

Este ensayo explora los pilares de esta ontología, deteniéndose en su concepción del sujeto como centro de operaciones, en la articulación no dogmática de los géneros de materialidad y, sobre todo, en su original distinción entre relaciones operables y relaciones envolventes. Esta última, con su subdivisión en antrópicas y anantrópicas, constituye una de las aportaciones más sugerentes de Blanco para pensar el lugar del ser humano en el cosmos y en la historia.

2. La corrección de Marx a Bueno: El sujeto como "centro de operaciones"

El punto de inflexión en el pensamiento de Carlos X. Blanco se produce al someter el materialismo filosófico de Gustavo Bueno al filtro de una lectura radical de Marx. No se trata de un retorno al marxismo ortodoxo, sino de una interpretación que, bebiendo de la tradición heterodoxa italiana de Preve y Fusaro, redescubre a Marx como el "último idealista alemán" . Esta afirmación, aparentemente paradójica, es clave: la obra de Marx no sería un simple "materialismo" opuesto al idealismo, sino el desarrollo más coherente del idealismo alemán. De Fichte y Hegel, Marx hereda la centralidad de la acción, la praxis, como categoría fundante.

Esta lectura permite a Blanco corregir lo que podría percibir como un cierto "objetivismo" en la Escuela de Oviedo. Para Blanco, el Sujeto (S) no es una sustancia, un dato previo y exento. Siguiendo la estela del Marx que emerge de la lectura de Preve y Fusaro —quienes ven en él a un filósofo de la "individualidad comunitaria libre" —, Blanco define al sujeto como un "centro de operaciones" y de relaciones . Esto implica varias cosas cruciales.

En primer lugar, el sujeto no preexiste a sus operaciones; se constituye en y a través de ellas. No es un espectador pasivo, ni un cogito solipsista, sino un agente que emerge en la medida en que opera sobre la materia. En segundo lugar, y esto es fundamental, este centro de operaciones nunca se da aislado. La operatoria es siempre co-operatoria. El sujeto solo es tal en relación —de oposición, de coordinación, de cooperación— con otros sujetos operatorios. La conciencia y la capacidad de transformación no brotan de una interioridad pre-social, sino de las propias relaciones sociales, técnicas y epistémicas; en suma, del "ser social". De este modo, Blanco logra una síntesis original: el sujeto es activo, constituyente (tesis idealista), pero su propia constitución es inseparable de un entramado material y social que lo precede y envuelve (tesis materialista).

3. La reconfiguración de los géneros de materialidad

Uno de los legados más potentes del materialismo filosófico de Gustavo Bueno es su teoría de los tres géneros de materialidad: M1 (materialidad física o corpórea), M2 (materialidad psicológica o subjetual) y M3 (materialidad lógico-objetual o esencial). Carlos X. Blanco no abandona esta distinción, pero la reinterpreta desde su ontología relacional, enfatizando la interdependencia radical de los tres géneros.

Para Blanco, como para Bueno, ningún género de materialidad se da en soledad, exento de los otros dos. Esta afirmación, aparentemente sencilla, tiene profundas consecuencias. El género M2, el ámbito de lo subjetual y operatorio, no podría darse sin corporeidades (M1) sobre las cuales actuar. No hay pensamiento sin cerebro, ni emoción sin cuerpo, ni técnica sin materia física que modelar. A su vez, los resultados estables y objetivos del M3 —el lenguaje, las instituciones, las verdades matemáticas, las normas— no son meros productos fantasmales de la subjetividad.

Blanco insiste en su doble condición: son, ciertamente, resultados de las operaciones de sujetos concretos a lo largo de la historia. Pero, una vez constituidos, se convierten en causas, en antecedentes y prerrequisitos que hacen posible la acción futura de los sujetos. El sujeto (S) se encuentra siempre con un mundo ya interpretado, con un lenguaje ya estructurado (M3) que le precede y que debe aprender para poder operar. Esta circularidad virtuosa entre los tres géneros disuelve cualquier tentación de reduccionismo, ya sea fisicalista (que pretenda explicarlo todo por M1), subjetivista (que lo fíe todo a M2) o platonizante (que hipostasíe las realidades de M3). La realidad es, para Blanco, un tejido denso de relaciones entre estas tres dimensiones materiales.

4. La arquitectura de la ontología: Relaciones operables y envolventes

Si la reelaboración de los géneros de materialidad constituye la base de su sistema, la distinción más innovadora y de mayor alcance explicativo es, sin duda, la que Blanco establece entre relaciones operables y relaciones envolventes. Esta dicotomía permite ordenar el ámbito ontológico no solo por el tipo de materia implicada, sino, crucialmente, por la posición y capacidad del sujeto frente a ella.

