"…Había conocido a los hombres que manejan los negocios y la política desde las mesas de los juegos en los clubes y cantinas. Sabía que sólo eran amigos de sí mismos, amigos del cohecho, sin ideal alguno. […] Son aquellos mismos hombres que hacen frases y contratos y saben darle, a todo, aspecto de legalidad. […] El tesoro público forma parte de su peculio personal, y en este asunto no pueden admitir rivales."
Enrique Bernardo Núñez. Caracas, Julio-Agosto, 1942
La historia del siglo XX venezolano, forjada en el fragor de las luchas antiimperialistas y la explotación petrolera, se enfrenta en el siglo XXI a un desafío sin precedentes: la mutación del control social y político a través de la síntesis perversa entre la reacción política y la tecnología de vanguardia. El fenómeno que podríamos denominar "Fascismo IA" en Venezuela no es una mera importación de los movimientos europeos de entreguerras, sino una adaptación orgánica a las condiciones del capitalismo tardío y periférico, una nueva fase en la guerra de Clases donde la destrucción de la memoria histórica y la intervención imperialista se articulan mediante algoritmos y datos.
Lejos de ser una simple etiqueta retórica, comprender esta nueva formación social desde el materialismo histórico-dialéctico exige desentrañar las bases materiales que la sustentan, la función de Clase que desempeña y las contradicciones que la atraviesan. En este entramado, la fracción del gobierno-partido encabezada por los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez emerge no como una desviación de un proyecto original, sino como la expresión más acabada de una tecnoburocracia que, en su alianza objetiva con El Capital y su adaptación a las presiones imperialistas, ejecuta una profunda labor de aniquilación de la memoria histórica de los Siglos XIX y XX, allanando el camino para una nueva forma de dominación.
Para abordar este fenómeno, es imperativo partir de una concepción marxista del fascismo, despojándola de los usos cosmetológicos y recuperando el núcleo analítico. George Dimitrov, al analizar el ascenso del nazismo, definió el fascismo no como una mera dictadura militar o un régimen autoritario cualquiera, sino como el instrumento específico de El Capital financiero para aplastar a las masas pequeñoburguesas desesperadas y desclasadas y al movimiento revolucionario del proletariado.
Ernest Mandel profundiza en esta idea al señalar que el método marxista busca identificar, en el complejo de relaciones sociales, aquellos elementos que determinan el cambio violento de la estructura social, preguntándose si un régimen, más allá de las intenciones subjetivas de sus líderes, verifica o niega las leyes inmanentes de acumulación del capital. El fascismo fue la respuesta violenta del capital cuando la democracia liberal ya no pudo garantizar la perpetuación de la explotación de clase.
Sin embargo, como advierte el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, el fascismo del siglo XXI, o "fascismo social", ya no necesariamente detenta el Estado a la manera de Mussolini, sino que se configura como un régimen social y civilizatorio donde el totalitarismo del mercado y la concentración de capital legitiman "la total indiferencia por lo humano del otro", siendo plenamente compatible con fachadas democráticas siempre que estas no cuestionen la acumulación capitalista.
Es en este marco teórico renovado donde debe insertarse el análisis del "Fascismo IA" en Venezuela. No se trata de equiparar al gobierno de Nicolás Maduro con el Tercer Reich, un error categórico que diluye la especificidad histórica y que, por el contrario, ha sido utilizado por la derecha global para justificar intervenciones. Se trata, más bien, de identificar cómo, en el seno de un proceso que originalmente se proclamó "antiimperialista y socialista", germinó prácticas, métodos y una lógica de poder que, en función objetiva, se asemeja peligrosamente a las técnicas fascistas de control social y aniquilación del disenso, ahora potenciadas por la Inteligencia Artificial.
Si el fascismo clásico utilizaba la radio y el cine para la propaganda masiva y la movilización del resentimiento y racismo, el "Fascismo IA" utiliza el Big Data (en Venezuela Carnet de "la Patria"), los algoritmos de segmentación y las cámaras de resonancia digitales para neutralizar, desmoralizar y destruir al adversario político antes incluso de que este pueda constituirse como una amenaza real. La creación de un "Ministerio para la Suprema Felicidad Social", en medio de la peor crisis humanitaria de la historia contemporánea del país, no es solo un ejercicio de cinismo orwelliano, sino la manifestación de un poder que, como el fascismo, busca crear una realidad paralela donde el lenguaje ya no designa cosas, sino que las oculta.
En este esquema, la figura de los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez resulta crucial. Ellos representan el arquetipo de la nueva tecnoburocracia autoritaria. Jorge Rodríguez, desde la presidencia de la Asamblea Nacional, y Delcy Rodríguez, como la presidente de la República y figura central en las negociaciones y la gestión económica, personifican una fracción del poder que no proviene de las barricadas ni de la tradición militar, sino de la academia, del manejo de los discursos, de la psicología y de las complejas maquinarias del Estado y la diplomacia. Su formación en universidades venezolanas y europeas no les ha vinculado a la causa de los explotados, sino que les ha dotado de las herramientas para una dominación más sofisticada.
