"La independencia económica no se mide por cuántos barriles vendemos, sino por quién tiene la llave del grifo y bajo qué leyes se rige el contrato".
El reciente intercambio de elogios entre la Casa Blanca y el liderazgo venezolano, enmarcado en el envío de 50 millones de barriles de crudo hacia las refinerías de Houston, marca un punto de inflexión que exige un análisis riguroso desde el Derecho Internacional y la doctrina de soberanía nacional.
Cuando Donald Trump afirma que "nos estamos llevando de maravilla", el analista crítico debe preguntarse: ¿es esta una relación de iguales o el inicio de una nueva arquitectura de dependencia?
Históricamente, la relación energética entre EE. UU. y Venezuela ha sido el epicentro de una lucha de clases global. El envío masivo de crudo a Houston puede interpretarse bajo dos prismas:
1.-. Reconocimiento de Facto: El hecho de que Washington negocie directamente con la administración de Delcy Rodríguez implica un reconocimiento de la estabilidad del Estado venezolano, quebrado solo por la necesidad energética estadounidense.
2.- Riesgo de Enclave Colonial: Si este intercambio no viene acompañado de la transferencia tecnológica y el respeto a la Ley Orgánica de Hidrocarburos, corremos el riesgo de regresar al modelo de 1920: ser una estación de servicio barata para el Norte, perdiendo el control sobre la fijación de precios y el destino soberano del recurso.
Desde el punto de vista del Derecho Internacional, la soberanía reside en la capacidad del Estado de decidir sobre sus recursos sin coacciones externas. Las sanciones han sido, por definición, actos de guerra económica destinados a forzar una colonización institucional.
"La independencia económica no se mide por cuántos barriles vendemos, sino por quién tiene la llave del grifo y bajo qué leyes se rige el contrato".
Si la relación comercial se traduce en que PDVSA cede la operatividad total a empresas estadounidenses bajo condiciones de extraterritorialidad, estaríamos ante una colonización económica encubierta. La "maravilla" que celebra Trump podría ser la alegría del comprador que ha logrado imponer sus términos a un vendedor cercado.
Para que esta relación sea cooperación y no vasallaje, Venezuela debe mantener:
Diversificación de mercados: No permitir que el 100% de la logística dependa de la ruta hacia el Golfo de México.
Justicia Compensatoria: El flujo de petróleo debe ser el motor para el levantamiento total de las medidas coercitivas unilaterales que han asfixiado al pueblo.
Blindaje Jurídico: Asegurar que los contratos actuales no violen la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, la cual prohíbe la entrega de la soberanía sobre el subsuelo.
Estamos ante una oportunidad táctica, pero un peligro estratégico. La historia nos enseña que el imperialismo no tiene amigos, solo intereses. Si el petróleo venezolano vuelve a ser el lubricante de la maquinaria de guerra y consumo de EE. UU. a cambio de una paz precaria, habremos cambiado nuestra independencia por una ilusión de normalidad.
La vigilancia popular y el estricto apego al derecho nacional son los únicos muros contra la pretensión colonial de Washington.