4.1. Relaciones operables: El ámbito de la praxis

Las relaciones operables son aquellas en las que el Sujeto (S) posee capacidad de transformar la materia. Es el dominio de la praxis en sentido fuerte. Aquí, el sujeto puede actuar sobre los términos, las relaciones y las operaciones mismas, a distintos niveles. Es el mundo de la técnica, del trabajo, de la política entendida como transformación consciente de lo social. El sujeto no es un mero espectador; puede intervenir, modificar, construir y destruir. Este ámbito se corresponde con la capacidad humana de hacer historia, de cambiar las condiciones de su existencia. Es la esfera donde la undécima tesis de Marx sobre Feuerbach —"los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo"— encuentra su aplicación ontológica.

4.2. Relaciones envolventes: El horizonte de lo dado

Frente al ámbito de lo operable, se alza el vasto territorio de las relaciones envolventes. Aquí, los términos, las relaciones y las operaciones envuelven al sujeto, lo contienen y lo preceden de tal manera que este no posee capacidad transformadora sobre ellas. No es que el sujeto no pueda actuar dentro de ellas, sino que no puede actuar sobre ellas para modificarlas en su estructura fundamental. Son el horizonte inmanente de toda operación posible. Dentro de este tipo, Blanco realiza una subdivisión de gran calado:

a) Relaciones envolventes antrópicas:

Se trata de relaciones generadas por la acción humana, pero que han adquirido una consistencia y una autonomía tales que se imponen a los propios sujetos como un "Inconsciente objetivo" . Son antrópicas porque son producto de la praxis social, pero son envolventes porque los individuos no pueden modificarlas a voluntad y, a menudo, ni siquiera son conscientes de su existencia y de su peso específico. El ejemplo paradigmático es el capitalismo antes de la aparición del movimiento comunista y de la crítica de la economía política. Durante siglos, los seres humanos actuaron dentro de las relaciones capitalistas sin comprender sus leyes de funcionamiento, su naturaleza histórica y, por tanto, su modificabilidad. El capitalismo se presentaba como un orden natural, eterno, un horizonte insuperable. Hacer consciente ese Inconsciente objetivo, desvelar su génesis y sus contradicciones, es el primer paso para intentar convertirlo, al menos parcialmente, en un ámbito de relaciones operables. La política revolucionaria, para Blanco, sería precisamente el esfuerzo colectivo por transformar una relación envolvente antrópica en una operable.

b) Relaciones envolventes anantrópicas:

En el extremo opuesto, encontramos relaciones cuyo origen y cuya naturaleza son independientes de la acción humana. Su modificabilidad no está al alcance del sujeto operatorio, ni siquiera colectivo. Son las leyes de la física, la gravedad, la expansión del universo, la estructura del ADN o la inevitabilidad de la muerte. Ante ellas, la capacidad humana se limita al plano estrictamente gnoseológico. Podemos conocerlas, comprenderlas, modelizarlas y, gracias a ese conocimiento, operar dentro de sus márgenes (construir aviones que desafíen la gravedad, pero no anular la gravedad misma). El sujeto epistemológico cambia, se enriquece y se transforma a resultas de su aumento de conocimiento sobre estas relaciones, pero las relaciones en sí mismas permanecen inalteradas. La distinción es crucial: el universo no cambia porque lo conozcamos, aunque nuestra relación con él sí lo haga.

5. Conclusión: Hacia una filosofía de la praxis situada

La ontología de Carlos X. Blanco se presenta como un edificio conceptual de gran fineza, capaz de superar los callejones sin salida del materialismo mecanicista y del idealismo abstracto. Al situar al sujeto como un centro de operaciones siempre ya coordinado con otros y siempre ya inmerso en un tejido de materialidades de distinto género, evita tanto la hybris del sujeto absoluto como la pasividad de un sujeto mero reflejo de estructuras.

Su distinción entre relaciones operables y envolventes ofrece, además, una herramienta heurística de primer orden para pensar nuestro tiempo. Nos permite diagnosticar qué ámbitos de la realidad social, antaño considerados inmutables (relaciones envolventes antrópicas como un modo de producción, ciertas formas de Estado o el propio capitalismo globalizado), pueden y deben ser cuestionados para ser devueltos a la esfera de lo operable por una praxis colectiva consciente. Al mismo tiempo, nos vacuna contra la ilusión prometeica de creer que todo es operable, recordándonos la existencia de límites anantrópicos infranqueables —los que impone la naturaleza físico-biológica— con los que debemos contar y aprender a convivir.

En última instancia, la propuesta de Blanco, fraguada en el diálogo crítico con Bueno, Marx, Preve y Fusaro, se revela como una filosofía de la praxis situada: una ontología que, sin renunciar a la máxima ambición sistemática, no pierde de vista su vocación de intervenir en el mundo, de ayudar a distinguir lo que puede ser cambiado de lo que debe ser respetado, y de recordarnos que el único sujeto posible es aquel que emerge en y de la relación con los otros y con lo otro.

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