¿Socialismo en un solo país? Idea a revisar

Martes, 03/02/2026 12:40 PM

"Jamás, ni en ninguna parte, la revolución ha coincidido íntegramente, ni puede coincidir, con la imagen que de ella se hacían sus combatientes."

León Trotsky

Construir el socialismo es arduo, sumamente difícil. Para muchos pensadores y militantes, todas las experiencias revolucionarias habidas en el siglo XX, excluyendo obviamente los planteos socialdemócratas (que hubo y sigue habiendo), no fueron, en sentido estricto, socialismo. Tema complejo, espinoso quizá, que excede grandemente esta sencilla nota, no más que introductoria a la cuestión.

No fue socialismo: ¿qué fue entonces? Capitalismo de Estado, se podrá decir, o planteos con aire socialista (tema muy controversial, por cierto). Y ahí entran -excluyendo los países de Europa del Este, que tuvieron administraciones pro soviéticas instaladas por Moscú, pero no procesos francamente revolucionarios y populares- una larga lista, empezando por la Rusia bolchevique de 1917, luego con China, Vietnam, Laos, Kampuchea, países africanos (Angola, Congo, Burkina Faso, Mozambique, Tanzania), Cuba, Afganistán, finalizando con la Nicaragua sandinista en 1979, de momento, última revolución habida. Todos ellos, procesos que levantaron, en distinta medida y con distintas formas, un ideario socialista, inspirado en el materialismo histórico (que pone el acento en la lucha de clases como aspecto central). Se dejan fuera de análisis aquí los llamados "progresismos", que tuvieron o están teniendo lugar en Latinoamérica desde inicios del presente siglo porque, más allá de ser interesantes aportes con carácter social, no cuestionan los cimientos últimos de la estructura capitalista. ¿Socialismo empresarial? ¿Capitalismo serio? Engendros problemáticos que no llevan muy lejos.

Sin dudas, la experiencia lo hace evidente, modificar formas de pensar es aún más difícil que tomar el poder y desalojar a la antigua clase dominante (sin quedarnos con que esta última tarea sea fácil, por supuesto. Es titánica, y hoy lo vemos clara y descarnadamente). Lo monumental del cambio en ciernes, obviamente es enorme: pelear contra siglos de tradición es muy, exageradamente muy cuesta arriba. Habrá que hacerlo estando claros de esas enormes dificultades -"Para hacer un omelette hay que romper algunos huevos", reza el refrán-, sabiendo que estamos allí ante una batalla desigual. Son muchos, muchísimos, quizá demasiados "los huevos" por romper. La experiencia muestra, entonces, que los valores capitalistas vuelven, no terminan de irse (en realidad, nunca se fueron): siempre asistimos a burocracias que terminan siendo un nuevo "estamento social", una nueva Nomenklatura. Muchos de los cuadros comunistas de la Unión Soviética terminaron siendo los nuevos empresarios multimillonarios en la Federación Rusa, que siguió a la explosión de la URSS en 1991. El "socialismo de mercado" de China admite millonarios con Rolls Royce y Lamborghini, férreamente supervisados por el Partico Comunista. Intríngulis difícil de conceptualizar, que le da resultado positivo a los casi 1,500 millones de habitantes del país, pero espejo difícil donde mirarse para la clase trabajadora mundial. ¿Cómo podría un pequeño país del Sur Global repetir ese modelo? Esto abre interrogantes.

Junto a estas dificultades de establecer nuevos valores, los del "hombre nuevo" socialista, la cultura capitalista -hay que decirlo con mucha honestidad- reaparece, o mejor aún: se sigue evidenciando, en todos los procesos revolucionarios -ese esperado "hombre nuevo" no se construye solo con un acto voluntario-. La historia milenaria de sociedades clasistas (donde además siguen campeando elementos como el racismo y el patriarcado, el adultocentrismo, la heteronormatividad y la homofobia, la apología de la jerarquía, el culto a la personalidad) pesa mucho. Siglos -quizá habrá que decir milenios de tradición clasista- no se cambian rápidamente. Hoy, siglo XXI, aunque es un "delito", sigue habiendo esclavos (40 millones reconoce la ONU), como sucedía en una lejana antigüedad, supuestamente ya superada. Y pese a que no existe el mítico cinturón de castidad, el machismo prevalece. Debe tenerse en cuenta la tremenda dificultad de iniciar algo nuevo y tan disruptivo como una sociedad socialista -preámbulo del comunismo como sociedad sin clases- en cierta, o total, soledad. Eso le sucedió a la Rusia bolchevique, país que luchó solo contra el mar embravecido del capitalismo, que no dejó nunca de atacarlo (recordemos los 25 millones de muertos y el 70% de su infraestructura destruida en la Segunda Guerra Mundial, así como el proyecto -nunca concretado- de bombardearla luego de terminado ese conflicto con decenas de explosivos atómicos).

