Veneciela y su transitar…

Viernes, 23/01/2026 05:22 AM

“Veneciela y su transitar…” es el título que un buen amigo, Luis Ernesto Hermoso, ha colocado a un esperanzador relato suyo alegórico a nuestra situación, un relato que quiere superar los extremismos, pues estos siempre conducen a callejones sin salida y a veces, como hace cien años en Europa, a auténticas tragedias, pues más de cincuenta millones de personas asesinadas no puede ser sino una tragedia. En Venezuela hemos tenido una sumatoria de gobiernos que han arruinado nuestro amado país, gobiernos que van desde la década de los setenta del siglo pasado hasta el presente, gobiernos que practicaron la política de la avestruz para sostener sus privilegios. Ya en 1978 el modelo de crecimiento estaba agotado, pero el baño de petrodólares que llegó por la crisis de Irán adormeció los cambios necesarios. Pero pronto llegaría el viernes negro en 1983 y desde entonces no salimos de una perpétua crisis. 1999 abrió con esperanzas, pero al cabo de poco tiempo una ceguera ideológica acompañada de una oposición radicalizada que jugó en términos también autoritarios, terminaron de bloquear la democracia participativa y protagónica que se prometía. El 3 de enero de este año las violencias volvieron a encontrarse, y hoy corremos el peligro de reducirnos a una colonia del imperio del norte, del tiburón que depreda la naturaleza y que en su depredar consigue aprovechar nuevas ventajas capitalistas como lo son las nuevas rutas marítimas por el deshielo de la antártida derivado del calentamiento global. Pero también surgen esperanzas renovadas, la posibilidad de torcer el rumbo que llevábamos para hacer de nuestro sino histórico un destino elegido a conciencia, uno democrático y con desarrollo de una nueva musculatura económica. Por ahora, hay buenas señales, ojalá continúen.

Sin más, les comparto el relato del amigo Luis Ernesto.

“En la esquina más antigua del barrio “La Vereda del Llano" se levantaba una casa que alguna vez fue orgullo y referencia. Allí vivía la familia Pernalete, descendientes de gente trabajadora, conocidos por haber salido adelante a fuerza de sudor, promesas cumplidas y una dignidad que parecía heredarse como el color de los ojos. Pero las facilidades y la opulencia de los mejores años parece que torció el buen rumbo. 

El padre, Nicomodes Pernalete, había sido en otro tiempo un hombre respetado. Obrero puntual, voz firme, manos grandes. El alcohol, sin embargo, le fue comiendo la voluntad a mordiscos lentos. Primero fueron los tragos festivos, luego las ausencias, después los golpes contra la mesa… y finalmente los golpes contra la familia. Cada promesa de cambio nacida bajo la sobriedad moría en medio de la borrachera. A veces juraba mejorar con los ojos rojos, pero al amanecer ya no recordaba ni el juramento ni la vergüenza.

La madre, Veneciela, vivía atrapada en un vaivén emocional que la deshacía. Un día creía que todo podía arreglarse, que Nicomodes tocaría fondo y resurgiría. Al siguiente, el miedo le apretaba el pecho y la esperanza se le volvía una burla. Rezaba, callaba, protegía a los niños y confundía la resistencia con amor. La hija mayor, María Celerina, observaba todo con una impaciencia feroz. Ambiciosa, apresurada en sus apetencias, no soportaba la lentitud del sufrimiento. Quería una salida inmediata, aunque fuera violenta. El asco hacia su padre creció hasta convertirse en cálculo. Intentó destruirlo socialmente, lo malpuso en el trabajo, sembró rumores en el barrio, buscó que lo expulsaran de la casa por la vía de la vergüenza pública. Fracasó. Y el fracaso trajo más pobreza, más alcohol, más brutalidad. Los pequeños, Juan del Llano, de diez años, y Virgen Costeñita, de apenas siete, aprendieron demasiado pronto a leer los silencios. Él se hizo callado y serio; ella rezaba en voz baja para que la noche pasara rápido.

Cuando María Celerina creyó que ya lo había intentado todo, decidió intentar lo imperdonable. Fue entonces cuando buscó a Denverloy Trinquete, el matón del barrio. Hombre de malagueñas torcidas, sonrisa ladeada y fama de resolverlo todo a golpes. Denverloy no caminaba: avanzaba como si el suelo le debiera algo. Escuchó la propuesta con calma animal. No preguntó demasiado. Solo midió el miedo y olfateó la oportunidad.

La noche entró en la casa, el barrio sintió un frío raro, como si alguien hubiese apagado una estrella. Denverloy fue directo al cuarto de los padres. Nicomodes apenas pudo defenderse. Los golpes fueron secos, definitivos. Quedó reducido a un cuerpo que respiraba por costumbre. Veneciela, rota y aterrada, fue sometida al silencio más cruel. La casa se llenó de días espesos, de sombras que no se iban, de un invasor que se sentía dueño de todo. Y entonces ocurrió lo intolerable. Denverloy empezó a mirar a Virgen Costeñita con una atención enferma, una sonrisa que no era sonrisa. El barrio, que todo lo ve aunque parezca dormido, despertó de golpe. La indignación fue más fuerte que el miedo. Una multitud entró a la casa como un solo cuerpo furioso. No hubo justicia elegante: hubo manos, gritos, golpes, rabia acumulada por años. Denverloy Trinquete murió bajo el peso de la gente que dijo basta.

A Nicomodes Pernalete, agonizante, lo llevaron a un hospital. Vivió. Y vivir fue su condena. Fue juzgado, no solo por la ley sino por la vida misma. Lo enviaron a una casa de cuidado para enfermos mayores, prisionero de su cuerpo y de su historia. María Celerina también fue juzgada. No por haber querido salvar a su familia, sino, que por su ambición, egoísmo y torpe ceguera sometió a su familia a la vergüenza y al exterminio, al abrirle la casa al siniestro matón del barrio. Su castigo fue tan simbólico como cruel: cuidar a su padre durante su condena, enfrentarse cada día a las consecuencias de su impaciencia y egoísmo.

Cuando salieron de escena el padre alcohólico, el matón del barrio, la hija ambiciosa y egoísta, todo cambió. Veneciela empezó a sanar. Juan volvió a reír. Virgen Costeñita volvió a dormir sin sobresaltos. Y el barrio, que nunca olvidó, aprendió que hay dolores que no se arreglan con atajos, y que la verdadera fuerza no está en el golpe, sino en la comunidad que se levanta cuando el horror cruza la puerta.

La casa sigue allí. Ya no grita. Ahora, cuando cae la noche, solo se oyen, susurros y un briznar acompasado con una sutil brisa, lo más parecido a la paz.”

 

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