Venezuela se ha convertido en un país de vitrinas impecables, expectativas aplazadas y salarios miserables. Lo que hoy observamos no es una recuperación, sino la consolidación de una burbuja de cristal ahumado como espacio de confort diseñado para que una minoría consuma sin la molestia visual de la desigualdad circundante. Este cristal filtra la realidad; separa al país que funciona en dólares del país que sobrevive en las ruinas de un Estado de Bienestar desmantelado. Lo verdaderamente alarmante es que el venezolano, encandilado por el brillo de las luces nuevas, parece no darse cuenta de que la estructura que lo sostiene es su propio declive como ciudadano soberano.
El gas que infla esta burbuja es el petróleo, pero bajo una lógica de subordinación absoluta. La realidad social es cruda porque la viabilidad de nuestra precaria estabilidad no se decide en Caracas, sino en las oficinas del Departamento de Estado en Washington. Hemos pasado de ser una nación con aspiraciones de autodeterminación a convertirnos en un protectorado energético de facto. Estados Unidos, ejerciendo su papel histórico de gran interventor y depredador, no busca cambiar nuestra realidad social, solo pretende la administración directa de nuestros recursos. El "Gran Interventor" abre y cierra la válvula de las licencias y sanciones según su propia conveniencia económica o geopolítica, tratándonos como una estación de servicio estratégica y no como un país con gente adentro.
La otra tragedia es la psicológica porque una parte considerable de la sociedad celebra esta dependencia. Existe una fe ciega y sumisa que cree que la intervención de EEUU nos convertirá nuevamente en un "gran país", sin interpretar que lo que estamos aceptando es una tutela colonial moderna. Mientras esperamos que una nueva licencia de Chevron o una Orden Ejecutiva nos salve, el capital transnacional y las élites locales se reparten los recursos de una nación que no les pertenece. En este proceso, el salario digno fue el primer sacrificio; hoy, el venezolano es la mano de obra más barata de un modelo de enclave que solo extrae y no construye.
En este escenario, el ciudadano ha dejado de ser un sujeto de derechos para convertirse en un cliente de su propia tragedia. Pagamos a precio internacional los servicios que el Estado ya no provee y compramos en moneda extranjera la normalidad que se nos arrebató. Esta realidad nos devora hasta la esperanza, porque incluso nuestros sueños de futuro están indexados a la voluntad de una potencia extranjera que nos mira con el pragmatismo frío del saqueador.
La burbuja de cristal ahumado es una cárcel de lujo que nos impide ver que el país se nos escapa entre las manos. Mientras sigamos creyendo que la salvación viene empaquetada en Órdenes Ejecutivas desde EE.UU., seguiremos siendo los habitantes sonrientes de un maltrecho protectorado. Un país no se arregla con bodegones, acuerdos de cúpula y oscuras licencias. Un país se recupera cuando sus ciudadanos dejan de estar encandilados por el espejismo y exigen la transparencia de una soberanía que hoy yace sepultada en el fondo de un pozo petrolero.
El desenlace de esta crisis no puede seguir tercerizado en manos extranjeras ni en élites de burbuja. La verdadera salida exige que el protagonismo regrese a la calle y al pensamiento propio. El camino hacia la reconstrucción debe comenzar por la atención inmediata a las demandas populares, teniendo como eje central la restitución de un salario digno que devuelva la autonomía al trabajador. No habrá país posible mientras la vida dependa de un bono mezquino o una remesa intermitente; el salario es el cimiento de la ciudadanía.
Finalmente, es imperativo transitar hacia la construcción de un Nuevo Consenso Social. Una alianza que no sea uniforme ni sumisa, sino que admita el disenso, valore la diversidad, reconozca la pluralidad y reivindique nuestra autonomía como país soberano. Romper el cristal ahumado de la burbuja significa dejar de ser espectadores de nuestra destrucción para convertirnos en los arquitectos de un modelo donde el petróleo sea un instrumento de desarrollo nacional y no la moneda de nuestra entrega. La esperanza solo renacerá cuando entendamos que la salvación no llegará de EE.UU ni por oscuros acuerdos, sino de nuestra capacidad de reconocernos, debatir y decidir, de una vez por todas, nuestro propio destino.