Son los gestores de la "revolución desde arriba", los ideólogos de un relato que, al vaciarse de contenido material, se vuelve cada vez más dependiente de la coerción y la manipulación tecnológica. La propuesta filtrada a la administración Trump en abril de 2025, donde supuestamente ofrecían una transición que mantuviera al chavismo en el poder a cambio de garantías y acceso petrolero para EE. UU. , es la prueba más diáfana del carácter de Clase. No eran la vanguardia de un pueblo en armas, sino una fracción negociando las condiciones de su propia supervivencia como élite administrativa de El Capital, revelando su "lealtad" al proyecto, directamente proporcional en la capacidad de perpetuarse en el control de los recursos (Petróleo y Minerales) para el Imperio. El accionar confirma la tesis de Mandel sobre la necesidad de juzgar a los regímenes no por sus intenciones declaradas, sino por el resultado neto de sus acciones en relación con las leyes de El Capital.
Una de las tareas fundamentales de esta tecnoburocracia, en deriva hacia el "Fascismo IA", ha sido la sistemática destrucción de la memoria histórica de los siglos XIX y XX. Esta no es una labor colateral, sino central para el proyecto de dominación. La memoria histórica, particularmente la del siglo XIX venezolano con la épica independentista y proyecto de nación, y la del siglo XX con sus luchas democráticas, sus movimientos sociales y la identidad de un sentido de soberanía nacional alrededor del petróleo, constituía un dique de contención contra el autoritarismo. Al apropiarse del discurso bolivariano, el chavismo en sus orígenes logró conectar con esas memorias, pero el desgaste del proyecto y la profundización de la crisis han llevado a una fase superior: La sustitución de la historia por un relato espectacular y vacío.
Se exalta la figura de Simón Bolívar, pero se borra la visión continental y su enfrentamiento a la monarquía; se habla de la "Venezuela potencia", pero se entrega el control de los recursos a potencias extranjeras mediante concesiones y negociaciones secretas. La memoria de las luchas obreras del petróleo de 1936, de la nacionalización de 1976, es sepultada bajo acuerdos que buscan desesperadamente la inversión foránea, dilapidando la herencia de soberanía de 1829 por la que generaciones lucharon. El "Fascismo IA" necesita este vacío histórico para operar, porque un pueblo sin memoria es más maleable, más susceptible al algoritmo que le dicta quién es su amigo y quién es su enemigo en tiempo real.
Paradójicamente, mientras se destruye la memoria interna para consolidar el poder, la presión externa del imperialismo se recrudece con una violencia inusitada. La intervención estadounidense que se intensifica a finales de 2025 y culmina con la captura y extracción de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 no es un acto aislado de política exterior, sino la continuación de una guerra de Clases a escala global por el control de los recursos estratégicos. Donald Trump, al calificar a los cárteles de la droga como "organizaciones terroristas", no hizo más que sentar las bases legales para una intervención militar que, bajo el pretexto del narcotráfico, ejecuciones extrajudiciales de pescadores pobres y finalmente captura a un jefe de Estado.
La declaración posterior que EE. UU. "gobernará" Venezuela para asegurar su implicación en la explotación del petróleo desnuda la esencia depredadora del capitalismo monopolista. Sin embargo, el análisis marxista no puede detenerse en la evidencia de la codicia. Figuras como el expresidente colombiano Ernesto Samper Pizano señala una motivación geopolítica más profunda: la necesidad del imperialismo estadounidense de frenar el avance de China en América Latina. Venezuela, en este tablero, es una pieza clave no solo por su petróleo, sino por su posición estratégica en la pugna interimperialista. La intervención, por tanto, busca reconfigurar las relaciones de producción en la región, asegurando que los recursos fluyan hacia el centro hegemónico occidental en detrimento del nuevo competidor asiático.
A esta dinámica se suma el histórico rol del Imperialismo Británico, cuyo accionar en Venezuela constituye un hilo conductor de dos siglos de dominación. Desde las "legiones británicas" que lucharon en la independencia, hasta el laudo arbitral de París de 1899 que "despojó a Venezuela el Esequibo" con la complicidad de Rusia y EE. UU. , pasando por el bloqueo naval de 1902-1903 para proteger las deudas de los acreedores, el Reino Unido ha sido un factor permanente en la supeditación del país a los intereses del capital financiero europeo. Documentos desclasificados revelan que, durante el gobierno de Hugo Chávez, Londres, a través del futuro jefe del MI6 John Sawers, diseñó estrategias de desinformación y apoyo a golpes de Estado para frenar la Ley de Hidrocarburos de 2001 que buscaba afirmar la soberanía nacional.
Esta injerencia se mantiene en el siglo XXI con el congelamiento de las reservas de oro venezolanas en el Banco de Inglaterra, un acto de piratería financiera que asfixia a Venezuela y busca forzar un cambio de régimen. Esta larga historia de intervención británica demuestra que el "Fascismo IA" venezolano no emerge en el vacío, sino en el contexto de una ofensiva imperialista global que, ante la debilidad de la burguesía nacional y la fragmentación de las luchas populares, encuentra en las élites locales funcionales (como los hermanos Rodríguez) a los administradores idóneos para una transición controlada que no altere las relaciones de propiedad fundamentales.