De alguna manera esa soledad, y las dificultades conexas, siguió pasándole a todas las otras experiencias socialistas, lo que lleva a pensar -más aún hoy, ya entrado el siglo XXI con una interdependencia total de todos los países del globo y con una superpotencia imperialista como Estados Unidos, que se constituye en gendarme planetario con más de 800 bases militares controlando el mundo y con una reciente demostración de lo que significa ese poderío bélico, habiendo podido realizar una operación quirúrgica de tanta magnitud como el secuestro del presidente de Venezuela Nicolás Maduro (dejando abierta la eventual posibilidad de la traición interna, en tal caso, como un demostrativo de esos valores que no se van)- en qué medida es posible construir una isla cerrada de socialismo en un solo país, con el ataque siempre presente de los poderes capitalistas que continúan manejando el orden internacional, a lo que se suma la dificultad de avanzar en la edificación de esa nueva cultura socialista, solidaria y no fascinada por los oropeles del consumismo. Si hubiera traición en el caso venezolano, eso significa que cuadros comprometidos con un cambio presuntamente revolucionario… terminan optando por unos dólares de soborno. Es evidente que cambiar la ética cuesta infinitamente más que tomar el poder.

En los albores de la Revolución Rusa muchos autores vieron esa dificultad y, de diferentes maneras, lo hicieron saber, buscando internacionalizar el proceso, en tanto única garantía del avance del socialismo. La idea de una edificación revolucionaria en solitario siempre estuvo en entredicho por los más lúcidos pensadores y dirigentes del primer Estado obrero-campesino. De esa forma, por ejemplo, Lenin dijo, en su Intervención en la 2ª sesión del Congreso a propósito de la votación nominal de las declaraciones escritas presentadas al Buró del Congreso:

"No vivimos sólo en un Estado, sino dentro de un sistema de Estados, y es inconcebible que la República Soviética pueda existir durante mucho tiempo al lado de los Estados imperialistas. En fin de cuentas, deberá triunfar uno u otro." (Lenin: 1976)

O en la sesión solemne del pleno del Soviet de Diputados Obreros, Campesinos y Soldados del Ejército Rojo de Moscú, del Comité del Partido Comunista de Moscú y del Consejo de Sindicatos de Moscú, dedicada al tercer aniversario de la revolución de octubre

"Siempre hemos señalado que una obra tal como la revolución socialista no puede ser llevada a cabo en un solo país." (Lenin: 1978)

Nicolai Bujarin y Evgueny Preobrazhensky, autores del clásico "ABC del comunismo", que fuera un obligado manual de los primeros años de la revolución, aparecido en 1920 y reeditado luego en numerosas ediciones, expresaban que

"La revolución comunista puede únicamente vencer como revolución mundial (…) En una situación en la que sólo hay victoria obrera en un solo país, la edificación económica tropieza con enormes dificultades (…). Para la victoria del comunismo se necesita la victoria de la revolución mundial."

Por su parte Skvortsov Stépanov, en 1921, con su libro "La electrificación", piedra fundamental para el impulso soviético de la electrificación del país, obra citada por Lenin con mucha frecuencia, dice textualmente que:

"El proletariado de Rusia nunca ha soñado con crear un Estado socialista aislado. Un estado "socialista" independiente por sí mismo es un ideal pequeño burgués. No se puede concebir un acercamiento a ese Estado en cierta medida si predomina económica y políticamente la pequeña burguesía; buscando aislar del mundo exterior a ese Estado, quiere encontrar el medio para consolidar sus formas económicas que, tanto a causa de la técnica como de la economía modernas, han devenido las más inestables." (Ver Lenin: 1988).

