Hay visitas que no necesitan grandes discursos para decir lo que dicen. La llegada del general Francis L. Donovan, jefe del Comando Sur de los Estados Unidos, a Caracas el pasado 18 de febrero es una de ellas. Un alto mando militar estadounidense, con uniforme de gala, recorriendo los pasillos del poder venezolano, sentado frente a Delcy Rodríguez, Vladimir Padrino López y Diosdado Cabello, figuras que durante años prometieron una resistencia encarnizada ante cualquier injerencia norteamericana. La escena, que hace apenas meses hubiera parecido ciencia ficción, ocurrió. Y su sola existencia es una declaración más elocuente que cualquier comunicado oficial. Así que comencemos por lo que nadie quiere decir en voz alta, porque las verdades incómodas suelen incomodar precisamente a quienes más necesitan escucharlas. El margen del gobierno interino es, en el mejor de los casos, estrecho. En el peor, inexistente.
Desde el secuestro de Nicolás Maduro el 3 de enero, el llamado gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez ha operado en una zona gris que desafía cualquier definición política convencional. No es exactamente un gobierno soberano. No es tampoco una administración de transición elegida democráticamente. Es, en términos prácticos, una estructura que sobrevive porque Washington así lo ha decidido, al menos por ahora. Y esa es, quizás, la primera verdad incómoda que nadie en Miraflores parece querer enunciar con claridad: la legitimidad del gobierno interino no emana del pueblo venezolano. Emana de Washington.
La visita de Donovan no fue una cortesía diplomática. Fue, en el lenguaje que manejan los militares, una inspección. El general vino a evaluar la implementación del llamado "plan de tres fases" del presidente Donald Trump, diseñado según el secretario de Estado Marco Rubio, que contempla la estabilización de la seguridad, la recuperación económica y una transición política hacia lo que Washington llama una "Venezuela amigable, estable, próspera y democrática". Tres fases cuya ejecución, nótese bien, no depende de las decisiones de Caracas, sino del criterio de Washington.
La encargada de negocios de EE.UU. en Venezuela, Laura Dogu, fue brutalmente precisa en su declaración posterior a las reuniones. La visita sirvió, dijo, para "avanzar en el objetivo de una Venezuela alineada con los Estados Unidos". No una Venezuela soberana. No una Venezuela independiente. Una Venezuela alineada. La diferencia semántica es abismal, y el gobierno interino —que recibió a Donovan con los brazos abiertos— no pareció incomodarse demasiado con esa elección de palabras.
Esto nos lleva a la segunda verdad incómoda: los hombres que prometieron defender la revolución hasta la última gota de sangre son hoy los mismos que reciben instrucciones de un general norteamericano.
Diosdado Cabello, durante años el hombre fuerte del chavismo, el que tronaba en cadenas nacionales contra el imperialismo yanqui, el que prometía guerra si las botas extranjeras pisaban suelo venezolano, se reunió con Donovan. Vladimir Padrino López, el ministro de Defensa que durante la crisis de 2019 fue la pieza clave para frustrar el levantamiento de Juan Guaidó, estuvo también en esa mesa. No como adversarios. No como negociadores en pie de igualdad. Como interlocutores de un plan que no diseñaron, que no controlan, y cuyas condiciones aceptan porque la alternativa —la que le tocó a Maduro— les resulta aún menos apetecible.
¿Qué queda entonces del discurso antiimperialista que durante más de veinte años fue el cemento ideológico del chavismo? La respuesta honesta es, muy poco. Y ese vacío no es un detalle menor. Es el síntoma de un colapso no solo político, sino profundamente identitario, que deja a los sobrevivientes del régimen en una posición de enorme fragilidad. Porque un gobierno que ha abandonado su relato fundacional no tiene demasiado con qué negociar frente a quienes ahora dictan las reglas del juego.
La tercera verdad incómoda tiene que ver con la incertidumbre que rodea este proceso, y es quizás la más difícil de tolerar. Las tres fases del plan Trump suenan ordenadas sobre el papel. Estabilización, recuperación económica, transición democrática. Pero entre la enunciación de un plan y su ejecución en un país con las heridas abiertas que tiene Venezuela, existe un abismo de variables impredecibles. ¿Quién garantiza que las instituciones que quedaron en pie —profundamente comprometidas con el régimen anterior— puedan transformarse con la velocidad que Washington exige? ¿Qué ocurre con los miles de presos "políticos" que todavía permanecen detenidos, tema sobre el que la Ley de Amnistía en la Asamblea Nacional permanece curiosamente trabada? ¿Qué sucede cuando los intereses petroleros de las empresas estadounidenses —cuyo acceso fue sellado en el acuerdo energético que el secretario de Energía Chris Wright firmó con Rodríguez apenas una semana antes— choquen con las demandas democráticas de la sociedad venezolana?
