A unos veinte kilómetros del límite de la ciudad, casi a la salida de la misma, al lado de un puente que llevaba año intransitable, con el sol abrasador y donde el aire apenas se movía, allí entre la maleza seca yacía el cadáver, el cual estaba en avanzado estado de descomposición. El forense se cubría la nariz y la boca con un pañuelo ante el olor insoportable, y con la otra mano se la pasaba por la frente limpiándose el sudor que le corría.
Justo en ese momento vio acercarse apresuradamente al detective, que recién llegaba. Se dirigió hacia él y saludó:
—¿Cómo anda, jefe? ¿Cómo está todo?
El detective le respondió, sacudiendo ligeramente la cabeza:
—Hola, doctor... Bueno, con todo esto encima, que se ha convertido prácticamente en un rompecabezas, y lo peor es que no conseguimos las piezas para armarlo.
Luego el forense añadió, con tono serio:
—Bueno... ¿Qué le puedo decir, jefe?
El detective interrumpió brevemente para preguntar:
—¿Y qué encontró aquí, doctor?
—Un cuerpo. Prácticamente irreconocible —recalcó el forense—. Y por lo que pude observar, a pesar del deterioro que presenta la anatomía de la víctima, tiene cinco orificios de bala sin salida. Le sacaron los ojos, mutilaron la lengua y varios dedos de los pies. Además, también presentaba desgarramiento de la piel y de algunos órganos debido al tiempo de exposición y al ataque de las aves de rapiña. Según mis cálculos, la persona lleva más de cuatro días muerta. En cuanto a los cortes de los dedos y la mutilación de la lengua: observé que los tejidos circundantes y los nervios presentan signos de reacción inflamatoria, lo que confirma que la persona estaba viva cuando le hicieron todo eso. Probablemente la hayan ejecutado en otro lugar y después la abandonaron aquí.
El detective se quitó los lentes oscuros, se pasó la mano por la frente sacudiéndose el sudor que le corría y hizo una mueca de espanto ante lo dicho por el forense. Lo miró fijamente y dijo con voz firme:
—Estoy seguro, doctor, que sí fue asesinado en otro lugar... Otra cosa, doctor: ¿se le consiguió algún documento de identificación?
Este respondió:
—Toda la ropa la tenía desgarrada, pero no, no se consiguió ningún documento.
El detective movió las manos ligeramente, golpeando su pierna derecha en señal de impaciencia, mientras movía la cabeza tenuemente y dijo:
—Es la segunda víctima. La primera lleva un año y todavía no la hemos podido identificar. Nadie la conocía, nadie la vio, y ni siquiera algún familiar se ha presentado para identificarla, a pesar de que su foto ha aparecido en todos los diarios... También se han enviado los análisis de ADN a la capital y, hasta el momento, no hemos podido tener respuesta alguna. Como si estas personas no existieran en absoluto... Todo esto es un misterio que nos tiene a todos al borde del colapso —concluyó el detective.
El forense lo miró, se sacudió los pantalones para quitarse el polvo y agarró sus utensilios:
—¿Otra vez le digo, jefe... ¿Qué le puedo decir? No sé. Por mi parte, aquí no tengo nada más que hacer, ya está todo hecho. Y tampoco en el laboratorio se puede hacer más nada ante la descomposición en que se encuentra el cuerpo. Lo que sí recomiendo es que esta persona sea enterrada de inmediato.
El detective asentó con la cabeza, dándole su aprobación al forense:
—Ya lo que queda, corre por nuestra parte —dijo.
En ese preciso instante se oyó un fuerte ruido de motores a lo lejos. Una patrulla policial avanzaba a gran velocidad por el camino empedrado, levantando una espesa nube de polvo que se extendía detrás de ella como una cola de humo. Se dirigían directamente al lugar del hallazgo; se notaba que venían apurados. Los neumáticos chillaron al girar bruscamente para detenerse a pocos metros, y enseguida bajaron el otro detective y el gendarme, ambos con expresiones tensas.
—Hola, jefe —dijeron los dos casi al mismo tiempo.
El jefe hizo un gesto de saludo con la cabeza.
—Jefe, venimos de inmediato —explicó el detective—. Escuchamos por la radio la aparición de este muerto.
El jefe volvió a mover la cabeza en señal de afirmación.
—Pero ya aquí no hay nada más que hacer en este lugar —dijo—. Lo que sí tenemos que hacer es comenzar a investigar, y lo primero será averiguar quién encontró el cuerpo. Porque a mí me llamaron desde la central; alguien llamó allí y de ahí me comunicaron.
—Bueno, jefe —intervino el gendarme—, debe haber quedado el número de teléfono en la central, ¿no?
El detective lo miró.
—Sí, sí, debe ser así —confirmó—. Pero empecemos por aquí: esto está muy lejos, prácticamente es intransitable. Casi nadie pasa por estos lados.
—Jefe —dijo el gendarme—, yo vi una casa cuando veníamos en camino.
—Sí, yo también la vi —aclaró el detective—. Bueno, vamos para allá a averiguar.
De ahí salieron y llegaron a la casita. Al instante, salió una persona de edad avanzada. El detective lo saludó:
—¿Cómo está, señor?
El anciano movió la cabeza en señal de saludo:
—Dígame, ¿en qué puedo ayudarlos?
—Como ve, somos de la policía —explicó el detective—. Estamos investigando la aparición del cadáver que encontraron cerca del puente de la salida. ¿Usted sabe algo al respecto?
—Yo fui quien lo vio —respondió el señor—. Sí, iba con mis nietos.
—¿Cómo se dio cuenta? Porque esto por aquí es como un desierto, nadie transita por estos lados.
—Bueno, hace como dos días se me perdió un animalito —contó—. Tengo algunos en mi pequeña granja aquí, y uno se extravió. Fuimos a buscarlo con mis dos nietecitos; caminamos y caminamos hasta que vimos una bandada de buitres y otras aves de rapiña. Pensé que podría ser mi animalito el que estaba muerto, así que nos acercamos al sitio. Cuando encontramos el cadáver, regresamos de inmediato. Yendo en camino, nos encontramos con un camión: es un señor que transporta víveres para un comercio que está más adelante. Lo paramos y le informé lo sucedido. Él se bajó del camión, fue con nosotros hasta el lugar donde estaba el cuerpo, luego nos dijo: "Bueno, yo voy a pasar la información; si quieren, se vienen conmigo que los llevo hasta su casa". Así fue: nos dejó en casa y él partió, dijo que se encargaría de llamar a la policía.
—Jefe, ¿será ese el del camión quien llamó a la central de la jefatura? —preguntó el gendarme.
El jefe asentó:
—Bueno, lo averiguaremos... Gracias, señor, gracias por la información.
Justo cuando se iba, el detective volvió:
—¡Ah, disculpe, buen hombre! ¿Usted no sabe el nombre de esa persona, la del camión?
—No —dijo el anciano—, no se lo pregunté.
—De todas maneras, le voy a dejar mi número de teléfono para que nos llame si ve cualquier otra cosa.
El anciano respondió:
—Bueno, lo que pasa es que yo no tengo teléfono. Aquí no hay redes telefónicas.
El detective lo miró y dijo:
—Bueno, de todas maneras se lo doy. Si llega a saber algo más, le ruego que busque la manera de infórmanos.
—Procuraré —dijo el anciano.
Y así, ellos salieron del lugar rumbo a la jefatura.