Del mismo modo León Trotsky, en 1934, cuando abría una fuerte crítica contra el socialismo en solitario que impulsaba Stalin, escribía:

"En realidad, el actual crecimiento de la economía soviética sigue un proceso contradictorio. Consolidando al Estado obrero, los logros económicos no llevan completamente de forma automática a la creación de una sociedad armoniosa. Por el contrario, preparan en un nivel más elevado la intensificación de las contradicciones que pone de manifiesto una construcción socialista aislada. La Rusia rural continúa necesitando un plan económico general edificado con la Europa urbana. La división mundial del trabajo se eleva por encima de la dictadura del proletariado en un solo país y le prescribe imperiosamente las vías a seguir. La insurrección de octubre no excluyó a Rusia de la evolución del resto de la humanidad; por el contrario, la ligó más estrechamente a ella. Rusia ya no es un gueto de la barbarie, pero todavía no es la Arcadia del socialismo. Es el país con la situación más transitoria en nuestra época de transición." (Trotsky: S/F).

La experiencia posterior a la Unión Soviética, confirma claramente esa dificultad. O quizá: imposibilidad, si pensamos esa construcción en un solo país. Se logran cambios, avances sumamente importantes, transformaciones fundamentales. ¿Quién podría negar los beneficios que trajo la revolución bolchevique? Pero no se deja de estar ante planteos bastante insulares. Y -es lo que vemos, entrado ahora el siglo XXI- esas experiencias han sido revertidas. China, que sigue adelante impetuosa, tiene un socialismo muy particular, que para mucha gente de izquierda no es socialismo. Lo cual abre un interrogante. ¿Cómo hace un pequeño país en solitario -fuera de China o Rusia, los más grandes y desarrollados hoy día, además de Estados Unidos, líder del sistema capitalista- para lograr mantener una revolución?

Eso no debe desanimarnos en la búsqueda de una perspectiva socialista que supere al actual capitalismo depredador. En todo caso, con total y aterrizado criterio realista, debe hacer ver las dificultades en ciernes, para calibrar bien la lucha. Estamos ante la posibilidad de un gran cambio en la historia de la humanidad: el paso de las sociedades divididas en clases sociales enfrentadas a un modelo nuevo. Pero las fuerzas conservadoras se niegan rotundamente a eso. Más aún: están dispuestas a cualquier cosa para evitarlo, incluida una guerra monumental. Esto último, lo sabemos, es jugar con fuego. Pero en la cabeza de quienes hoy detentan el poder y no piensan ni por un momento en ceder siquiera una cuota de sus beneficios, no hay límites para intentar mantener sus prebendas. ¿Tercera Guerra Mundial a la vista? Es una posibilidad real.

La pregunta fundamental sigue radicando en esto: ¿es posible hoy la construcción de una isla de socialismo en un país en solitario? Quizá no en sentido estricto, a partir de examinar críticamente las experiencias habidas. Pero en el medio de esta marea capitalista que nos inunda, ahora rayana en planteos neofascistas cada vez más conservadores y radicales, supremacistas y xenofóbicos, es imprescindible levantar la esperanza y continuar buscando los caminos. En el Sahel, en África, en medio de su pobreza histórica y el imperialismo estadounidense que se quiere demostrar imbatible e impune -demostración de fuerza que intenta disfrazar su verdadera decadencia- la historia se sigue moviendo. En el mismo hegemón capitalista global, hoy día asistimos a masivas protestas contra un modelo que acumula problema tras problema (¿hasta dónde podrán llegar esas protestas? ¿A saltar del esquema capitalista a algo nuevo?). Es cierto que, tras la caída de la Unión Soviética, parecieron esfumarse los ideales de transformación revolucionaria. Pero varias décadas después de ese colapso, la historia claramente no ha terminado. En la Rusia actual, dos de cada tres de sus habitantes, aún sin haber vivido la época soviética, ansía volver a ese estado de bienestar popular que, con todos sus defectos, la revolución otorgaba a las grandes masas.

¿Cuál es entonces el camino para el socialismo hoy? Este muy modesto escrito, sin dudas lleno de carencias y falto de rigor investigativo, no es más que un llamado para retomar la prominente pregunta leninista, contextualizándola en el mundo globalizado actual, mundo con inteligencia artificial y guerra cibernética que nos controla desde satélites geoestacionarios y desarrolla temibles neuroarmas: ¿Qué hacer? Si en un solo país es harto difícil, ¿habrá que imaginar procesos regionales, alianzas tácticas, buscar nuevos caminos impensables décadas atrás? El desafío está abierto. Ojalá estas balbuceantes notas sirvan como acicate.

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