No hay respuestas claras a estas preguntas. Y esa falta de claridad no es accidental. Es la condición natural de un proceso que se construye día a día, reunión a reunión, visita a visita, en el que el gobierno interino venezolano participa, pero no conduce, esa es mi percepción y la otros miles. El poder real, como lo revela la presencia de Donovan en Caracas, circula en otra dirección.
Hay quienes celebran esto. Una parte del país, hastiada de décadas de "represión", escasez y éxodo masivo, ve en la presencia norteamericana el cierre de un ciclo que parecía eterno. Es comprensible. El sufrimiento acumulado por millones de venezolanos es real, y no todo es responsabilidad del chavismo, las imposiciones norteamericanas y las de sus aliados crearon o abrieron más ese sufrimiento y la caída de Maduro ha producido en muchos un "alivio genuino" y profundo que sería deshonesto minimizar, con excepciones apartes que también es otra verdad. Pero el alivio no es lo mismo que la certeza. Y Venezuela, ahora mismo, tiene más de lo primero que de lo segundo.
Porque queda también la otra parte del país. Aquella que, más allá del apoyo o el rechazo al chavismo, siente que lo que está ocurriendo no es exactamente una liberación, sino una transferencia de tutela. Que el problema no era solo Maduro, sino el modelo de dependencia y autoritarismo que lo sostuvo, y que cambiar de amo sin transformar las estructuras no garantiza ningún futuro distinto. Esta perspectiva, incómoda para unos y demasiado cómoda para otros, merece ser tomada en serio si se aspira a construir algo genuinamente nuevo.
Y aquí llegamos a la cuarta y más delicada de las verdades incómodas: el proceso venezolano tiene una hoja de ruta diseñada en Washington, pero el país que debe recorrerla es Venezuela.
Nadie en la sala donde se reunieron Donovan, Rodríguez, Padrino López y Cabello representa plenamente al pueblo venezolano. El general norteamericano representa los intereses de Washington. Los funcionarios interinos representan los restos de una estructura que se sostuvo durante años a través de aciertos y desaciertos, una represión mal interpretada y del clientelismo rojo rojito. La transición, para ser genuina, requeriría voces que no estuvieron en esa mesa: las de los exiliados que no han podido regresar, las de los presos "políticos" que todavía no han salido de las celdas, las de los millones de venezolanos en la diáspora que construyeron vida en otros países y que aún no saben si existe un Venezuela a la que tenga sentido volver. Este, en lo particular es mi caso y lo digo con mucho dolor, pues me atracaron en el mismo frente del Hotel Gran Caracas, y los pocos depósitos que tenía en el Banco de Venezuela y en del Tesoro me lo robaron, amén de lo del banco Caribe, y eso eran parte de mi ahorros, que como simple empleado de una institución iba guardando para mi retorno a Venezuela. ¡Ah! Y aún no se sabe cuándo reabrirán el Consulado en Nueva York. ¿Cuánto costará la renovación del pasaporte?
La visita del jefe del Comando Sur a Caracas es, en ese sentido, un espejo. Muestra con claridad meridiana cuál es la correlación de fuerzas en este momento, quién tiene el poder real, y qué márgenes existen para el gobierno interino venezolano. Son márgenes estrechos. Son márgenes que se negocian en términos que no siempre favorecen a los venezolanos. Y son márgenes que pueden reducirse aún más si las expectativas de Washington no se cumplen con la velocidad que el calendario político de Trump demanda.
Las verdades incómodas no tienen la cortesía de esperar a que estemos preparados para escucharlas. Llegan cuando llegan, con uniforme militar, en una sala de reuniones de Caracas, un miércoles de febrero. Lo mínimo que podemos hacer es mirarlas de frente. O por el contrario hay que comenzar otra revolución, sea esta no Sexta, pero desde ya que colocar los granitos de arena.
De un venezolano, hijo de la Patria del Libertador Simón Bolívar.