La situación posterior de Maduro, Delcy Rodríguez asume el "liderazgo" de facto con el respaldo de sectores empresariales (FEDECAMARAS y CONSECOMERCIO como VENANCHAM) y militares, y con la aquiescencia de facto de una potencia ocupante (el Estado de EE.UU.), configura un escenario de neocolonialismo de nuevo cuño. Samper la describe como una persona "competente", con apoyo en "diversos sectores empresariales" y contactos con la oposición, exactamente el perfil que el imperialismo necesita: una gestora técnica que garantice el orden y la explotación de los recursos estratégicos, sin las molestias del discurso radical ni la imprevisibilidad de un líder carismático. Es el triunfo del administrador sobre el político, del algoritmo sobre la historia. El "Fascismo IA" alcanza así su forma más depurada: un poder que ya no necesita de masas movilizadas, porque controla los resortes económicos y la violencia física a través de la alianza con el ocupante, y la violencia simbólica a través del control de la información y la destrucción de la memoria.
Y haciendo Reflexión en "El caso venezolano", en la tragedia, se erige como un laboratorio de pesadilla para las ciencias políticas. Demuestra cómo un "proceso de movilización popular", con contradicciones internas y una correlación de fuerzas internacional desfavorable, degenere en una tecnoburocracia autoritaria que, bajo la presión del imperialismo y la seducción del poder, termina por ejecutar la agenda del capital que decía combatir. La fusión de técnicas fascistas de control con la inteligencia artificial no es un futurismo lejano, sino una realidad tangible en la guerra de Clases contemporánea y Venezuela es singular en este aspecto. Ante este panorama, los investigadores en Ciencia Política tenemos la responsabilidad de agudizar las herramientas analíticas para no sucumbir ni al simplismo de la condena moral ni a la complicidad del silencio. Por ello, se proponen las siguientes líneas de investigación:
1. Investigación sobre "la tecnoburocracia como Clase" en contextos periféricos: Es imperativo desarrollar estudios empíricos y teóricos que analicen la formación, composición y funciones de Clase de las nuevas élites tecnocráticas en gobiernos "post neoliberales" o "progresistas" en crisis. ¿En qué momento y bajo qué condiciones objetivas (bloqueo, presión imperialista, caída de la renta petrolera) una dirección política pasa de representar, con todas sus contradicciones, los intereses de los explotados, a convertirse en una fracción más de la burguesía, negociando con El Capital transnacional su propia supervivencia? El estudio de caso de los hermanos Rodríguez, sus trayectorias, vínculos y decisiones clave (como las negociaciones secretas con EE. UU.), es fundamental para elaborar una teoría actualizada sobre la Contrarrevolución en el Siglo XXI.
2. Análisis de la intersección entre "Fascismo Social" y Tecnología Algorítmica: Se requiere un programa de investigación que explore cómo las Tecnologías de la Comunicación e Información y la Inteligencia Artificial están siendo usadas por regímenes autoritarios o en proceso de autoritarismo, no solo para la represión directa, sino para la aplicación del "fascismo social" descrito por De Sousa Santos. Esto implica estudiar el uso de algoritmos para la gestión de la escasez, la segmentación de la población para el control de protestas, la creación de relatos de odio digitales contra sectores específicos (migrantes, opositores, comunistas, social demócratas, etc.) y la consecuente aniquilación de la solidaridad de Clase, todo ello en el marco de las necesidades de acumulación del capitalismo global.
3. Historia comparada de la destrucción de la memoria histórica y su función en la dominación neocolonial: Es necesario un esfuerzo investigativo que compare el caso venezolano de vaciamiento del discurso histórico (especialmente el independentista y el de las luchas sociales del siglo XX que incluye la Guerra de Guerrilla contra el Estado Venezolano en la Década de los 70 bajo la Dirección del Partido Comunista de Venezuela de la Dignidad) con otros procesos similares en la región y el mundo. El objetivo debe ser comprender cómo la destrucción o cosificación de la memoria histórica opera como una condición necesaria para la implantación de nuevas formas de dominación, ya sea bajo la forma de un "Fascismo IA" local o de una intervención neocolonial directa.
Este análisis debe rastrear el vínculo entre la pérdida de Soberanía narrativa y la pérdida de Soberanía material sobre los recursos estratégicos venezolanos, evidenciando cómo el imperialismo contemporáneo necesita pueblos sin memoria para garantizar la explotación sin resistencia.
"Solo a través de una investigación rigurosa, anclada en el materialismo histórico-dialectico y ajeno a las modas académicas, podremos desentrañar las lecciones de la tragedia venezolana y ofrecer al movimiento popular las herramientas teóricas para reconocer y combatir las nuevas máscaras del viejo fascismo".
Tribuna Popular