Venezuela se encuentra en una encrucijada que no se resuelve en las urnas ni en las pizarras de economía, sino en el espejo. Durante décadas, hemos confundido la ocupación de un territorio con la pertenencia a una nación. Hemos sido, en gran medida, habitantes: individuos que transitan calles, consumen servicios y esperan soluciones, pero que carecen de ese cordón umbilical invisible pero poderoso que nos une al destino común.
El habitante es un espectador de su propia crisis. El ciudadano, en cambio, es su protagonista.
La Metamorfosis Necesaria
La diferencia entre un habitante y un ciudadano no es jurídica, sino ética y actitudinal. El habitante ve el semáforo en rojo como una sugerencia o un obstáculo; el ciudadano lo entiende como un pacto de convivencia que salva vidas. Mientras el primero vive bajo la lógica de la "subsistencia individual" (la mal llamada viveza criolla), el segundo comprende que su bienestar está atado irremediablemente al bienestar de su vecino.
Esta transición requiere demoler el mesianismo. Hemos crecido esperando que un caudillo, un petróleo o una fuerza externa nos devuelva la prosperidad. Esa es la mentalidad del administrado. La madurez nacional llegará cuando entendamos que el Estado no "regala" bolsas de comida ni bonos, sino que administra —con mayor o menor eficiencia— el esfuerzo productivo de quienes sí aportan. Pasar de la gratitud sumisa a la auditoría exigente es el primer paso de esta evolución.
Los Pilares de la Reconstrucción
Para que esta mutación cultural ocurra, debemos trabajar en tres dimensiones críticas:
La Alfabetización del Deber: No podemos exigir derechos que no sabemos fundamentar, ni proteger una Constitución que no hemos leído. La ciudadanía es un ejercicio intelectual antes que político.
El Rescate de lo Público: El habitante ensucia la calle porque "no es suya". El ciudadano la cuida porque entiende que el espacio público es la extensión de su sala. La ciudad es el hogar de todos, y su deterioro es el reflejo de nuestra propia erosión interna.
La Confianza como Capital: El mayor daño a nuestra cultura ha sido la ruptura del tejido social. El habitante sospecha; el ciudadano organiza. Necesitamos volver a las juntas de condominio, a las asociaciones vecinales y a los gremios, no para pedir favores, sino para gestionar soluciones.
Conclusión: Un Nuevo Contrato Social
La crisis venezolana, netamente cultural en su raíz, tiene una resolución clara pero exigente: la corresponsabilidad. No saldremos de este foso solo con un cambio de administración, sino con un cambio de mentalidad.
Ser ciudadano duele porque implica esfuerzo, implica denuncia, implica decir "no" al atajo y "sí" a la norma incluso cuando nadie nos mira. Pero es el único camino. Un país lleno de habitantes es un desierto de voluntades; un país lleno de ciudadanos es una potencia indestructible. Es hora de dejar de habitar Venezuela para empezar a construirla.
Prefiero molestar con la Verdad, que adular con la Mentira.