Venezuela y la Guatemala de Árbenz, 1954: una vieja actualidad

Miércoles, 18/02/2026 12:57 AM

En los análisis sobre el esquema agresor empleado para derrocar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, resulta inevitable desempolvar lo ocurrido con Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954.

De acuerdo con la revisión, es el precedente capital, tan viejo y actual a un tiempo que da igual, desde el punto de vista formal, imaginar que Maduro fue Árbenz y Árbenz es Maduro. Por supuesto, existe una diferencia cuantitativa abismal entre el valor geoeconómico y geopolítico de la Guatemala bananera de Árbenz y la Venezuela petrolera de Maduro. Sin embargo, el manual utilizado contra esos países incómodos al poder imperial es el mismo.

El precedente más próximo a los hechos del 3 de enero en Venezuela fue Salvador Allende, Chile de 1973, pasando por alto el caso de Manuel Noriega en Panamá en 1989 debido a que no encaja en el patrón de derrocamiento de un proyecto ideológico de izquierda, existencialmente amenazante a los intereses de los Estados Unidos. Lo de Noriega fue una especie de castigo a un aliado descarriado, no obstante compartir rasgos comunes, como la posesión estratégica del Canal de Panamá y haber ameritado el trabajo encubierto de la CIA antes de la agresión directa, aunque la misma agresión directa lo excluye del patrón.

Un poco más atrás, en 1964, en Brasil, bajo el mismo esquema, también había sido derrocado João Goulart.

Todos, como en un manual histórico del robo y la extorsión, fueron reducidos por encabezar modelos ideológicos peligrosos de calado popular que proponían la erradicación de la influencia estadounidense como bandera de supervivencia. Sus gobiernos se interpretaban como brotes del mal ejemplo, que cerraban puertas a las posibilidades del capital en la región y podían incitar a la rebelión en el "patio trasero".

El trabajo encubierto de la CIA precedió, en todos los casos, al derrocamiento presidencial. Cada presidente intentó prevalecer los intereses económicos de su pueblo en crisis por encima de la contabilidad capitalista de las empresas extranjeras. Esto, como consecuencia, generó la protesta de los Estados Unidos, acostumbrados a medir las buenas relaciones con otros países sobre la base de ganancias capitalistas o niveles de explotación.

So pena de violentar abiertamente el derecho internacional, ninguno de estos países, en la medida en que eran legítimos, debía ser atacado directamente con tropas. En su lugar, fueron trabajados con agendas encubiertas de los servicios de inteligencia, forjándoseles narrativas punibles para justificar el golpe final. Debían ser extraídos del poder, aparentando causas atribuibles a una desestabilización interna.

Allende nacionalizó el cobre y Goulart, en medio de severos problemas económicos, expropió filiales de empresas estadounidenses (ITT y AMFORP), lo cual limitó de manera importante las ganancias del país norteamericano. Maduro, en una agenda continuada del chavismo, alardeaba de una real nacionalización del petróleo. Los dos primeros fueron despachos con el apoyo de una oposición interna y desestabilización inducida. A Goulart, como a Maduro, los presionaron con flotas navales dispuestas a ingresar. Todos recibieron presiones económicas, destacando el cometido de «hacer chillar» la economía chilena, por un lado, y los veinte años de sanciones contra Venezuela, por el otro.

Pero ese antecedente primordial, que es Árbenz, destaca de una manera especial. La principal empresa bananera de Guatemala, United Fruit Company, se resintió con las expropiaciones que de sus tierras ociosas hiciera la reforma agraria del presidente. De inmediato, la empresa se confabuló para apoyar un golpe de Estado. Cabildeó intensamente ante el presidente de los Estados Unidos de entonces, Dwight D. Eisenhower, logrando a la final una acusación de comunismo y de infiltración soviética. Cabe resaltar que el gobierno de los Estados Unidos y la mencionada empresa no cultivaban una relación de proximidad más allá de la nacionalidad, razón que justificó el esfuerzo de convencer al presidente para autorizar el derrocamiento con la patraña del comunismo.

Muy bien Maduro podía fungir como presidente de esta Guatemala derrocada, como se figuró arriba. Como a Árbenz, se le incoó un expediente falso acusatorio para quitarlo del camino y proteger unos intereses. Mucho parecido con la empresa bananera guardan María Corina Machado y Marco Rubio en la actitud de "trabajar" al presidente estadounidense para que autorizase el ataque sobre la base de un expediente forjado. No se dice en ningún momento que no estuviera en la naturaleza de tales presidentes atacar a Guatemala y Venezuela, respectivamente; pero es un hecho que tales personajes tuvieron que ser precipitados para la toma de decisiones. Trump desde hace tiempo ha mantenido el sueño de coronar el petróleo venezolano, como él mismo lo ha reconocido, pero también es un hecho que no lo concretó hasta rodearse de una figura tan conspiradora como Marco Rubio y una adlátere traicionera como María Corina Machado.

El Maduro bananero habría sido acusado de comunista, según época, y el Árbenz petrolero, de terrorista pro Hezbolá o narcotraficante. Parece cuestión de rellenar nombres intercambiables en un formato único.

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