En el complejo tablero de la política venezolana, la reciente aprobación de la Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática y La Paz, se presenta no solo como un instrumento jurídico, sino como un experimento sociológico de primer orden. Desde la psicología social, entendemos que las naciones heridas por la polarización no sanan mediante el olvido, pero tampoco a través del resentimiento perpetuo.
Uno de los mayores obstáculos para la estabilidad democrática ha sido la persistencia de sectores de la extrema derecha antichavista radical. Desde una perspectiva psicopolítica, estos grupos suelen operar bajo la lógica de la deshumanización del adversario. Para ellos, el diálogo no es una herramienta diplomática, sino una claudicación.
Esta postura, centrada en la venganza y la violencia, ignora una realidad sociológica fundamental: la paz no se firma con los amigos, se construye con los adversarios. La fijación en la revancha impide que la nación avance hacia un estadio de desarrollo superior, manteniendo al colectivo en un estado de alerta y estrés postraumático social que drena las energías productivas del país.
La Ley de Amnistía y Convivencia debe ser vista como una mano tendida, un puente de plata para quienes deseen retornar al cauce constitucional. No es una invitación a la impunidad, sino un mecanismo de justicia restaurativa.
El Perdón no es debilidad: En derechos humanos, el perdón es un acto de soberanía moral. Permite que el Estado recupere el control del relato nacional, priorizando el bienestar común sobre la sed de justicia retributiva individual.
Menos Odio, Más Soberanía: El odio político es el principal caballo de Troya para la intervención extranjera. Una nación dividida y enfrentada es una nación vulnerable. La unidad nacional, basada en el amor a Venezuela, es el escudo más fuerte para defender nuestra soberanía.
Es momento de que los sectores que aún apuestan por la salida violenta comprendan que el juego democrático exige tolerancia política. La democracia no es ausencia de conflicto, sino el arte de resolverlo sin derramamiento de sangre y el diálogo conciliatorio es el único camino para el reencuentro.
Necesitamos transitar de la cultura de la confrontación a la cultura de la convivencia. Venezuela nos exige ser más grandes que nuestros rencores; nos pide que el amor por esta tierra sea el denominador común que disuelva las sombras de la intolerancia.
La historia no perdonará a quienes, teniendo la oportunidad de construir paz, prefirieron alimentar la hoguera del odio. La Ley de Amnistía es una oportunidad de oro para demostrar que somos una nación unida en su diversidad.
Menos odio, más perdón y amor por Venezuela.